Actualizado: 20/11/2018 18:13
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Atentado, Venezuela, Maduro

«Operación Fénix» o el retorno de El Enano

Venezuela, Maduro, el aparente atentado y la intuición

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El totalitarismo aguza el ingenio…

Si algo bueno tiene el totalitarismo es que aguza el ingenio a los que lo ha sufrido por décadas, mientras que transforma en tontos útiles a los que apenas lo experimentan. Así parece les metieron un “Hombre de Maisinicú” a los medios hispanos de Miami, con el objetivo de que confirmaran la versión oficialista venezolana de que lo que pasó el 4 de agosto de 2018, durante la marcha militar por el 81 aniversario de la Guardia Nacional Bolivariana, en la Avenida Bolívar de Caracas; día inmemorable en que la gallarda tropa, diz que por orden de su comandancia, puso los pies en polvorosa, frente a las cámaras de la cadena nacional.

Ciertos canales de la Florida están concediendo lo que demandan a los medios internacionales los jerarcas venezolanos: que lo ocurrido fue, sin la menor duda, un atentado real contra Nicolás Maduro. Para comenzar es lo que aseguró el grupo anónimo autodenominado “Soldados de Franela” quién se pronunció ese mismo día a través de las redes sociales para adjudicarse la autoría del presunto intento de ejecutar al mandatario bajo la llamada “Operación Fénix”, prepárese para la repetición del término.

Una vez que escuchamos la reacción del Gobierno venezolano nos queda clara su voluntad de que a nadie le pase por la cabeza la idea de que aquello fuera sólo del estallido de unos drones inocuos controlados por la misma seguridad del régimen sudamericano. La verdad es solo una y a ella deben atenerse tanto los medios oficiales como los del exilio venezolano.

Y me preguntará el escéptico lector: “¿tiene usted pruebas concretas de que no hubo atentado?” No, le contestaría, por supuesto que no las tengo; en cabio cuento con otra cosa tan válida científicamente como aquello que me reclama, un elemento difícil de explicar, pero que de hecho ayuda a salvar vidas, lo mismo a un experimentado médico que al eficaz bombero: se llama Intuición, es decir la capacidad de para comprender algo, de manera clara e inmediata, sin la intervención de la razón. Ocurre a menudo que la repetición de una vivencia induce a una suerte de aprendizaje y por tanto de un conocimiento del que no se tiene conciencia, tal es el caso de los signos subliminales que vamos captando cada vez que se repite, una y otra vez la manipulación de los suyos y ajenos por un estado autoritario; proceso que no parece haberse operado lo suficiente entre algunos de los más connotados analistas de las televisiones hispanas en Florida.

Nacimiento y travesuras de El Enano

Por cierto, hablando de El hombre de Maisinicú, el pasado día 15 de agosto se abrió una exposición en el vestíbulo de la Sala Chaplin con fotografías de los preparativos, el rodaje y escenas de la película cubana del mismo nombre. La actividad, organizada por esa fábrica de propaganda artística que es el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), rendía homenaje a la célebre realización de Manuel Pérez Paredes. En aquella obra el extinto actor Sergio Corrieri encarnaba una figura real. Su nombre era Alberto Delgado y Delgado, un agente del Minint infiltrado como contacto de las guerrillas anticastristas del Escambray, que logró, mediante la desinformación y el engaño, conducir parte de ellas al matadero. Hoy parece ocurrir lo mismo, aunque desde un punto moral, no con cercados guerrilleros, sino con quienes desde un cómodo estudio televisivo en Estados Unidos le hacen la guerra al neochavismo. Y es que al personaje encarnado por Corrieri le sobran avatares en la guerra mediática que ahora enfrenta a los venezolanos.

Vayamos a la historia. A mediados de octubre de 1961, ya declarado el carácter “socialista” de La Revolución cubana, Alberto Delgado fue colocado por las autoridades, en su condición de agente encubierto, como administrador de la finca Maisinicú, cerca de Trinidad. El espía adoptó la imagen un resentido ex miembro del Ejército Rebelde, la misma de tantos otros antiguos fidelistas que se levantaron en armas contra el inesperado giro marxista leninista del Castrismo. Así es que “El enano”, su nombre en clave para la Seguridad se convierte en un importante enlace de las guerrillas anticomunistas de Las Villas con los desafectos al nuevo régimen en la capital cubana.

