Actualizado: 04/12/2020 15:14
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EEUU, Rusia, Guerra Fría

¿Perdió Moscú la Guerra Fría?

El probable lugar de Donald Trump en la historia de esa guerra

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Algunos sostienen que quien llevó a Gorbachov al poder fue el KGB. Tiene sentido cuando se sabe que su padrino en los 70 fue Andropov, entonces omnipotente director de esa institución, y que muy difícilmente se habrían podido iniciar cambios en la URSS, como los propuestos por Gorbachov, sin el apoyo de la jerarquía de la policía política.

En esta hipótesis el KGB habría apoyado, y hasta tal vez promovido la reforma, o Perestroika, porque sabía muy bien la situación verdadera de la sociedad y la economía soviéticas. La apatía crónica de la primera y el estancamiento de la segunda. De hecho, dado el diseño de la sociedad soviética, el KGB era la única institución nacional en capacidad de conocer la verdad sobre la URSS.

Mas la Perestroika entonces se les fue de las manos en algún momento de 1988, y la URSS y el Partido Comunista, aunque no el KGB, terminaron por desaparecer a inicios de los años noventa.

No soy aficionado a las teorías conspirativas, porque no creo que la infinita complejidad de la realidad sea manipulable con los limitados recursos de que cualquier humano, o grupo de ellos, dispone para enfrentarla. Pero pienso que solemos subestimar la capacidad para manipular de ciertas instituciones como el KGB o el G2 hacia el interior de sociedades totalitarias como la soviética o la cubana. Es verdad que rara vez sus planes originales se cumplen, pero si se tiene claridad de las metas finales y se adopta la actitud correcta, oportunista en el sentido de no desperdiciar las oportunidades para corregir los planes, muchas veces esas metas se alcanzan, de uno u otro modo.

Lo cual parece haber sido en el largo plazo el caso de la reforma soviética de los ochenta, que tenía como objetivo primario, en los planes de Gorbachov y quienes lo apoyaban, el recuperar la capacidad movilizadora de su sociedad. De dotar al proyecto soviético de un atractivo renovado que fuera capaz de sacar el mayor provecho posible de esas fuerzas sociales dormidas tras el periodo de represión estalinista y el estancamiento brezhneviano. Al tiempo que conseguir una tregua en la carrera armamentista, para quitarle a la economía el insoportable peso de la misma, por el momento, mientras se revivía a la sociedad soviética. Todo lo cual iba dirigido en un final a sentar las futuras bases de una superioridad incontestable de la URSS ante Occidente.

Recordemos que estos eran los objetivos planteados en 1985 por un sector de la élite soviética, quienes aún creían en la superioridad del comunismo, y lo inevitable de la evolución social que habían estudiado en los escritos de Marx, Lenin, pero sobre todo en los manuales de materialismo dialéctico estalinistas.

Sin embargo, la Perestroika falló en conseguir revivir a la sociedad soviética, y en consecuencia en la meta última que se habían propuesto sus iniciadores. En esencia porque desde dentro de la ideología de la izquierda comunista es imposible iniciar reformas sin recaer en el liberalismo, y por tanto en la subordinación de Moscú en el orden liberal impuesto por Occidente.

Veamos qué pasó.

Hay inconsecuencias en la teoría de Marx que el leninismo, o comunismo en jerga de derechas, no resuelve, sino que por el contrario los convierte en sus postulados centrales. Es el caso de la idea comunista de que su proyecto es por completo antagónico al liberalismo, y a su concepción central de un individuo dotado de capacidad moral para determinar su conducta.

Marx nunca pensó que en las etapas sociales que él llama socialismo y comunismo el individuo desaparecería por completo, a la manera que lo creyeron sus epígonos en el siglo XX. Mas en su afirmación demasiado absoluta de que las condiciones materiales de vida determinan el pensamiento del hombre; en su idea de unas leyes suprahumanas de la historia, determinadas por la dialéctica de los conflictos entre unos grupos sociales demasiado precisos, las clases sociales, se encuentra una subvaloración del individuo que no justificaban su conservación de llevarse a la práctica política su teoría.

