Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Segundas partes siempre fueron peores

No se puede presumir de desarrollo solo mostrando datos macroeconómicos

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Nada es nunca tan malo que no pueda empeorar.
Ley de Murphy

Era una cuestión de tiempo que los llamados socialistas del Siglo XXI contraatacaran. La ofensiva derechista restauradora y la democracia representativa habían perdido impulso, no por un problema económico, sino social. Desligar el crecimiento productivo de la necesidad de mejoras en las pensiones, la salud y la educación ha sido, en el caso de América Latina, el error de siempre. No se puede presumir de desarrollo solo mostrando datos macroeconómicos. No pueden seguir construyéndose rascacielos y parques ecológicos adyacentes a las villas miseria. No se puede dejar de oír “crecer la hierba”, una frase atribuida entre otros a Karl Marx, y que significa no prestar atención a lo que sucede bajo los pies de la sociedad.

Uno de los problemas de las llamadas sociedades democráticas occidentales es que a veces solo exhiben sus fortalezas y no son suficientemente críticas con sus debilidades. La dinámica de grupos enseña que los ciudadanos con liderazgos escogidos de manera independiente, quienes se guían por reglas consensuadas y libre expresión de disidencias, suelen ser a corto plazo inestables, menos focalizados en la tarea y aunque cumplen sus objetivos, alcanzarlos les toma más tiempo. En los grupos con liderazgos democráticos siempre existe el peligro de la dispersión en sus metas, y como consecuencia, pueden perder el contacto con quienes los eligen, los ciudadanos.

Los liderazgos autoritarios ejercen el poder en sentido vertical, y aunque parecen distanciados de los ciudadanos, saben “leer” mejor sus necesidades. Haciendo gestos populistas, que no es otra cosa que dar el pescado —solo el imprescindible— sin enseñar a pescar, los autoritarios logran mayor cohesión social. También ejecutan mejor tareas a corto y mediano plazos, manteniendo el nivel de descontento en límites casi imperceptibles para los extraños. El problema es cuando se tornan incapaces de entregar lo prometido porque a largo plazo son un desastre, y su única defensa es la mentira, el engaño para no dejar el poder.

Una diferencia fundamental entre las democracias y los autoritarismos y el totalitarismo es la capacidad para sobrevivir y defenderse de los últimos y retener el poder a toda costa. Los primeros, en cambio, tardan demasiado en avizorar los pródromos de las revoluciones; suelen dar por sentado que solo con votos y mayoría parlamentaria pueden gobernar. Dos condiciones hacen, históricamente, que los pueblos en democracia cedan a los regímenes autoritarios: la sensación de fracaso y amenaza, y la debilidad de las instituciones. Tienden los seres humanos desde tiempos inmemoriales a escoger dictadores cuando perciben —las percepciones no son siempre conscientes— que sus vidas o bienestar están en peligro. El señor de las moscas (1954) de William Golding, es una novela basada en estos principios sociológicos.

Repasemos brevemente la historia, madre y maestra, como dice la encíclica del Papa Juan XXIII, y empecemos por un italiano, Benito Mussolini. Después de ser un violento agitador y propagandista conocido, dirigió una manifestación que lo llevó a la cárcel un año. Italia se despedazaba en guerras foráneas. Il Duce sería liberado solo cinco meses después por un tribunal de apelaciones. Ese breve espacio en la cárcel le permitió organizar las ideas, y al frente del Partido Nacional Fascista tomaría ventaja de las condiciones humillantes impuestas a Italia tras la derrota de la Primera Guerra Mundial.

Algo similar ocurrió con el frustrado pintor Adolf Hitler. La cárcel solo sirvió para darle forma final al Partido Nacional Socialista, y elaborar el documento fundacional, Mein KampfMi lucha. Lo habían condenado por un intento golpista —la Marcha sobre Berlín— tras proclamar “su” revolución en una cervecería de Munich. Pero la sanción que debería ser de cadena perpetua fue reducida a cinco años, de los cuales apenas cumplió nueve meses. Del momento en que es liberado a que se convierte en Führer —líder— y cambió al pueblo alemán en un sanguinario ejército, pasó menos de dos veces la condena inicial sobreseída.

El exmáximo líder era un desconocido en 1952. El golpe de Estado del 10 de marzo del año anterior había demostrado la debilidad institucional. Los grandes capitales nacionales, que empezaban a ser mayoría, toleraron el regreso del “hombre fuerte de los americanos”. El ataque al cuartel Moncada, visto por los historiadores más serios, puede ser considerado una acción suicida y propagandista, pues no tenía la más mínima posibilidad de éxito. Pero la historia, una vez más, se repetía: juzgado y sentenciado, quien sería en apenas siete años Comandante en Jefe de una revolución victoriosa, salió de la cárcel tras cumplir solo 22 meses de una sanción de cinco lustros. Ergo: la corta estancia en prisión sirve, como alguien ha escrito, de “tregua fecunda”.

