Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Brasil

Recetas con carne humana

¿Qué pueden hacer el gobierno y la sociedad para acabar con el crimen organizado?

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Del mismo modo que tres años atrás Fernandinho Beiramar, líder del Comando Vermelho con sede en Río de Janeiro, aparecía como el gran gourmet de la gastronomía carioca, ahora es la imagen de Marcola —un hombre ciertamente atractivo para almanaques y portadas de revistas— la que obliga a la población a interrogarse sobre la eficacia de los órganos de seguridad pública y, aún más, sobre la falta de preocupación con la vida ciudadana, cuando lo que se encuentra en juego es la actuación política de partidos rivales a pocos meses de las elecciones.

El gobierno federal ofrece ayuda, el gobierno estadual la descarta. De un lado, el Partido dos Trabalhadores (PT), de otro, el Partido Social Demócrata do Brasil (PSDB); en el medio, Marcola, negociando mucho mejor que cualquier político de carrera; y la población cogitando en todo momento un posible toque de queda.

Ni Alcatraz ni Santa Helena. En Brasil, una buena parte de las cárceles de máxima seguridad se encuentran relativamente cerca de importantes polos urbanos. Los líderes del tráfico de armas y de drogas se benefician, además, de un engrasado mecanismo de corrupción que les facilita el acceso a teléfonos celulares, a través de los cuales dirigen, sin dejar de cumplir condena, la ejecución de jueces y policías, así como la "subida" al cielo de sus enemigos de clase.

La movida mediática que se avecina

Los órganos judiciales se apresuran a "botar el sofá": achacan a los avances tecnológicos el óptimo funcionamiento de grupos criminales que, de tener conciencia política, servirían a la sociedad mucho mejor que sus gobernantes. Las empresas de telefonía celular son presionadas a cortar señales, desconsiderando la responsabilidad del Estado frente al control que debería existir dentro de una prisión. Y, una vez más, nadie quiere perder.

El dinero lo podrá todo, pero el amor también. Así, son las mujeres de los presos las que representan y administran los negocios de sus hombres. Cintia, la actual "titular" de Marcola —así la llama la prensa brasileña, ya que falta un mes para el inicio de la Copa—, es una chica de veintidós años generosamente atendida por su novio, lo cual le permite vestir ropas exclusivas y mantener una imagen impecable, atenta a la movida mediática que se avecina.

Mientras los acontecimientos transcurren y la mayoría de las personas invocan el siempre bien usado cliché de que todo "termina en pizza" (cada cual con su pedazo y en paz), la pregunta que no quiere callar sigue en el aire: ¿Qué pueden hacer el gobierno y la sociedad para acabar con el crimen organizado?

Con la boca llena, se hace difícil responder.


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