Con fama facilidades para salidas del país, El enano será un elemento clave de la llamada “Operación Trasbordo”; en ella, según lo que nos muestra la película, los alzados eran sacados por la costa y llevados a unos buques con insignias norteamericanas y oficialidad angloparlante. Una vez abordo de las naves aquellos combatientes apresado por miembros de la seguridad cubana. Algún día sabremos, como me sugiere un buen amigo, si los aparentes oficiales norteamericanos que se veían en cubierta lo serían de verdad y si no se trataría en realidad de una operación de colaboración de las autoridades norteamericanas con el régimen cubano; un anticipo tantas otras que llevaron, primero a neutralizar definitivamente a los grupos beligerantes del exilio y luego al freno del tránsito de drogas desde América del Sur a Estados Unidos que pasando por las aguas jurisdiccionales cubanas.

El caso es que así fue como cayeron en la trampa, junto a sus hombres y sin disparar un tiro, Maro Borges, jefe del Ejército de Liberación Nacional, y Julio Emilio Carretero Escajadillo, comandante del Ejército de Liberación Nacional del Escambray. Al final los alzados terminan descubriendo la identidad del delator, quien será ejecutado por los hombres bajo el mando de Cheíto León y Rubén Cordobés. El hecho ocurrió en la noche del 28 de abril de 1964. El enano será encontrado al día siguiente, colgado y cubierto de bayonetazos en las márgenes del Río Guaurabo, frente a la finca Masinicú.

No todo Enano tiene que ser cubano

A pesar de aquel trágico fin, hoy Alberto Delgado y Delgado parece estar más vivo que nunca, pero no sólo en las pantallas del ICAIC o en los corazones de sus antiguos compañeros del G2, pensionados sobrevivientes a esa auténtica lucha contra bandidos que fue el período especial, si no como encarnación en muchos de los “conspiradores” que están haciendo de las suyas en la divertida tarea de mangar y desinformar a la oposición venezolana y a sus amigos televisivos. Por sus frutos los conoceréis, lo mismo en Miami que en Caracas, ciudad última donde se me antoja que el “El enano” pudo haber cambiado su feo sobrenombre por el más afrancesado de “Bons” (¿acaso un “Bond” mal dicho?); ese es el alias de Juan Carlos Monasterios (o Monasterio) Vanegas, uno de los primeros detenidos por los acontecimientos del cuatro de agosto.

El compañero “Bonds” ya lo ha cantado todo ante las cámaras y no precisamente en forma de vallenato. Así se le regaló al madurato la socorrida versión del intento de asesinato en sus más mínimos detalles.

Señalado como el jefe operativo del atentado en el momento de su detención, Monasterios, de 45 años, se desempeñaba como comerciante y al igual que El Hombre de Maisinicú, también había sido retirado del ejército, en su caso de la Guardia Nacional Bolivariana, de la que era Mayor de primera, y mecánico de aviones. Según su testimonio al ser capturado, perteneció a este cuerpo hasta 2013, pero su familia dijo a diario Crónica. Uno, fue solo en 2017, apenas hace un año, que se desenganchó el militar. El Gobierno asegura que ya tenía orden de captura por el asalto al Fuerte Paramacay, en Valencia, estado Carabobo.

Esta acción militar tuvo por nombre clave Operación David,2 desarrollada en la madrugada del domingo 6 de agosto de 2017 El ataque fue comandado por el capitán Juan Caguaripano, desertor de la Guardia Nacional desde 2014, que hoy se encuentra supuestamente recluido en La Tumba; un sótano ubicado cinco pisos bajo tierra del edificio del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN).

Lo sospechoso en el caso del “ex militar” Monasterio no son tanto las declaraciones en las que involucra a figuras incómodas para el Gobierno como Juan Requesens, diputado opositor venezolano detenido y presentado en calzones embarrados de heces fecales por detrás y por delante, ni tampoco aquellas en las que señala como el autor intelectual de la operación al exparlamentario, Julio Borges, ahora en Colombia y para quien el Gobierno venezolano ya ha solicitado su captura a la Interpol.