Su versión sudamericana fue Hugo Chávez Frías. Casi todo el ejército sabía de un golpe militar en gestación; todos, cual adúltero, excepto el presidente Carlos Andrés Pérez. La debilidad institucional y castrense, junto al trauma del “Caracazo” hizo posible que un coronel sin batallas se revelara contra un gobierno democráticamente electo en 1992. Hugo apenas cumplió dos años de reclusión. Un complot de los mismos “demócratas” contra la democracia —Caldera versus Carlos Andrés— provocó que el golpista fuera candidato presidencial solo ocho años después del abortado cuartelazo, algo inconcebible si no acabamos de entender que los peores enemigos de la democracia son los mismos que se supone la defienden.

Hay singulares conexiones entre estos dos hombres, los comandantes. La primera es que nunca cumplieron más de dos años de cárcel y pasaron menos de diez para hacerse con el poder, ejerciéndolo de manera autoritaria y eso sí, garantizando que sus enemigos no fueran amnistiados y cumplieran sus condenas hasta el último día.

Otra extraña coincidencia, es que fueron obispos católicos quienes salvaron sus vidas. La versión de que un sargento masón de apellido Sarria impidió la orden de asesinar al líder del ataque es falsa cuando no, risible. Hoy sabemos que fue el obispo Enrique Pérez Serantes quien intercedió por la vida del jefe; tal era su compromiso con el cuñado del exmandatario, el congresista y amigo de la infancia, Rafael Díaz-Balart. La orden de Batista estaba clara: por cada soldado muerto, al menos dos de ellos, ajusticiados. En una revancha tan brutal, era casi imposible que el futuro comandante llegara vivo al vivac de Santiago de Cuba.

Hugo Chávez salva la vida confesándose con el entonces arzobispo de Caracas, Ignacio Antonio Velasco, estando preso en la base militar de La Orchila después de la sublevación en su contra en 2002. Había consenso entre muchos golpistas que Hugo debía morir, nunca regresar a Caracas. Las declaraciones de Velasco, de las cuales no hay por qué dudar, fueron negadas según el propio Chávez, quien dijo nunca haber hablado de rectificaciones ni “pedir perdón por nada”. Como sucedió con el Ex Comandante en Jefe insular, después de mostrar sus debilidades humanas ante el crucifijo, desató una campaña de descrédito contra las sotanas y las ovejas displicentes.

Otros especímenes autoritarios no han tenido incubaciones carcelarias, pero han escapado de las rejas gracias a quienes se autotitulan demócratas: el frio es la ausencia de calor, como el mal la falta del bien y el decoro de los hombres. En Nicaragua Daniel Ortega evadió una acusación de abuso de una menor —su hijastra—, y se ha blindado con una constitución que lo eterniza en el poder. En Bolivia Evo Morales llegó a la presidencia con el cuento de la hoja de coca, cuando todos sabemos que no hace falta sembrar un país entero con la planta si el consumo final es masticarla en la boca y no inhalarla en forma de polvo. Al permitirle los demócratas bolivianos semejante astucia, Evo hizo lo que hace cualquier listo: hacerse una constitución a su medida y relegirse por sus “derechos” humanos.

Cristiana Fernández debería estar en la cárcel hace rato. Hoy todo el mundo se pregunta cómo un pueblo tan ilustrado y con un potencial enorme, pudo votar por quienes lo esquilmaron sin compasión. La respuesta está en la misma pregunta: para ir por más lana… aunque salgan trasquilados —¿sadomasoquismo? El regreso de la bandidocracia a la Casa Rosada parece un absurdo. Pero es coherente con la historia del peronismo de izquierda: se necesitan dos —los electores y los ladrones— para seguir el bailando el tango de la corrupción.

El gran sobreviviente del Sociolismo del Siglo XXI, el señor Nicolás Maduro, nos enseña que una democracia es imposible cuando quienes luchan por ella son torpes, infantiles y confiados en la victoria. Un bolivariano nunca pierde elecciones, y si las va a perder, no las hace, o las truca —pero ya las hizo. Todos creían que muerto Chávez se acabala la rabia revolucionaria. Pero Maduro ha resultado ser un hueso: mayor dictadura con más hambre. Aunque su mastodóntica figura y su voz chillona conciten rechazo, de Miraflores no hay quien lo mueva; no hay manera de lograr ni el primer eslabón del mantra guadosiano, ese que dice “cese de la usurpación”.

Por último, la democracia brasileña ha dado un paso suicida al soltar a Luis Inacio da Silva, alias Lula. Ha estado en “incubación revolucionaria” casi dos años. Tan pronto salió libre, dijo que iba por más, e inició una “gira” por donde mismo empezó el ascenso al olimpo de la izquierda. El Supremo Tribunal, buena parte de él colocado allí por el expresidente y su sucesora, intentaron dar una imagen de separación de poderes, de justicia independiente. Es la historia que se repite, unas veces como comedia, otra como tragedia.

Mientras tanto, en Estados Unidos, los demócratas están haciendo su mejor esfuerzo por no trabajar en el Congreso, pero mucho por prolongar al presidente cuatro años más en la Casa Blanca. Poner a Donald Trump tras las rejas del impeachment es una pérdida de tiempo. Y tal como como enseñan los errores pasados, esta será una “tregua fecunda” para un segundo mandato, con vendetta incluida.

Actualización innecesaria: Evo Morales ha sido derrocado. En estos momentos viajó a México, a un lindo y querido exilio. Puede que “esto” no termine así. Con “ellos” segundas partes siempre terminan peores.


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