Actualizado: 15/02/2019 14:21
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Perú: el cáncer, el sida, o demasiada desconfianza

Ollanta Humala y Perú frente a la encrucijada y entre dos fuegos

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En la segunda vuelta de una elección presidencial que en momentos extremos fue calificada como escoger “entre el cáncer y el sida”, o “entre el miedo y el desespero”, Ollanta Humala venció por estrecho margen a Keiko Fujimori y será el nuevo presidente del Perú a partir del 28 de julio. Se espera que por cinco años, pues ha prometido no pretender modificar la constitución para aspirar a reelegirse.

Chavista venido a menos en los últimos tiempos, cuando las encuestas para la primera vuelta electoral lo situaban casi sin posibilidades, proclamó al brasileño Lula da Silva como su referente —lo mismo que hizo en El Salvador Mauricio Funes, distanciándose de Hugo Chávez— y en varias ocasiones modificó su proyecto de programa de gobierno para tranquilizar a los más preocupados y vestir ropaje presidenciable, lo que demuestra, al menos, un pragmatismo efectivo, que tal vez algunos llamarían oportunismo.

Mucha prensa en el mundo ha llamado izquierdista a Humala al informar sobre su victoria, pero confieso que para mí, en estos tiempos del siglo XXI, los conceptos de “izquierda” o “derecha” me resultan estereotipados, pues en nuestros días, al menos en América Latina, la principal distinción entre los gobiernos puede establecerse más acertadamente con criterios como “realismo” o “populismo”.

Si el nuevo presidente mira al sur, podrá ver en Chile un ejemplo de progreso, estabilidad democrática y crecimiento económico, tanto en tiempos de la “izquierda” de la Concertación como de la “derecha” de Sebastián Piñera. Y si mira al norte o al sureste podrá ver en Ecuador y Bolivia las dificultades y estancamiento que se crean con gobiernos populistas no demasiado apegados al Estado de derecho, tanto en tiempos de la “derecha” como con los “izquierdistas” Rafael Correa y Evo Morales.

Sin embargo, no necesita mirar tan lejos, pues en su propio país tiene ejemplos recientes: el primer gobierno “izquierdista” de Alan García dejó como legado un terrorismo sin freno y una inflación galopante; después controló ambos problemas el “derechista” Alberto Fujimori, quien además de esos logros violó derechos humanos y dejó correr la corrupción rampante, por lo que ahora cumple cárcel en su país. Después, Alejandro Toledo, nada carismático pero eficiente tecnócrata, creó las condiciones para el crecimiento económico y las inversiones dentro de un marco de legalidad democrática, y en su segundo gobierno Alan García demostró haber aprendido de los fracasos de su primera administración y logró mantener el rumbo democrático, el crecimiento económico y la inversión extranjera.

Ollanta Humala ha prometido que su gobierno luchará contra las desigualdades sociales y la pobreza, lo cual es muy encomiable: eso es lo que debe hacer todo gobierno decente en cualquier país del mundo. Al mismo tiempo, todo gobierno decente debe respetar las leyes y normas democráticas que permitieron al presidente ascender a la primera magistratura, combatir la corrupción y preocuparse porque la economía se pueda desarrollar en un marco saludable con sólidas bases legales, y privilegiar la educación como la mejor inversión de futuro de un país.

Perú está repleto de desigualdades sociales acumuladas por siglos, la pobreza extrema sigue siendo extensa, y muchos conflictos sociales corroen la estabilidad nacional, sobre todo en la sierra y en la selva, donde los inversionistas extranjeros no se animan a acudir. Los agudos contrastes entre la impresionante Lima con su clase media y los cholos y campesinos en el interior del país son tareas pendientes para cualquier gobierno. Se suman a todo esto litigios fronterizos con los vecinos que datan al menos del siglo XIX. Y además, la metástasis del terrorismo, nunca extirpado definitivamente.

Ollanta Humala no podrá resolver esos problemas en sus cinco años de mandato, pero puede dar pasos realistas para comenzar su solución y dejar la tarea encaminada a quien le suceda en el gobierno.

El capital peruano y extranjero no confía en el presidente electo: el lunes la Bolsa de Valores de Lima abrió a la baja y cerró tres horas antes de tiempo, con un descenso del 12,51 %, el mayor de su historia. El señor Humala debería revertir esta situación inmediatamente, con declaraciones sólidas y responsables que contribuyan a detener la estampida.

Por otra parte, con Hugo Chávez “Venezuela formula votos por que esta expresión de esperanza y fervor popular acompañe al Presidente Ollanta Humala y a su futuro gobierno”, Daniel Ortega en Nicaragua saludó “con alegría la gran victoria del pueblo peruano” y el inefable Evo Morales, desde Bolivia, declaró que “El gran triunfo de Humala es el resultado de la lucha del pueblo por su dignidad y soberanía”. Para Ecuador es alentador que “voces alternativas como la de Humala, que representan a los sectores más postergados de Perú, lleguen al gobierno”. Dime quien te defiende…

Otros fueron amistosos, pero más cautos, incluido Raúl Castro: “Le extiendo las más cálidas felicitaciones, en nombre de Fidel y en el mío propio, con motivo de su triunfo en las elecciones presidenciales recién finalizadas en la hermana nación peruana (…) Y le expreso la voluntad de fortalecer los lazos de amistad entre nuestros países. Reciba el testimonio de mi más alta consideración”. El subsecretario de Estado de EEUU señaló que “estamos muy dispuestos a seguir trabajando con él, así como hemos trabajado con las autoridades de Perú”. El presidente colombiano Juan Manuel Santos expresó a Humala telefónicamente “el compromiso de Colombia de seguir trabajando por el fortalecimiento de las relaciones entre los dos países y de toda América Latina”, y la presidenta argentina Cristina Fernández también le llamó para felicitarlo, mientras México expresó “su más amplia voluntad de seguir estrechando los históricos lazos de cooperación entre ambos países, fortaleciendo nuestras relaciones económicas, comerciales y culturales”.

Ante Ollanta Humala hay dos opciones muy concretas para los próximos cinco años: optar por el realismo y buscar el progreso de su pueblo a través del desarrollo económico y la legalidad democrática, o seguir el camino de los fracasados para eliminar las desigualdades.

Los fracasados tienen dos estrategias: la comunista y la populista. Los comunistas eliminan las desigualdades más rápidamente, llevando a casi todo el mundo a la miseria (menos a sus camarillas, claro está). Los populistas hipotecan el futuro del país a través de la “redistribución” de la riqueza y la demagogia, porque no tienen programas responsables para crear tal riqueza. Al final logran casi lo mismo que los comunistas al enajenar la economía nacional, aunque mantienen cierta imagen democrática: Juan Domingo Perón y Velasco Alvarado son dos ejemplos claros.

Ollanta Humala deberá demostrar en los próximos cinco años si su triunfo fue realmente una elección entre el cáncer y el sida, o si quienes lo vetaron con demasiada furia estaban equivocados, y los que apostaron por él fueron más realistas.

El tiempo dirá.


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