Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Venezuela, Maduro, Capriles

Raúl Castro y las elecciones presidenciales en Venezuela

Pensar que se reconocería una victoria de Capriles es no conocer al castrismo

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El castrismo aprende de errores anteriores, sobre todo cuando se trata de cuestiones que tienen que ver con conservar el poder por sobre todas las cosas.

Salvador Allende no pudo llevar a cabo su proyecto socialista en Chile, entre otras razones, por la tenaz resistencia de la mayoría del Congreso. Fidel Castro consideró que fue un error no haber disuelto el Congreso chileno desde el primer momento, cuando la Unidad Popular contaba con más simpatías, y después fue demasiado tarde. No por casualidad una de las primeras medidas de Hugo Chávez al ocupar la presidencia en 1999 fue —asesorado por el Comandante— disolver el Congreso venezolano y convocar una Asamblea Constituyente.

Los sandinistas en Nicaragua aceptaron unas elecciones que no pudieron manipular a su antojo. Ofrecían en la radio premios a quien pronosticara correctamente con qué porcentaje arrasarían en esas elecciones. Los resultados se conocen: Violeta Barrios de Chamorro ganó y restableció la democracia, y a la pandilla solamente le quedó repartirse escandalosamente la piñata antes del traspaso de poderes. Fidel Castro consideró que había sido un error realizar unas elecciones donde no estuviera garantizada la victoria, y a partir de entonces las “elecciones socialistas del siglo XXI” se deciden antes de que los votantes vayan a las urnas.

No tiene sentido alegar razones donde imperan presiones. Ni leer encuestas, algunas de ellas amañadas. Ante la inminencia de las elecciones presidenciales del 14 de abril en Venezuela, diferentes personas analizan y hacen pronósticos como si fueran en Estados Unidos, Suiza o Inglaterra, donde se respetan los resultados de las urnas. Los representantes del castrismo que pululan en los foros de comentaristas dirán que George W Bush se robó las elecciones del año 2000 en La Florida. Lo siento por ellos —o no, verdaderamente no lo siento— porque las evaluaciones morales que hagan los hermanos Castro y repitan sus esbirros no tienen la más mínima importancia.

Es absurdo pensar que el Gobierno cubano esperaría pasivamente el resultado de las elecciones para recoger las maletas y largarse de Venezuela si triunfara la oposición. Porque lo que está en juego para el régimen no son solamente el suministro petrolero y los subsidios multimillonarios, de extraordinaria importancia para el neocastrismo, sino incluso el modelo de dominación a través de un poder dictatorial que controla los resortes fundamentales de la sociedad pero sabe aparecer como democracia, modelo que no es ajeno a las pretensiones de La Habana para la etapa del postcastrismo que se pretende establecer durante la transición al gobierno sucesor de “los históricos” a partir de 2018.

Se dice en Miami —¡ay, cuantas cosas se dicen en Miami!— que desde La Habana están desesperados enviando a Venezuela y cedulando a cientos de cubanos para que puedan votar, porque necesitan hasta el último voto. Aunque todo voto es importante en cualquier elección, en una operación donde se van a manipular y controlar —ya se hace— tal vez hasta más de catorce millones de votos, no parece realista que el Gran Elector pierda tiempo y esfuerzos en unos cuantos cientos de votos de cubanos llegados a última hora para intentar rescatar a un chavismo que estaría sucumbiendo, según partes de combate desde El Arepazo, versión venezolano-miamense del Versailles y La Carreta.

No hay política sin memoria. El 7 de octubre de 2012 Henrique Capriles reconoció casi inmediatamente su derrota, legitimando la victoria de Hugo Chávez sin cuestionar los procedimientos electorales. Posteriormente, se desentendió de su papel como líder nacional opositor para volver a aspirar a gobernador del estado de Miranda, perdiendo de vista que la salud de Chávez podía modificar los escenarios venezolanos en cualquier momento, y solamente reapareció en el candelabro presidencial a última hora, después de anunciada la muerte del caudillo, cuando ya los chavistas llevaban semanas aceitando su maquinaria y haciendo campaña. Ahora anticipa que los mecanismos del Gobierno le pueden derrotar fraudulentamente, mientras el chavismo se compromete a respetar los resultados electorales y acusa a los opositores de preparar violencia post-electoral. Con sus desavenencias internas, improvisaciones, y falta de estrategias y coordinación, la oposición venezolana deja bastante que desear.

Es cierto que Nicolás Maduro carece de carisma, y ha tenido comportamientos ridículos en su desespero por imponer su liderazgo, desde su contacto con “el pajarito” hasta burdas groserías o mentiras en sus declaraciones. Pero nada de eso lo inhabilita desde el punto de vista castrista, donde sobran experiencias de “elegir” patéticos personajes como José Ramón Machado Ventura, Salvador Valdés Mesa o Hassán Pérez para cargos de dirección. Y aunque es cierto que la economía venezolana pasa por un mal momento y las perspectivas son sombrías, la oposición no ha dado muestras de tener soluciones reales para esos males, más allá de declaraciones altisonantes. Y los venezolanos de a pie no hablan de Producto Interno Bruto o descapitalización de PDVESA, sino de los tres aumentos salariales prometidos por Maduro para este año.

Estudiantes venezolanos han intentado salir al paso a la estulticia con acciones de protesta pacífica para llamar la atención sobre evidentes irregularidades del proceso electoral, pero pueden lograr muy poco. En Venezuela —un país donde reina la violencia— más fácil que comer hallacas en navidades es lanzar una banda de malandros para disolver a golpes, o a tiros si hace falta, a un grupo de estudiantes protestando contra el gobierno.

Quienes cuentan con que la Fuerza Armada venezolana no permitiría una estafa electoral, teniendo en cuenta su profesionalismo y respeto a la constitución, viven una historia que ya no es. Los militares venezolanos reunían esos honrosos requisitos, pero tras catorce años de chavismo bolivariano, donde los mandos que no respondían a los intereses “revolucionarios” fueron desplazados, los altos oficiales de hoy nunca han disfrutado de tantas prebendas, privilegios, comisiones, malversaciones y riqueza, gracias a la corrupción fomentada por y desde el Gobierno. Esperar que esa camarilla militar sea capaz de dar un paso al frente en defensa de la legalidad, la constitución y la democracia, es creer que los problemas los resolverán los Reyes Magos o Supermán.

Fidel Castro necesitó siempre unanimidad o mayorías aplastantes para ocultar sus temores e inseguridad, porque nunca en su vida ganó elecciones verdaderamente competitivas, pero su hermano se conforma con una mayoría simple: sabe que vale igual que una aplastante para mantener el poder. Y que para las próximas elecciones, dentro de seis años, los que vengan detrás tendrán tiempo de preparar las cosas.

De manera que, si en octubre Chávez derrotó a Capriles más o menos 55 % por 44 %, los resultados que se anuncien de las elecciones de este 14 de abril deberían traer una victoria de Maduro con ese mismo margen o quizás un poco superiores, como forma de reafirmar la victoria del pensamiento de Hugo Chávez, ahora a través de sus testaferros.

¡Cuánto quisiera estar completamente equivocado!


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