Actualizado: 26/11/2021 14:39
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Chile

¿Nace una estrella?

Marco Enríquez-Ominami, un simpatizante del castrismo, prepara 'un tsunami' de cara a las elecciones presidenciales.

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Inquieto, directo, televisivo y con apenas 36 años, Marco Enríquez-Ominami Gumucio, a apenas una semana de conocida su candidatura, asusta ya a los principales postulantes en la actual campaña electoral chilena. Dice Ominami haber redactado 300 leyes, que propondrá al Congreso si gana el butacón más alto de La Moneda en diciembre próximo.

Con liberales de derecha entre una mayoría de colaboradores de la izquierda renovada chilena, algunos puntos en su agenda son los siguientes: participación minoritaria de capitales privados en empresas emblemáticas del Estado, para "permitir la fiscalización de las mismas por parte de los accionistas", subraya el diario digital El Mostrador.

Por otra parte, plantea la sindicalización inmediata, en un país donde apenas el 12% de la fuerza laboral está organizada, y la entrega a cada emprendedor de cerca de 10.000 dólares que servirán para estimular el crecimiento, alicaído de los últimos años, además del fin del impuesto sobre los libros.

Quien asegura no coincidir "en la lógica de los populistas", en el sentido de que "si no votan por nosotros se hundirá el país", pertenece al grupo de "díscolos" de la política austral, en un contexto en que la Concertación (PPD, Partido por la Democracia, socialistas, demócrata cristianos y radicales) aparece más fracturada que nunca en los veinte años que lleva en el poder. Tampoco duda en afirmar que incrementará, en total, del 17 al 30% el impuesto a las utilidades, y bajará el de las personas.

Este tema parece vedado para la "gran" política, donde precisamente al candidato presidencial Sebastián Piñera, de la centroderechista Renovación Nacional, se le calcula una fortuna de más de 1.200 millones de dólares.

Enemigo de la inercia generacional instalada en Chile (afirma que la generación de 1973 es la misma que gobierna hoy), entre otras novedades está a favor de discutir la legalización de la marihuana y ha presentado dos propuesta de ley para legalizar el aborto. Es, además, partidario del matrimonio homosexual. Sin rubor alguno, el político se colocó en una entrevista, utilizando palabras obscenas, al nivel de la irreverencia talentosa de la revista The Clinic.

La otra acera, díscolos y disidentes

El más reciente escándalo en el escenario chileno lo protagonizó el ex ministro de Salvador Allende y actual senador Fernando Flores, destacado intelectual y empresario, que en Estados Unidos acumuló varias decenas de millones de dólares. Hastiado de lo que llamó "corrupción" en las filas de la oficialista Concertación, abandonó con un grupo el PPD. Después de un lapso de acercamiento, pactó electoralmente con la derecha.

Pese a la lluvia de críticas que se le vino encima, Flores dijo que no se dejaría "chantajear moralmente", y aseguró que "la Concertación está agotada". A pesar de que el líder del partido Chile Primero se ha hecho antipático por más de un desencuentro con la prensa, todavía se enorgullece de haber estado en La Moneda durante el golpe de 1973 y haber sido uno entre los famosos prisioneros en la isla de Dawson.

A otros dos ex oficialistas —los senadores Alejandro Navarro y Adolfo Zaldívar— tampoco se le dan muchas posibilidades al frente de sus respectivos MAS (Movimiento al Socialismo) y PRI (Partido Regionalista Independiente). Los votos de sus seguidores apoyarían mayoritariamente al candidato de la Concertación, el ex presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, o a Ominami.

Mientras la primera trata de concluir un acuerdo electoral con Juntos Podemos (organizaciones de izquierda, que encabeza el Partido Comunista), las diferencias entre demócrata cristianos y los mejores amigos de Fidel Castro en Chile salen a la luz, a veces con virulencia.

Bajo este pacto late el compromiso de la Concertación de acabar con un binominalismo que mantiene fuera del parlamento a Juntos Podemos. A través del acuerdo, los postulantes de esta entidad se sentarían en el Congreso por primera vez en dos décadas. Junto Podemos eligió a su candidato presidencial, Jorge Arrate, de 68 años y ex ministro de Allende. Arrate abandonó la tienda socialista, descontento con el incumplimiento por el oficialismo de lo que llama ideario de izquierda.

Observadores no le entregan muchas posibilidades a Arrate, pero su figura ratifica cómo la sombra de Allende sobrepuja en el portal de estos comicios a la de Pinochet, muy presente en tiempos de elecciones porque decenas de miles de chilenos votaban en contra de lo que su dictadura representó, posponiendo sus razonamientos políticos.

Existen fuertes evidencias de que la sociedad chilena está generando los mecanismos del olvido y, aunque semeje una paradoja, el caso de Flores es paradigmático en este sentido.

