Actualizado: 20/10/2017 18:43
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España, Palestina, Madrid

Perversión del lenguaje, marginalia e historia

Producto de la desinformación los orientales en Cuba son llamados palestinos

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Siempre he sido un apasionado lector de Historia. La del siglo XIX, XX nos tocó asimilarla e interpretarla de manera singular, sobre todo los que nacimos dentro de la revolución de 1959. El tiempo, que es materia fundamental que alimenta los hechos, nos completaría la parte que nos había sido tocada por el bisturí de los técnicos. La vida luego nos dio a muchos la posibilidad de constatar, algo tan sano en esta materia, que también era muy relativa la narración de los pasajes, hechos acontecidos, según donde y quien los contara.

¿O no es el mallorquín Valeriano Weyler un grande de España para los estudiosos peninsulares?

Son muy frágiles hilos los que sostienen la veracidad de lo acontecido, muy variables las voces que los narran. Hay que buscar entre verdades a medias, desvirtuadas invenciones, la auténtica razón, o razones que subyacen.

Un poemita en un libro infantil —¿de René Méndez Capote?— que mencionaba a Palestina, fue creo lo primero que recuerdo de este país del Oriente Medio. Una niña con un kuffiyah, otros niños, ilustraban la poesía. Porque debo aclarar que Palestina, palestinos en nuestra no menos curiosa isla de Cuba, eran/son todos los nacidos de Camagüey hasta la Punta Maisí: todavía es así, y no estoy seguro que en principio los nombraran para halagarlos, más bien lo contrario. Era, sigue siendo, una desacertada analogía, un modo desdeñoso de reaccionar ante la avalancha de santiagueros, guantanameros, baracoenses... que hostigados por la policía, los CDR, los servicios de la seguridad del Estado, además de decretos, leyes que les prohíben vivir en la capital del país —del propio país— sobreviven, afanan, y hoy día ocupan una alta, muy alta tasa del trabajo bruto de la capital.

De Santiago de Cuba, nuestra capital palestina, era entonces el amigo David, hijo de un importante entrenador de boxeo del equipo nacional, no recuerdo cómo había llegado a nuestra villa remediana (San Juan de los Remedios) acompañado de un colega, bailadores ambos, alegres y muy jóvenes los tres —estoy hablando de 1985— compartimos cervezas, unas noches de Parrandas —el que vive unas Parrandas de Remedios no lo olvida— y un entusiasmo que provocó mi primer viaje interprovincial, sin padres. Hasta Vista Alegre, barrio santiaguero, fui a parar con mis dos nuevos amigos, y en la casa de David me quedé.

Cuento todo esto, pues estando en nuestra propia palestina, conviviendo con los que no podían ser todo lo libre que en realidad sí eran, conocí a varios estudiantes de los Emiratos Árabes, algunos otros realmente palestinos, de la Palestina que los ingleses habían colonizado desde el 1917. Estudiaban, casi todos, medicina, y si bien puedo decir que no la mayoría, más de uno tenía planes de irse a trabajar a Europa, una vez se graduaran, claro.

Aprendí a decir alguna malapalabra en árabe, aunque solamente ya conserve el ruido, una entonación sin letras. Recuerdo a uno beber: mira que no fue por insistencia que los demás se fueran de la isla doctores, pero sin haber catado la sangre de la caña de azúcar, su alcohol dulzón. Los tengo frescos, contentos en el recuerdo, atentos a las santiagueras, haciendo negocios: sí, casi todos los árabes que he conocido tienen una porción de empresarios, un adiestramiento natural para el regateo.

Gracias a estos auténticos palestinos en nuestra inexistente palestina me hice con uno de los primeros pitusas (mahones) que tuve, sin contar una incursión a un tendedero de un edificio de residentes rusos, que tenían vodka, pero no lo compartían...

Por desgracia la experiencia no duró mucho, no creo que más de dos semanas, el padre de mi amigo David, al que no volví a ver nunca más, me sacó un pasaje de vuelta hasta Santa Clara.