Ya sabemos que una vez preso, a cualquiera se le arranca una confesión a base de torturas, es lo que asegura Jaime Bayly que ha ocurrido con Monasterios. Deberíamos creer a Bayly ya es un hombre “honorable”, al menos en el sentido que le da a la palabra Marco Antonio cuando se refiere a Bruto, en el Acto III del Julio Cesar shakespeariano. A pesar de tanta “honorabilidad”, me mantengo en la sospecha.

Desde mi punto de vista lo que más incrimina a Juan Carlos Monasterios, alias Bond, como posible agente del Gobierno, no es el modo en que involucra a opositores civiles en “Fénix”, sino como la forma en que se comunica con el resto de los conjurados durante la misma operación, según las grabaciones presentadas por el propio Maduro. Analícese la explicitud de esta comunicación apenas codificada, que parece hecha como para descubrir en que andaban los complotados y de prueba contra los mismos en caso de ser arrestados. Es lo que realmente ocurrió apenas transcurridas dos horas después los hechos, permitiéndose así a las autoridades alardear de efectividad digna de mejores causas. Con tales “conspiradores” no hacen falta infiltrados…salvo que ellos mismos los sean.

Montado está el teatro, incluidos los efectos luminotécnicos de la Avenida Bolívar. Maduro tiene todo lo que necesita para acusar por el frustrado magnicidio y sin prueba alguna; lo mismo al tibio expresidente de Colombia Juan Manuel Santos, que, al Gobierno de Estados Unidos, que a la oposición política interna o externa. De paso tiene la posibilidad de purgar una vez más a las fuerzas armadas venezolanas, empleando para ello la misma trampa caza bobos que vienen usando los chavistas desde el autogolpe del 11 de abril del 2002. Lo asombroso es el eco mediático con que cuenta desde el primer momento la versión madurista de los hechos, no tanto en los grandes medios internacionales, como en canales floridanos que suelen editorializar la noticia en favor del exilio venezolano.

El Enano llama dos veces

Y así vemos que a las ocho y media de la noche del día en que supuestamente se intenta de madurar a Maduro, la periodista-anunciante Patricia Poleo leyó desde Miami el comunicado de los oficiales implicados presuntamente en la operación. Es escrito parece copiar viejas declaraciones del capitán Juan Carlos Caguaripano que todavía podemos escuchar en YouTube. Marcando las distancias, y más por el objetivo que por su contenido, hay algo en el texto leído por la periodista que de alguna manera nos recuerda el interrumpido discurso lanzado por José Antonio Echeverría desde Radio Reloj durante el asalto al Palacio Presidencial de la Habana en 1957. El panfleto de la Poleo se asemeja todavía más al Manifiesto del asalto al Cuartel Moncada en 1953, titulado “A la nación”, concebido para ser dado a conocer a través de la radio, cumplida la misión militar. Sin embargo, la derrota restó sentido a su difusión y Fidel Castro, con más tino que los “Soldados de Franela” prefirió no transmitirlo. Esta es la diferencia entre estar y no estar en “la candela”.

Ya podemos colegir de dónde salió la idea del comunicado. Sólo que la juventud cubana de entonces iba a por los dictadores pistola en mano, no como aparentemente hacen los actuales venezolanos nacidos en torno al nuevo milenio, usando avioncitos de juguete. Y no es de extrañar. Las nuevas generaciones están más preocupadas en adoptar los valores homornormativos que le transmiten las series televisivas y canales online que en asumir las virtudes cardinales de la antigüedad; aquellas con que se formaban, mediados del siglo XX y sobre todo con libros, los jóvenes herederos del mundo latino. Se trataba de una educación cívica que predisponía al ciudadano para el tiranicidio y contra la delación de sus compañeros.

En tiempos de adoctrinamiento universal en la ideología de género aquellas conductas machistas devienen en cosas del pasado. Es a esa misma y extemporánea virilidad (sospecho que, sin mucho eco en su audiencia más joven) a la que apela el ambiguo de Jaime Bayly cuando justifica en su programa el “atentado” de Caracas, y va más allá, asegurando que, según sus fuentes, el Gobierno norteamericano, si bien no intervendría abiertamente, respaldaría operaciones encubiertas en Venezuela. Mejor regalo no se le puede hacer al “socialismo del siglo XXI” desde Estados Unidos.

