Actualizado: 23/07/2019 14:59
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América Latina, Argentina, Brasil

Nacionalismo, populismo y coordinación estratégica del pensamiento nacional en América Latina

En todos los casos se impone el paternalismo del Estado y del gobierno sobre los ciudadanos

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A comienzos de junio la presidente Cristina Fernández hizo dos anuncios sorprendentes. El primero, la creación de la secretaría de Coordinación Estratégica del Pensamiento Nacional, con rango de secretaría de Estado dependiente del ministerio de Cultura. A su frente designó a Ricardo Forster, destacado intelectual y académico kirchnerista y militante de Carta Abierta. El segundo, la puesta en marcha de un nuevo mecanismo para medir los ratings de televisión, el Sistema Federal de Medición de Audiencias (Sifema).

El deseo de coordinar estratégicamente el pensamiento nacional, pese al problema que implica identificar tal pensamiento, y de saber exactamente qué ven los argentinos y cuáles son sus gustos hay que vincularlo con la necesidad del actual gobierno de revisar y reescribir permanentemente la historia. Movido por ese deseo la Presidente también creó en su día el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego.

Las tres instituciones dan cuenta de su forma de hacer política y de su peculiar manera de concebir la realidad y de intentar incidir sobre ella, comenzando por una sobredimensionada presencia del estado en la economía y en la cultura. También dejan en evidencia los modales sobreactuados y pomposos del “relato” populista que pretende que el valor de las cosas aumenta si la jerga empleada es arcana y rococó, al estilo de Laclau, o si sus denominaciones son recargadas y efectistas. Coordinación estratégica del pensamiento nacional, sistema federal de medición de audiencias o instituto nacional de revisionismo histórico. De algún modo las tres remiten al ministerio bolivariano de la Suprema felicidad social del pueblo, ideado por Nicolás Maduro.

En todos los casos se impone el paternalismo del Estado y del gobierno sobre los ciudadanos. Con estas líneas maestras de actuación se concluye que sólo compete a los gobernantes ilustrados arbitrar sobre los valores patrios. Se trata de deslindarlos de aquellos otros más apegados a lo foráneo, los que expresan el deseo del extranjero de colonizar y explotar a la patria grande, la forma nacionalista de denominar a América Latina, pese a que el profundo nacionalismo imperante impide avanzar en la integración regional latinoamericana. Una vez más nosotros contra ellos, o la tan manida dicotomía de la patria y la antipatria, eufemística manera de denominar al imperialismo.

Este arbitrismo ha conducido a la glorificación del caudillo, a sobredimensionar su palabra y, en definitiva, a falsificar la realidad. Al defender la reelección indefinida en Ecuador, Rafael Correa, en un gesto de gran desprendimiento y sacrificio dijo entender bien que “Mi vida ya no es mía: es de mi pueblo y de mi patria y estaré donde me exija el momento histórico”. Por su parte, en un seminario en Porto Alegre, el expresidente Lula fue sumamente negativo en su juicio sobre México, al considerar el crecimiento económico del gran rival brasileño como una “mentira”: “México fue presentado como la gran novedad del siglo XXI y que estaba mejor que Brasil… Pero me fui a enterar y todo es peor que en Brasil. No hay ningún indicador comparable a los nuestros”.

De este modo Lula bebe en las fuentes del nacionalismo brasileño más extremo, aquél que rechaza lo ajeno y que también impide dar pasos sustantivos en la integración regional. No se trata, sin embargo, de un fenómeno exclusivamente brasileño ya que el nacionalismo es igualmente potente en prácticamente todos los países de la región. Por eso resulta prácticamente imposible a los países ceder cuotas mínimas de soberanía, requisito indispensable para construir organismos supranacionales decisivos para avanzar en la integración. Pero esto no ocurre sólo en América Latina, lo mismo sucede con América del Sur.

La distancia entre el pensamiento nacional, que necesita ser estratégicamente coordinado, y el nacionalismo es más bien escasa, por no decir nula. Esto es puesto de relieve en un artículo de la oficialista Página 12, que para justificar la creación de la secretaría del Pensamiento Nacional señala: “Lo nacional en América Latina no tiene nada que ver con el franquismo, aunque usen el mismo adjetivo, ni con el ser nacional del militarismo. En América Latina, lo nacional está relacionado siempre con sectores populares de obreros, campesinos, criollos, inmigrantes y pueblos originarios y con una idea de comunión latinoamericana. Cuando se habla de nacional y popular en América Latina se piensa en esos términos. Pero en Argentina la academia está más acostumbrada a comparar todo con Europa y Estados Unidos”.

El mismo autor, impulsado por la mencionada pulsión de reescribir la historia cuenta que “El primer gobierno originario de América Latina es el de Evo Morales en Bolivia y tuvieron que pasar 200 años desde la Independencia”. Esta falsificación del pasado oculta que el primer presidente indígena del continente fue el zapoteca Benito Juárez. Quizá su figura no sea reivindicada por los populistas actuales porque sostenía que “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, algo que va contra la idea de poder hegemónico sostenida por los gobernantes populistas y sus cohortes intelectuales.

Lo peor de todos estos experimentos, incluido el ministerio que busca la felicidad permanente, es que son efímeros. La falta de consenso político con que son creados presupone su rápida desaparición una vez que el gobierno cambie de signo político. De ahí el fuerte rechazo a la alternancia de muchos mandatarios caudillistas que creen que están cumpliendo o han cumplido un papel mesiánico. Así Correa ha sostenido enfáticamente que la “alternancia es un discurso burgués que nadie se cree. Es un mito. Tonterías de la oligarquía”. Si Evo Morales dijo en su momento que habían llegado al poder para quedarse, Lula también señaló en Porto Alegre que lo que estaba en juego no era la candidatura de Dilma Rousseff sino un proyecto y que por eso “Los que creen que el país retrocederá están equivocados. No habrá retroceso”.


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