De Palestina tenía entonces una malograda comparación y algunos pocos conocidos que ni siquiera todos aseguraban regresar a ella. Sin contar las alegorías a su valerosa resistencia ante unos enemigos muy superiores en armamento, la abundante verborrea revolucionaria de la prensa criolla.

2

Llegué a España —que a veces es Europa— en pleno tiempo de cambios, transformaciones sociales. Alguna vez escribí sobre lo impresionante, incluso traumático, que fue para mí asistir a un cambio de gobierno, Así, sin más. De izquierda a derecha, con muchas fanfarronerías verbales, altísima cuota de testosteronas por bandos, pero siempre al final con un apretón de manos.

Se necesitaban curritos. Los planes que traía el nuevo líder eran faraónicos, su partido lanzaba mensajes no solamente a los países limítrofes, iba a buscarlos a las antiguas colonias de América. Si querías trabajar —hablamos de los dos mandatos de José María Aznar— España era el lugar.

A esta llamada milagrosa concurrieron de todas partes del mundo, barrios como Lavapiés —que debe su nombre en parte a la ablución impuesta a los judíos allá por el siglo XV para que pudieran acceder— se llenaron de árabes de todas las nacionalidades, africanos, dominicanos, chinos, pakistaníes, ecuatorianos...Los inmigrantes eran personas importantes, una parte influyente en la aceleración económica. Así se crearon paralelas centenares de ONG, asociaciones y hasta los partidos mayoritarios subieron a representantes que habían sido nacionalizados a sus tribunas.

Pero debo decir que los marroquíes, saharauis, siempre han vivido en la península, y cuando llegué, eran mayoría entre emigrantes en casi todos los barrios. Gente que sobrevivía de trabajos modestos en su generalidad, se verían sin embargo afectados, todavía lo siguen estando, por la mala reputación de unos pocos inadaptados, reincidentes en programas de TV, de estos de corte bien tendencioso donde los malos llegan hasta el robo de un bolso. Pero que tal vez su mala fama se generara cientos de años antes, en tiempos de los reyes católicos y la supuesta reconquista.

No todo fue jamón tampoco, nunca lo ha sido. Cuando los narras comenzaron a comprar el barrio, se vieron en peligro. Pequeños, aunque decididos, restos de antiguos dominadores moros, bandas que se habían visto desplazadas por las nuevas tendencias al que los poderes del establishment los arrastraba, si bien ni les rondara por la cabeza plantearlo de esta manera, fueron a la caza de los chinos. Abundó en las crónicas sociales este enfrentamiento, que si bien no duró mucho, sí que trajo más de una desdicha.

A diferencia de los emigrantes marroquíes los chinos traían/traen, la cartera llena. No pagan más que sus propios chantajes, de eso tienen reputación, y son muchos: un montonazo de chinos.

Posteriormente la comunidad china se dio cuenta que podían aspirar a más, poco a poco vendieron sus negocios a otros asiáticos, de la India, Pakistán, a los africanos que no han cesado de instalarse en Lavapiés, haciendo de la Plaza de Cabestreros cualquier noche, da igual el día, un lugar de encuentro para subsaharianos: significativa visualización de la necesidad de emigrar existente en determinados países.

Nada de lo que he contado ha dado peor imagen al barrio obrero y multicultural de Lavapiés, que los sinnúmeros de efectivos policiales que se instalan a diario en sus plazas, calles estrechas.

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De viaje hace años con Antonio Casas Moreno, científico, conocedor de historia y fotógrafo amigo desde mis años de librero en La Habana Vieja, tuve la suerte de llegar hasta Medinaceli , cruzar sus delgados arcos, sentir el pulso de la historia, palpar tiempo en el adobe, las piedras rodadas del pueblo de Calatañazor...

Todo en aquella zona cercana a la siempre fresca Soria, contenía invisibles pero respirables esporas de historia.