Así surge a partir de Marx un proyecto inconsecuente, que se propone aprovechar como nunca antes las capacidades creativas del hombre, de la manera mas justa y eficiente concebible, a la vez que sataniza al único portador de esas capacidades: el individuo libre. Porque resulta incuestionable que toda invención, propuesta, innovación, idea nueva, siempre surge en el pensamiento de un individuo específico. Que en este caso es el primer individuo, dentro de un entorno social determinado, que es capaz de ver un asunto desde una óptica diferente a la de sus contemporáneos, y quienes les antecedieron. Tal vez, si no es este individuo otro posterior se ocupará de hacer lo que aquel no pudo: pero lo esencial aquí es que siempre será otro individuo, ya que si bien las ideas y soluciones que proponemos dependen de nuestra comunicación con los demás, no surgen sino en un específico cerebro humano.

Lo inconsecuente del proyecto en sí lleva a que Marx se niegue a imaginar las futuras sociedades (salvo generalidades) más allá de la revolución que las funda. Porque si bien el credo determinista de que la revolución que se hace tiene determinado su triunfo posee un inmenso atractivo movilizador para destruir el mundo existente, el construir algo nuevo después, en base a esas mismas leyes inexorables, ya no. Si todo es tan inexorable, si el individuo es un rezago que las sociedades socialista y comunista superarán, es evidente que no se necesita movilización consciente, sino sólo obediencia a las leyes suprahumanas, y en todo caso a quienes tienen una mejor perspectiva de ellas para guiarnos a todos hacia el comunismo.

Esto quizás funcionaría de maravillas si la revolución triunfara en todo planeta, y no quedara tras ella ningún pedazo del mundo regido por los principios y valores del liberalismo. Si esa formaciónasiática en que pronto se convierte la URSS se hubiera conseguido imponer a todo el planeta. “Desgraciadamente” no ocurrió así, y al tener que mantenerse en competencia con un mundo liberal, del que teóricamente es una superación, la rigidez disciplinaria y la inexistencia de motivos movilizadores que consigan compararse con la superioridad que el liberalismo saca de su culto al individuo terminan por pasarle la cuenta al comunismo.

La solución entonces, desde la izquierda comunista, está en liberalizar, o sea en devolverle ciertas libertades al ciudadano para que desde sí mismo revitalice las instituciones comunistas. Pero esas instituciones y el individuo son de origen irreconciliables, por lo que esa solución lleva necesariamente a la destrucción del comunismo.

En concreto la reforma desde la izquierda, o Perestroika, no podía echar mano de los motivos movilizadores y unificadores que la sociedad soviética necesitaba para resistir los cantos de sirena del orden liberal, por lo que la reforma dentro del marxismo no tardó en causar el colapso de Moscú como uno de los centros de poder que se disputaban la unificación del mundo.

Es entonces que apareció en escena ese siniestro personaje llamado Alexander Duguin, con cierto nivel de acceso a los órganos de inteligencia soviéticos, los cuales fueron el único poder que habría de sobrevivir a la caída de la URSS y del comunismo. Duguin entendió que lo que había que hacer era cambiar de la izquierda extrema, a la derecha extrema. Así se podría echar mano del viejo eslavismo, del exclusivismo de una Iglesia rusa, como motivos más eficientes para unificar y movilizar a los rusos frente a Occidente.

Nace así el nacionalbolchevismo… una ideología mucho mas eficiente que el bolchevismo, desde lo movilizador, para sostener a Moscú como un poder independiente global dentro del sistema mundo.

En realidad, la tendencia a echar mano de recursos como el nacionalismo tenía una muy temprana historia en la URSS. Sin duda de no haber convertido la guerra contra la Alemania nazi en una Gran Guerra Patria, y no en un conflicto entre capitalismo y socialismo, es muy poco probable que la URSS no hubiese perdido toda su porción europea. Pero en el contexto de una ideología universalista como el marxismo, el nacionalismo sólo había quedado como un recurso extremo para casos de apuro.

Es necesario hacer un aparte aquí para entender que los movimientos que se ubican a la izquierda del liberalismo se entienden a sí mismos como un progreso, una superación de aquel, mientras los que se ubican a la derecha se ven como una resistencia conservadora al liberalismo (de ahí que para ellos, aunque raramente tengan el valor para admitirlo, liberalismo y comunismo sean lo mismo).