Desde el primer momento en que se ven estos videos, se nota el alto grado de inocencia que sufren lo mismo Poleo que Bayly, para ser dos comunicadores profesionales. En el caso de la exiliada venezolana ha de señalarse su incapacidad para cuestionar la autenticidad de un comunicado tan rimbombante como carente de la fuerza vital que derramaba, por ejemplo, el llamamiento de Echeverría al pueblo cubano; dejaré a los semióticos el análisis comparativo y detallado de ambos textos. La journalista se salta por tronera las reglas más elementales del periodismo; su puesta en escena nos quiere hacer cree que estamos escuchando el “comunicado” de verdaderos “conspiradores”, cuando lo que se huele, y no porque se que reivindique al bolivarianismo que ideología al fin resulta de multiuso, es que estamos en presencia de un documento redactado por los propios enemigos del exilio venezolano con el fin de atribuirle la beligerancia que nunca ha tenido, usando para ello sus propios medios y comprometiéndolos en el misterioso caso del “dronicidio”.

Ya no tendrá el aparato propagandístico vene-cubano que encargarse de demostrar que se trató de un operativo real y no de un ataque de falsa bandera. Tampoco será difícil presentar al exilio venezolano como terrorista e intransigente, al estilo de lo acaecido con los exiliados cubanos de cara al mundo. En verdad la tarea es fácil sabiéndose lo necesitado que están los venezolanos de Miami de héroes que, en Venezuela, hagan lo que ellos no se atrevieron, sacar las castañas del fuego por la vía armada y no de manera pacífica como intenta desde hacen casi dos décadas el bravo pueblo sin resultados.

En lo que se refiere a la manera en que Jaime Bayly hace el tonto, sospecho que le que mueve más el afán de audiencia que esa inexperiencia que parece haberle anulado su indiscutible agudeza. En definitiva, como buen peruano no puede dolerle tanto esa Venezuela. Fue desde allí que llegó Bolívar al Perú con ínfulas de dictador, imponiendo por la fuerza una independencia que casi nadie la quería. Y puede que sea por ello por lo que el locutor alardee públicamente, sin medir consecuencias, de haber sido consultado previamente al ataque, como si en su caso se tratara de un especialista en sedición militar y no de un novelista devenido en ingenioso hombre de espectáculo televisivo que, por más que le pese, es a lo que Bayly se ha reducido.

Con la fuerza de un Túpac Amaru el presentador de Mega TV aboga desde su confortable plató por la lucha armada contra la dictadura venezolana, usando para ello una retórica que nos recuerda la del joven Fidel Castro. Tal vez hable en serio, quizás se encuentre bajo los efectos de la abundante “medicación” de la que alardea en sus programas. Lo cierto es que cada una de las palabras pronunciada en estos días por Jaime Bayly encaja perfectamente en el rompecabezas propagandístico madurista.

Todo indica que la llamada hecha por los “conspiradores” al monologuista y la posterior reunión que tuvo con ellos, ha sido obra en realidad de la propia seguridad cubana. Claro que tuvo que ser esa misma inteligencia la que le anunció a Bayly que “matarían a Maduro” con drones, porque en esto de preparar y desarmar atentados contra sus jefes son expertos, lo vienen ensayando desde 1959.

El Enano vuelve a la pantalla

Nadie mejor que ella, con sus casi sesenta años de experiencia intrigando en Miami, para manipular al “periodista”. Se trata, opino, de la misma estructura que fabricó al “héroe” con el que Bayly cree confirmar sus aciertos en temas de Venezuela; el famoso capitán Oscar Pérez; aquel actor cinematográfico, no tan bueno como Sergio Corrieri, que participó, entre otros proyectos audiovisuales, en la película venezolana de 2015 “Muerte suspendida”, en ella se elogia la labor del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas del estado represivo venezolano. A ello habría que añadir que, al estilo de otros “Enanos”, Pérez está formado militarmente por las mismas fuerzas que pretende combatir; ha sido agente de la Brigada de Acciones Especiales (BAE) y jefe de operaciones de la División Aérea del cuerpo policial.