Desde las cretácicas huellas de Estegosaurio que abundan la ruta Icnitas, a la constatación que en algún momento han convivido en Ágreda, villa hercúlea perdida y reconquistada, el monoteísmo sin excepciones: judíos, cristianos y musulmanes. Esta constatación es igual en otras ciudades medievales, llegando el final de la convivencia parejo para todas con la reconquista definitiva de Isabel y Fernando, los reyes católicos.

Empero, 4 o 5 siglos antes de sus majestades católicas por estas tierras de Castilla y León cabalgaba Al-Mansur bi-Allah, mito y parte esencial de un pasado que todavía vislumbra, que sin embargo se guarda como a los malos recuerdos. Almanzor, nacido en Algeciras y enterrado en el infierno según un cura, no recuerdo cual. En realidad se hizo sepultar para siempre en alguna pedazo de Medinaceli, en la que no consta el sitio exacto. ¡Tal pavor provoca todavía su recuerdo!

A este caudillo andalusí, que murió invicto y con las botas puestas, también le adornaron su pasado, así cualquier desprevenido que llegara/llegue hasta donde yo, se podría marchar con la idea de estar exactamente donde el despiadado guerrero musulmán fuera derrotado. Cuando en verdad no existió tal batalla, ni en Calatañazor sus despavoridos habitantes hicieron algo más que lo acostumbrado ante su presencia: huir, quemarlo todo, huir... Justo esto me motivó a escribir hace años un poema, donde intentaba establecer algunas diferencias entre la quema de una aldea medieval y el incendio de Bayamo, al caso, una aldea del medioevotardíocaribeño nuestro, que nos fundó, se afirma, un primigenio sentimiento patriótico nacional.

¡Claro que en el al-Ándalus no se manejaba el “concepto patria”! Por eso del mismo modo en mi poema la ironía, denuncia de la perversión, ya no solamente del lenguaje o discurso oficial, también del silencio o la tolerancia con que asumimos el equívoco, lo falso, convivimos con ello sin molestarnos en buscar, exigir una mediana honradez.

¡Pero tampoco ha existido jamás el país de los judíos que hoy hegemoniza a los palestinos! Ya esto por supuesto es más complicado, y me puede costar las cuatro frivolidades que se dedican a las personas que analizan el tema. Por eso voy a precisar, ajustar mejor lo dicho, lo que pienso: nunca había existido ese país, hasta el 1947, claro.

¿Era Palestina en 1947 una tierra baldía, sin nadie que la habitara? Por supuesto que no. Los palestinos, como hoy día, tenían cientos de años allí. También los judíos, que sin embargo eran una minoría tolerada, eso sí.

Los nuevos medios, Internet propiamente, conspira a favor de una fragilidad en el equilibrio entre lo inmediato y lo riguroso. Así sobran páginas donde la información podría ser lo contrario: desinformación.

Producto de la desinformación los orientales en Cuba son llamados palestinos. Primero porque no podría existir analogía entre unos y otros, aunque los deseos de sobrevivir a cualquier precio sean parecidos. Segundo porque si los capitalinos supieran verdaderamente lo que sufren los de Gaza, por ejemplo, lo mismo se lo pensaban antes de nombrarlos de esa manera.

Una desinformación más interesada existe para el barrio de Lavapiés, donde los sucesos son escasos, las personas de muchas nacionalidades y la policía de sobra.

Cuentan que tras la experiencia de Chueca, antiguo barrio donde pululaba el caballo y las jeringas se barrían en la plaza a bultos —yo no lo vi, llegué cuando Chueca era territorio gay— Lavapiés es el siguiente en reavivar, reformar: eso dicen. Hay que hacer algo para —¿desalojar?— que los edificios no se terminen de caer del todo.

Tan cerca del centro y tan castizo, su recuperación —ya lo he dicho anteriormente, denunciado alguna asociación, más de una ONG del propio barrio— pasa por demonizarlo antes que nada.

Una cámara ojo pescao por cada esquina, más algunas otras de refuerzo. Baterías de lecheras, carros patrulla y motocicletas son parte del paisaje urbano de la zona. !Hay días que tal parece lo han tomado las fuerzas del orden!

