Actualizado: 21/11/2019 17:15
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América Latina

Postmocaudillos y neocuranderos

De cómo cierta izquierda ha decidido agenciarle un sentido reivindicador al término 'populismo'.

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Luego de independizarnos, los emancipadores héroes militares del siglo XIX se hacían presidentes de república vitalicios. Bolívar, fundador del militarismo entre nosotros, propuso formalmente la condición vitalicia del mandatario —¡y un senado hereditario!— en la constitución que escribió para Bolivia, uno de sus experimentos. La "Gran Colombia" fue su experimento republicano "liberal"; Bolivia quiso ser la enmienda reaccionaria de la Gran Colombia.

En estas veintitantas "repúblicas de Costaguana" en que se nos convirtió Hispanoamérica desde 1830, la adulación áulica atribuye al omnímodo caudillo militar rasgos y cualidades que lo distinguen del resto de los mortales, en especial de los civiles.

La impertérrita invulnerabilidad en las batallas; un ojo zahorí para descubrir intrigas y acechanzas son apenas dos de esos rasgos. Un anecdotario en el que resplandezca una inteligencia silvestre que haga prescindibles a los letrados, viene bien al adorno legitimador del mandón.

Nuestro Telmo Romero

El general Joaquín Crespo, caudillo "liberal" en las postrimerías del siglo XIX venezolano, era hijo de un curandero famoso en los llanos. Quizá por ello, y desesperando de los médicos que no daban con la cura para un hijo suyo gravemente enfermo, Crespo puso la salvación del niño desahuciado en manos de otro curandero que andaba de paso por Caracas.

El hombre se llamaba Telmo Romero —nombre digno de Tirano Banderas—, era comerciante de ganado y en sus andanzas había compilado un recetario de medicamentos indígenas.

Agradecido por la milagrosa curación que logró con sus brebajes, Crespo hizo publicar el recetario bajo el título de El Bien General y ordenó a su cuerpo diplomático agenciarle al brujo un diploma en Medicina en alguna universidad de Europa. Sólo un venal instituto bostoniano dio el paso, a cambio de una jugosa donación en metálico.

Crespo encomendó entonces al ya borlado curandero nada menos que la dirección de un hospital de lázaros y la del Manicomio Nacional. Fue su manera de humillar a los médicos de Caracas, linajudos criollos blancos que nada pudieron hacer por su hijo.

Cuando corrió el rumor de que Crespo pensaba nombrarlo rector de la Universidad Central, los airados estudiantes hicieron una pira con El Bien General. Pagaron muy caro el desacato.

Con todo, Romero, Rasputín caribeño, no llegó nunca a ser consejero de palacio. En esto no hay que engañarse: la personalidad autoritaria no admite consejeros, sólo cómplices.


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