Dado que en general hay solo dos modos de movilizar a los individuos dentro de un poder constituido: mediante la libertad de mejorarse, mejorar su posición en la sociedad, o mejorar la sociedad en que se vive (motivo liberal), y mediante la activación de los miedos e instintos tribales, heterofóbicos, de rechazo al que no pertenece al grupo inmemorial o raigal (motivo conservador, de derechas), y dado que la izquierda no puede echar mano de ninguno de los dos por los propios fundamentos de su doctrina, dado que solo puede movilizar revolucionariamente, ella sólo sirve para destruir el poder existente. Pero al llegar a él, al ocuparlo tras el acto revolucionario, su incapacidad movilizativa la convierte en una tiranía férrea del aparato burocrático estatal, altamente inestable, que devanea entre el liberalismo y la derecha, aunque sin atreverse a declararse abiertamente por ninguno de sus dos antagonistas, en razón de que el discurso ideológico que los llevó al poder, cual una superación tanto del liberalismo como del pensamiento conservador, se lo impiden.

Esto lo comprende Alexander Duguin desde finales de los ochenta, y la nueva generación de jerarcas rusos que se está formando a inicios de los noventa, bajo la influencia y el control de los órganos de inteligencia rusos que no son más que los mismos soviéticos, adoptan su visión a poco de caer la URSS: No se puede ir hacia el liberalismo porque eso implica subordinar a Moscú al mundo liberal ya existente, y por otra parte el izquierdismo no sirve para resistir con efectividad movilizadora al llamado Mundo Libre, como ha dejado más que demostrado el proyecto soviético. En consecuencia sólo queda entregarse a la derecha.

No obstante, Duguin y los poderes que ya comienzan a desplazar a los perestroikos liberales comprenden que se puede ir más lejos, que a la ideología de derecha se le puede sacar más, mucho más. Que se puede convertir el giro a la derecha extrema no sólo en un recurso para movilizar y unificar a los rusos en la resistencia ante el orden liberal de Occidente, sino en un movimiento global de una nueva derecha que le dé una ideología nueva, interesante, mística, heterofóbica, anti racionalista, antiliberal, del regreso a las jerarquías claras del medioevo a todos los que en Europa y EEUU no están tampoco a bien con los propios valores liberales de su civilización. Que se puede por tanto no solo armar a lo ruso con su propuesta ideológica, para resistir como la URSS cuando le dio un tinte nacionalista a su resistencia a Alemania, sino incluso usarla para horadar las bases de Occidente.

Es entonces así que el principal producto de exportación ruso en el nuevo milenio no es el petróleo o las armas, sino una ideología, diseñada para ser adaptada por cualquier conservadurismo contemporáneo.

Este giro hacia la ampliación de sus horizontes es sin duda importante porque tampoco en el largo plazo el pensamiento de derechas es capaz de derrotar en competencia al liberalismo. Solo resistirlo con una eficacia muy superior a la de la izquierda, o derrotarlo de una vez y para siempre al imponer el regreso al mundo premoderno.

Es entonces cuando Alexander Duguin deja de llamar nacionalbolchevismo a su ideología, lo cual le resta poder de penetración en Occidente, y la deja como un bien abierto para quién quiera adaptarla a su realidad nacional… como un software ideológico libre.

Es así como viejos conservadurismos como el turco o el indio encuentran como actualizarse, y en Occidente surgen tipos como Orban o Bolsonaro, pero sobre todo como Bannon, y su discípulo Donald Trump, quienes adoptan el virus ideológico diseñado en Moscú para hundir a la civilización occidental y su proyecto universalista, y lo inyectan nada menos que en el mismo corazón de Occidente hoy, en Washington…

Por tanto, es incorrecto decir con absolutismo que la URSS perdió la Guerra Fría. Moscú se las ha ingeniado en definitiva para, si no ganarla en el corto plazo, por lo menos tomar venganza de sus vencedores, al debilitarlos desde dentro. Por lo que la historia de la Guerra Fría aún se desenvuelve.


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