Nada de esto cohíbe que las terrazas y bares se llenen: la gente ha aprendido a vivir en una realidad que no se corresponde con la que venden los medios. Ha superado el temor infundado, eliminada la desconfianza por la diferencia. E igual que proliferaron los credos, crearon espacios alternativos para practicarlos, en poco, por no decir en nada, afectó a las iglesias de siempre del barrio, más bien lo contrario.

La porosidad de la historia es propicia a la perversión del lenguaje.

El que el infinito quepa en una computadora, por lo menos esté al alcance mediante este equipo y una conexión a la World Wide Web, elimina si bien no por completo, como parte fundamental, al tiempo. El mismo tiempo que comencé diciendo fue consustancial a la historia, hoy día la existencia de cualquier suceso, pasado, presente, futuro, en un archivo virtual imperecedero, atemporal, perennemente on fire, lo relativiza.

4

No hace muchos días fui a la Filmoteca, que es un cine delicioso situado muy cerca de la Plaza Antón Martín, y lo más parecido a estar dentro de un sueño viendo una película que existe. Tiene solera la filmo de Madrid, desde su nombre, Doré, hasta las ocurrentes disputas que peculiares asiduos cinéfilos mantienen, según parece, de siempre en sus salones. Desde tiempos en que era llamada, El Palacio de las Pipas. Pero sobre todo, por la programación: posiblemente la mejor de todos los cines de España. Con proyecciones en versión original, normalmente atendiendo al cine clásico, de autor.

Fui a ver un documental del director, judío, Werner Herzog. La cueva de los sueños perdidos, que así se llama la película, es un viaje —con tramos en 3D— al viaje mismo del ser humano. Una bifurcación afortunada en los causes tradicionales de la arqueología y la historia. Bifurcación porque al permanecer cerrada la cueva de Chauvet —que lleva nombre de uno de sus descubridores y está situada en el sur de la costa francesa— producto de un derrumbe natural, las condiciones medioambientales favorecieron que todo lo que hubiera dentro se conservara como en una capsula de tiempo, nunca mejor dicho. En esa capsula/caverna se encuentran las evidencias del falso, mal relato de nuestra relación con Dios, según nos lo han presentado.

Entre rinocerontes, leones y salvajes caballos, cabezas de osos cavernícolas ya extintos como especie, la ausencia de Dios completa la soledad con que nos hemos acompañado. Obras realizadas 35 mil, 40 mil años antes de nuestra era. En el imaginario, aunque no fue confirmable hasta 1994, fecha en que reencuentran la cueva, compartíamos sin saberlo mitos sexuales tan recurrentes como el toro abrazado a una mujer, pero ninguna certeza, ninguna imagen real de un creador divino. Algo que podría prestarse a confundirnos, atendiendo que uno de los científicos que participan, advierten, desde mi punto de vista muy acertadamente, que el Homo Sapiens, mejor, debería llamarse Homo Espiritualis.

La mujer desnuda, su sexualidad, es la única evidencia, o mejor dicho, la única representación humana que hay en toda la cueva.

Y es que son cosas distintas la oligarquía del dogmatismo y la espiritualidad del ser humano.

Paradójicamente o quizá como una explicación de nuestro recorrido como especie, a tan solo 32 kilómetros de la cueva de Chauvet está una de las plantas nucleares más grande de Francia.

Debido a un flujo de agua sobreabundante destinada al enfriamiento de los reactores nucleares, a menos distancia todavía han creado un microclima tropical, completando los invernaderos agrícolas con la cría de cocodrilos.

Bichos que proliferan enardecidos por la tibia agua radiactiva, mutan del color a la carencia de coloración propiamente. Cocodrilos albinos, como la Historia. Tocados por la técnica humana, como la historia, degenerados reptiles que llegan como restos, referencias de otros animales que les sucedieron, y aunque iguales, distintos, según se analice.

Como a la historia.


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