El abatimiento del personaje, tal como se escenificó en las en redes sociales, más bien parece el último capítulo de una mala telenovela. En ella se descubre lo mismo efectos de pirotecnia, que el mal trabajado de los maquilladores. No faltan espectaculares ataques, aunque sin sentido militar o político alguno, como los realizados desde un helicóptero, contra las sedes del Ministerio del Interior y del Tribunal Supremo de Justicia. Acciones que parecen ejecutadas con municiones y granadas de fogueo, ya que apenas hubo daño material y no se contabilizó ni muertos ni heridos en los puntos atacados. Lo que sí sobra a lo largo del relato son las arengas dirigidas a la insurrección, en una suerte de saga caguaripana. Tampoco se pueden negar los efectos disuasorios de la narración cuyo syuzhet convencería al receptor ingenuo de lo invencible que resulta al final de los órganos de seguridad del Estado Bolivariano.

Se supone que el capitán Pérez falleció en la madrugada del 15 de enero de 2018, durante la llamada Operación Gedeón,5 realizada por efectivos de seguridad Madurista. Mas es precisamente por ese montaje de serie televisiva con el que se nos presenta su historia subversiva que no me extrañaría que aún siga vivo.

A lo mejor el probable nuevo Enano, con más suerte que su precursor Delgado, se encuentre en estos vivito y coleando, en alguna playa cubana, con nueva identidad, y a buen resguardo de sus ex compañeros de armas.

El Enano y el rating

Lo más probable, como reconocen, tanto los voceros del régimen, como el propio Bayly, sea que la prensa internacional (mucho más prudente) también estuviese informada con anterioridad del presunto ataque a Maduro. Lo importante era garantizar el espectáculo, aunque resultara Nicolás y no el ave Fénix quien renaciese de las cenizas, en este caso las de los infortunados y minúsculos vehículos aéreos no tripulados que fueron abatidos aquella jornada.

Lo que nadie imaginaría sería a un magnicida de verdad alertando a la media de sus planes. Tomemos por ejemplo a Georges Watin —el hombre que conocemos a través de Chacal, película de intriga política basada una novela publicada en 1971 por el novelista británico Frederick Forsyth— quien nunca avisó a los periódicos que día de 1962 tendría lugar el atentado que se conoce como del Petit Clamart. Se trató de una operación organizada por la sección en Francia de la OAS, y de la que el general Charles André Joseph Marie de Gaulle junto a su esposa Yvonne logran salir ilesos. Aquello si fue un atentando, aunque las 183 balas disparadas por el comando de la Organización Armada Secreta solo sirvieran para dar publicidad el Citroën DS en que viajaba el mandatario, capaz de seguir rodando tras ser ametrallado.

Tampoco cometería Wati el error de irse de la lengua, cuando un año después, en febrero de 1963, planeó volver a las andadas con la ayuda de un fusil de mirilla telescópica. Si la misión resultó abortada lo sería por otras razones no por indiscreciones parangonables al chivatazo, que, según Bayly, se dio en vísperas del “dronazo” caraqueño.

Esto de no compartimentar la información sobre un atentado a realizar jamás lo habría hecho un magnicida “responsable”, sólo aquel que tuviese por objetivo frustrar su propia acción, facilitando, al estilo de los de soldados de franela, la filtración hacia el enemigo. Hechos de este tipo suele ocurrir, no se extrañe, ellos explicarían, por ejemplo, la enorme cantidad de atentados frustrados que hubo contra Fidel Castro.

Estamos pues frente a un modo de operar típico. Apenas cuesta dudar que los que idearon el “magnicidio” a frustrar, etiquetado como “Operación Fénix” no sean los discípulos directos de quienes maquinaron la “Operación Trasbordo”.

No se trata de lanzarles “vitriolos” (como llama Bayly a las críticas) por lo fácil que se dejan usar la venezolana y a su colega peruano, o por el optimismo sin fundamento que muestran respecto al fin del régimen bolivariano. Se trata de avisar que se han transformado inconscientemente de periodistas en agitadores políticos para mayor confusión de su audiencia. Ya se enterarán algún día del gran servicio que han prestado al madurismo, a cambio de “un puñado de ratings más”. Y después hay quien se queja de que el presidente Donald Trump demonice a quienes difunden falsas “noticias”, un mal del que no escapan, como hemos visto, ni siquiera los programas hispanos “de derecha” en Florida.


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