Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Venezuela, Elecciones, Maduro

¿Qué nos dice Venezuela?

La sociedad que votó masivamente contra la continuidad no lo hizo a favor de una opción política específica

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La derrota electoral sufrida por el Partido Socialista Unido de Venezuela no es simplemente un descalabro electoral, sino sobre todo, otro momento en el agotamiento del proyecto chavista.

Fue un proyecto disruptivo que emergió de los escombros del acuerdo elitista de Punto Fijo. Se denominó a sí misma como Revolución, pero en realidad no afectó sustancialmente las estructuras de propiedad y del régimen político. Aunque reclamó el epíteto de socialista, tras 17 años, Venezuela ha seguido siendo una nación plenamente capitalista y su sistema político —aunque acompañada por una constitución en muchos sentidos más avanzada que sus congéneres latinoamericanas— nunca traspasó, en lo esencial, su cualidad democrática liberal.

Su vocación disruptiva se canalizó por los cauces populistas. No originó la crisis —de hecho sus signos críticos fundamentales ya estaban presentes durante el orden que pretendió superar— pero sí agregó más crisis a la existente. Tampoco dividió a la sociedad —ya estaba fuertemente dividida— sino que convirtió esta división objetiva en componente dinámico de un discurso estructurante que separó a la sociedad en dos campos: pueblo y oligarquía. Y no es cierto que haya redistribuido las riquezas —la propiedad burguesa no fue tocada en lo fundamental— sino que distribuyó mejor el excedente.

En este contexto, la suerte de la llamada Revolución Bolivariana estaba ligada a dos condiciones. La primera era un líder carismático e inteligente capaz de cautivar la imaginación popular. La segunda era la bonanza petrolera. Mientras Chávez estuvo al frente del gobierno respaldado por los precios extraordinarios de los combustibles, todo marchó viento en popa —extensión de programas sociales diversos (las llamadas misiones), generación de puestos de trabajo, construcción de viviendas e importaciones masivas de bienes de consumo— justo lo que Chávez llamó “socialismo petrolero”, de la misma manera que Carlos Andrés Pérez había llamado “democracia petrolera” a su primer exitoso gobierno. Y Chávez ganó una tras otra todas las elecciones, por márgenes tan abrumadores como 26 %.

No creo que la opción populista de Chávez haya sido la mejor opción para Venezuela para aprovechar las oportunidades del boom petrolero. Hubiera sido más razonable usar la coyuntura para empujar un proyecto más coherente de desarrollo económico y social. Pero también creo que fue una opción mucho mejor que cualquiera otra practicada anteriormente en el país, como ocurrió, por ejemplo, en los 70, cuando el auge de los precios sirvió para amasar nuevos burgueses y ampliar desmedidamente la fortuna de los existentes. Y dejar a Venezuela navegando en una penosa inequidad reflejada en la convivencia de las peores favelas con las comunidades cerradas, desde donde la burguesía venezolana construía el mejor de sus mundos posibles. Y desde donde, probablemente, escucharon las ráfagas criminales que segaron la vida de cientos de personas que en 1989 decidieron reclamar un lugar bajo el sol.

El sexenio 2004-2010 fue la época de oro del proyecto chavista. Pero sus dos pivotes no duraron mucho más. Desde 2009 el precio del petróleo comenzó a oscilar hacia la baja, y Chávez, enfermo de muerte, hizo su última campaña electoral en 2012, cuando ganó por algo más de un 10 %. Lo que vino posteriormente fue la comedia que sucede a la tragedia. A la sombra de Nicolás Maduro —un político inepto que mostraba como única virtud la sospecha de que se creía sus propias tonterías— el régimen comenzó a mostrar todas sus fisuras: la corrupción se hizo más visible, la boli-burguesía más escandalosa, las calles más inseguras, la crónica “enfermedad holandesa” más lacerante, la escasez más cotidiana y la inflación —ese cuco terrible de la clase media— más devastadora.

La sociedad que votó masivamente contra la continuidad no lo hizo a favor de una opción política específica, pues en la MUD se agazapan desde grupos centristas hasta derechistas apasionados. Pero evidentemente votó —consciente o inconscientemente— para cerrar un momento de la historia nacional. La sociedad que votó ya no es aquella sobre la que Chávez montó su proyecto. A su interior han ocurrido fuertes procesos de movilidad social ascendente, las personas han aprendido a valorar la importancia de un gobierno con vocación social, ha ganado autoestima y la propia élite se ha transformado. Todo esto se ha hecho con disrupciones lamentables donde no ha faltado violencias, rupturas y ostracismos. Pero sus logros sociales y políticos son innegables.

Aunque a regañadientes, el oficialismo ha reconocido su derrota. Se habla de fuertes disensos internos y de un sector duro encabezado por el impresentable Diosdado Cabello tratando de desconocer los resultados. Pero finalmente ha reconocido la aplastante victoria del MUD. Ojalá ello signifique que el sector chavista de la élite haya entendido lo que hasta el momento no ha tenido en cuenta: el proyecto chavista ya feneció. Ahora se trata de empujar hacia una institucionalización postrevolucionaria que garantice la continuidad de los cambios sociales y políticos. Pretender ir más allá, convertir la defensa de los intereses de la nueva elite en “causa patriótica” sería alargar una situación morbosa y acarrear más violencia en nombre de una revolución que ya no existe.

Alguien de la oposición habló de conciliación y del mantenimiento de esas conquistas sociales. Ojalá que ello signifique que la oposición ha sacado las debidas conclusiones de los orígenes de este proceso disruptivo, del valor de la justicia social y del costo que tendría avalar procesos revanchistas en contra de los amplios sectores sociales que vieron en el chavismo una alternativa al orden pre-existente, y se beneficiaron con sus medidas.

Si no fuera así, me temo que la historia regresará cobrando cuentas pendientes. Lo dijo Roque Dalton, cuando hablaba de las inmensas cefaleas planetarias: la gente siempre buscará su aspirina del tamaño del sol.


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