Ominami, Frei y Piñera

La pregunta que se hacen muchos en Chile es a cuál de los presuntos principales candidatos, Piñera y el demócrata cristiano Frei, favorecerán, en una probable segunda vuelta, los votos de quienes siguen a Ominami. Pero acaso lo que debieran preguntarse es si éste ganará o no en los próximos comicios.

Con independencia de la difícil respuesta, el ex presidente Ricardo Lagos instó recientemente a la Concertación a "negociar” con la nueva estrella, a pesar de que ya ésta había dicho que no negociará. El senador socialista Carlos Ominami, su padre adoptivo, ya dejó claro que votará con el corazón, o sea, por su hijo, con lo que se ha granjeado un puñado de problemas y una probable nueva fractura dentro del oficialismo.

El peso del joven diputado lo dejó saber el propio jefe de la democracia cristiana, Juan Carlos La Torre, cuando señaló que la "adhesión" del joven diputado "es transversal, según todos los análisis que hemos realizado". No falta, por cierto, quien habla en la Concertación de sustituir a Frei por Ominami como postulante del conglomerado.

Casado con una popular conductora de televisión —y con Max Marambio como jefe de campaña (considerado el chileno más cercano a La Habana, ex miembro del Grupo de Apoyo de Salvador Allende, ex teniente coronel de las Tropas Especiales cubanas y acaudalado empresario)—, un punto negro del candidato es su simpatía por la dictadura de Fidel Castro, que se esconde bajo la crítica al embargo. En La Habana, un hospital exhibe el nombre de su padre, Miguel Enríquez, que murió enfrentando a las fuerzas de Pinochet cuando el candidato contaba apenas un año.

Acompañante de Bachelet a La Habana en febrero pasado, Ominami admitió que "Fidel Castro se equivocó —en la "reflexión" que escribió entonces— en la forma y la oportunidad".

También en el ámbito internacional, Piñera le criticó su promesa de entregar, con soberanía, territorio chileno a Bolivia para su salida al mar. Con Piñera coincide una elevada parcela de chilenos, pero la fórmula solucionaría un conflicto latente desde el siglo XIX.

El aspirante debe renunciar al Partido Socialista antes de presentarse a los comicios y colectar 36.000 firmas para formalizar su opción, algo perfectamente hacedero dada su creciente popularidad.

Aunque las encuestas todavía favorecen a la oposición, Piñera también tendrá, si no quiere volver a perder como le sucedió frente a Michelle Bachelet, que girar aún más hacia el centro, obligado por la sublevación del diputado y la popularidad en ascenso de la presidenta socialista, en alguna medida proveniente de los 4.000 millones de dólares que invirtió en ayuda social ante la crisis internacional y otros 330 millones anunciados en su discurso del 21 de mayo.

Por su parte, Frei debe asimismo derivar más a la izquierda, si no desea verse aplastado entre Piñera y Ominami.

El electorado

Pablo Longueira, senador y uno de los líderes de la opositora Unión Demócrata Independiente —aliada a Piñera—, fue sincero cuando le señaló a éste: "la única forma de conquistar a un electorado que históricamente no es de nuestras ideas es la credibilidad".

Hay que advertir que un ancho sector del electorado chileno, donde la juventud ocupa gran espacio, se siente insatisfecho con la política y la desdeña. Por aquí podrían rastrearse las claves del triunfo o el fracaso de Ominami. Sin el respaldo del aparato eficaz de un partido fogueado en procesos electorales, el diputado debe hacer constante campaña por sumar entre sus simpatizantes a ese sector descreído de la ciudadanía.

Nada ocioso es recordar que la "revolución de los pingüinos", como se denominó a las protestas estudiantiles de 2006, terminó conquistando la adhesión de áreas poblacionales con más edad.

¿Por qué no habría de suceder con el "tsunami/Ominami", como ya rima la poética de campaña? Y aquí caben no una, sino dos preguntas: ¿No sería casi lógico que después del arribo de la primera mujer a La Moneda —con hijos de dos parejas y separada, además de agnóstica e independiente como Bachelet—, llegue a La Moneda un joven con el estilo de Ominami? ¿Será demasiado para una sociedad tradicionalista como la chilena? ¿Será al cabo el diputado socialista la renovación que requería el oficialismo?

Hay que tener en cuenta las declaraciones de Marambio, en el sentido de que el que pierda la primera vuelta entre Frei y Ominami, apoyará al otro. En prueba de acercamiento con la Concertación —y en busca de un probable apoyo de ésta en segunda vuelta—, el amigo de Castro señaló que "Frei no es nuestro adversario".

Por otro lado, un no despreciable segmento ciudadano, conservador y cristiano, no ve con buenos ojos la inexperiencia de Ominami, sus propuestas sobre el aborto, la homosexualidad, etcétera. Pero la novedad que representa, el carisma y el programa rupturista que instala en la política austral, podrían hacer de Marco Enríquez-Ominami el próximo presidente de Chile, si creemos, como hay que creer, a Pablo Longueira.


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