Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Presidentes, Corrupción, Justicia

Pensando en Alan García

Ser presidente de un país, líder de Estado o una organización representa un estatus ejecutivo y moral, de integridad y honorabilidad

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No sé mucho de su biografía. Fue un político, y gobernó por dos periodos en el Perú con diferente aceptación y resultado. Lo cierto es que cuando a Alan García Pérez lo fueron a arrestar por corrupción por el Caso Odebrecht, y la policía tocó su puerta. Tomó una pistola y se descerrajó un tiro, acabando con su vida. Tenía 70 años y recordó a muchos que la moral existe. Era el 17 de abril de 2019. En la historia del Perú, García es el segundo jefe de Estado en suicidarse, tras Gustavo Jiménez (1933).

Este ejemplo-reflexión proviene del escenario político latinoamericano. Cristina Fernández, Ignacio Da Silva, Rafael Correa, Donald Trump, son expresidentes convocados por la justicia, luego de dirigir, la corrupción criminal a nivel de país. No entraremos en los campos de los nuevos autoritarios continentales como Nicolás Maduro, Miguel Díaz-Canel, Daniel Ortega y su mujer, Evo Morales. Ellos irrespetan el juego democrático, la convivencia y la alternancia política. Por supuesto, el orden de los nombres no implica mayor o menor responsabilidad. Pero queremos llamar la atención sobre la desmoralización de algunos políticos que, parafraseando al maestro Francisco Gonzales Bocanegra: No es que los políticos sean corruptos, sino que hay corruptos que se hacen llamar políticos.

Ser presidente de un país, líder de Estado o una organización representa un estatus ejecutivo y moral, de integridad y honorabilidad. No puritanismo. Refiero a las diferencias por ejemplo entre las aptitudes del expresidente de Estados Unidos Donald Trump y la primera ministra de Finlandia Sanna Marin.

Esta última, defiende por estos días su necesidad de ir a fiestas y divertirse. Argumento loable. Donde señalo una “peccata minuta”. ¿A dónde vas de fiesta y con quién? Cuestionamiento a colación el asesinato reciente de un hijo del expresidente de Honduras, Porfirio Lobo, al salir de una discoteca de madrugada en Tegucigalpa.

Fue Belisario Betancourt, el presidente colombiano, quien en su eterna sabiduría (o cinismo) señaló: toda sociedad necesita un nivel “aceptable” de corrupción. Supongo en mi supina ignorancia, se refería a la necesaria “flexibilidad” que permite a los materiales, no quebrarse ante la absoluta rigidez.

Un ejemplo de todo lo contrario es el del expresidente Ignacio Da Silva, quien cumplió al menos 19 meses de prisión por el de corrupción, conocido como Caso Lava Jato. Con toda la indignidad que le arropa, ahora se presenta nuevamente a elecciones, como parte de una maquina electoral. Nos presenta a un Partido de los Trabajadores (PT), incapaz de renovar a su elite dirigente y dependiente de los manejos del antiguo sindicalista.

Otro caso de alarma es de la vicepresidente argentina, Cristina Fernández. La abogada tiene pendencia con la justicia desde hace mucho tiempo. Solo cito el maletín del millón de dólares, enviado por Hugo Chávez, para ser elegida. El asesinato del Fiscal de AMIA, Alberto Nisman. Los millones encontrados en listas de uno de sus testaferros. Pero ahora, además, ante la posibilidad de ser detenida, prefiere romper la paz social y llevar al país a la guerra civil, enfrentando al peronismo contra la sociedad, bajo la mirada complaciente de su acolito de pillerías, el presidente Alberto Fernández.

No muy lejos está el vicepresidente de Paraguay, Hugo Velázquez, requerido por la justicia de norteamericana. El muchachón, se niega a dejar el cargo, ni su candidatura, a presidente para las próximas elecciones.

No me referiré por esta vez, al tema de los incapaces para comprender el rol al frente de los Estados. O a lo que llaman “estadista”. A vuelo de pájaro saltan los nombres de Evo Morales, Gabriel Boric o Pedro Castillo, este último “un caso” de incapacidad propio de manual.

Coda

Aplaudo la viril actitud del presidente Alan García, desde el fondo de mi conciencia. No obstante, agradecería actitudes menos dramáticas, como dejar paso a los jóvenes políticos. Y empoderar a los más capaces, decentes y honorables.


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