Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Hermann, República Dominicana, Castro

Recordando a Hamlet Hermann

Fidel Castro ha simbolizado para muchos latinoamericanos, entre ellos Hamlet Hermann, la aspirina del tamaño del sol que decía Roque Dalton

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Hamlet Hermann acaba de fallecer de un infarto a los 82 años. Era un dominicano con una fuerte relación con Cuba, desde los tiempos en que se entrenaba para participar en la empresa guerrillera que dirigió Francis Caamaño y que fue diezmada a los pocos días de su internación por Playa Caracoles. Luego vivió en Cuba con su familia durante varios años, donde dejó muchos amigos, e imagino que algunos enemigos. Fue un hombre de vida intensa, hasta que un infarto, mientras conducía por el agradable malecón dominicano, cesó su existencia física.

No recuerdo bien cuando conocí a Hamlet Hermann. Pero fue en los 70, yo tendría algo así como un cuarto siglo de vida y él sobrepasaba los cuarenta años. El era, como mencionaba antes, un sobreviviente de la gesta guerrillera de Caamaño y aglutinaba los remanentes de los Comandos de la Resistencia que aún merodeaban por La Habana. Yo, recién salido del cascarón universitario, era parte de un grupo de jóvenes inquietos que soñábamos con la revolución latinoamericana.

Recuerdo que la primera vez que conversamos fue en mi casa y ese día me prestó el primer libro dominicano que leí —Mis 500 locos, de Zaglul— y desde ahí desarrollamos una relación amistosa que se prolongó mucho tiempo después de su regreso a República Dominicana. Un privilegio para mi, que incluyó haber conocido a su familia y en particular a su entonces esposa Carmen Rita Morera, por quien siempre he sentido particular aprecio.

En Cuba Hamlet fue un exiliado digno. A diferencia de otros que prefirieron vivir del erario oficial, buscó y consiguió empleo en una empresa constructora afín a su formación profesional —creo que la dirigía Delio Gómez Ochoa— y con su salario, y el de Carmen Rita, mantuvieron un nivel de vida discreto en un pequeño apartamento del Reparto Eléctrico, un lugar que ningún habanero apetecería. Eso, y el hecho de que continuó prestándome sus libros, hasta finalmente legarme su librero (que luego yo legué a una biblioteca cuando salí al exilio en 2000) fueron razones para guardar de él uno de esos recuerdos que siempre afloran con una sonrisa de satisfacción.

La relación con Hamlet, su familia y camaradas —recuerdo dos seudónimos, Máximo y Federico— fueron mi primer acercamiento a República Dominicana, su gente y su historia. La que luego sería también mi patria. Pero entonces solo era un asunto de curiosidad y nada me hacía sospechar que un par de décadas después de nuestros encuentros en La Habana, yo me vería obligado a tomar el camino del destierro. Por supuesto, en esa época yo era un joven que creía que había problemas en Cuba, pero que eran momentáneos y que la meta estaba en la revolución latinoamericana que los dirigentes cubanos enarbolaban discursivamente. Hamlet era un símbolo en esa dirección.

Cuando se produjo la apertura de 1978 inevitablemente cesaron los encuentros usuales con los amigos dominicanos. A Hamlet lo volví a ver algunas veces, la última en 1998 cuando andaba de jefe de la flamante AMET. Estaba orgulloso de haber creado una institución proba y eficiente, cuyos principales enemigos, me dijo, eran los mismos funcionarios estatales.

Cuando en 2000 tuve que dejar mi país por razones políticas/intelectuales, y llegué a República Dominicana, el encuentro con Hamlet fue, de su parte, notablemente frío.

La frialdad se incrementó según pasaron los años. La última vez que lo vi fue en el supermercado Nacional de la Lincoln y la 27 —un lugar donde es posible ver mucha gente los sábados en la mañana— pero su respuesta a mi saludo jovial fue un distante ladeo de cabeza y una advertencia: nada lo iba a desviar de su fidelidad al “Comandante y a la Revolución Cubana”. Y nada de ello tenía que ver conmigo.

Ahora veo la nota de su muerte.

De Hamlet no es posible no tener malas opiniones. Era narcisista, egocéntrico y en muchos sentidos muy ortodoxo. Pero no creo que alguien sin esos atributos hubiera podido desarrollar su interesante vida que lo llevó a ser catedrático universitario, comando contra la invasión americana en 1965, parte de la aventura foquista más descarnada de este continente, funcionario e intelectual. Lamento que se haya distanciado por su fidelidad al Comandante pero Fidel Castro ha simbolizado para muchos latinoamericanos la aspirina del tamaño del sol que decía Roque Dalton. Y admiro su gratitud a toda prueba al sistema que lo arropó a él y a su familia cuando no tenían otras opciones.

Por todo eso, cuando pienso en Hamlet, prefiero recordarlo como lo veía hace cuarenta años en el poco atractivo Reparto Eléctrico, en pantalones cortos, con la pierna cruzada sobre un tosco sillón de madera y hablando de un futuro que finalmente era muy diferente al que tuvimos que afrontar en este nuevo siglo.


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