Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Musulmanes, EEUU, Racismo

Talión

No estoy a salvo de nada

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“(...) si un hijo golpea al padre, se le cortarán las manos (...) si un
hombre libre vacía el ojo de otro hombre libre, se vaciará su ojo en
retorno, (...) si se quiebra un hueso de un hombre, se quebrará un
hueso del agresor”
Código de Hammurabi

Si un policía asesina a un negro, que un negro asesine a un policía. Si un negro asesina un policía, que la policía asesine a un negro. Si un blanco mata un negro, que un negro asesine un blanco. Y viceversa. O dos. O tres.

Si un musulmán asesina a centenares de personas, con bomba, metralla o camión, se asesinará a centenares de musulmanes a fuego, cuchillo y soga.

Si un mexicano extorsiona a un centroamericano en la frontera sur, un mexicano debe ser maltratado en la frontera norte.

Si un cubano en Miami les llama indios a los sudamericanos, que le llamen latino de mierda a un cubano en Nueva York.

Que las familias de los muertos tomen turno en las funerarias, para que no se maten entre sí. Que se planifiquen con puntualidad los entierros, para que no se insulten las madres, que no se estrangulen los padres, para que no se apuñalen los hermanos.

Los dientes rotos cubren el piso, crujen bajo las botas; pisoteen los ojos, hundan los pulgares en las cuencas vacías.

Lex talionis.

Todos perdemos.

***

No me gusta el fútbol americano; vamos, ni siquiera lo entiendo. Me gustaría más el balompié, si los jugadores no fueran tan frágiles y modosos como bailarinas; para colmo, tampoco me gusta el ballet.

No soy negro, ni homosexual, feminista, machista o vegetariano. Soy escéptico y abomino de los dogmas. No soy católico, musulmán, policía, demócrata, republicano, ni santero.

Odio al socialismo.

Ni me afilio, ni me alineo. Rechazo militancias, la organización y la pancarta. No escucho discursos, no leo cartas abiertas, ni firmo peticiones. No respaldo causas. Los lemas me dan risa, las consignas me sofocan, y las utopías las mido en ingresos anuales.

Me repugna el desgobierno cubano, y los que lo apoyan.

Debo ser occidental cristiano —esto por cultura, que no por filosofía—, blanco, hispano, cubano, mexicano, americano, y no soy nada de eso.

Soy la minoría por excelencia, de lo que me precio.

Todo ello me coloca, sin que pueda evitarlo, en algún bando; detrás de algún fusil, y enfrente de otro; versátil, puedo estar agazapado tras un parapeto, o sangrando bajo una pila de cadáveres. Gritando o callado; huyendo despavorido; persiguiendo, frenético.

No estoy a salvo de nada.

***

Un día escribí que ser negro e hispano en Estados Unidos es un doble estigma.

Alguien que lo leyó —un mulato, cubano, hispano— lo tomó a mal; se ofendió, creo. No sé por qué dices eso, respondió, creo recordar, y dijo más, pero no me acuerdo. No es importante. Lo importante es que él sí sabía por qué yo escribí tal cosa.

Estaba asustado ese lector. Por él, por sus hijos, y no necesitaba que alguien lejano y anónimo le recordara sus temores. Yo lo entiendo.

Vivo en barrio de blancos —no hispanic whites, sino white whites: rubios, pecosos, ojiclaros, con pecas y melanomas. Me miran pasar; clavan la vista en mi rostro y mi nuca; me observan, atentos; me han preguntado si estoy perdido, se han detenido frente a mi casa a averiguar qué estoy haciendo en mi jardín, ese lugar al que no pertenezco. Me observan, repito, con la expresión concentrada del que se alista a sacar un gorgojo del arroz.

Sin embargo, en mi casa no se habla de razas, sino de personas. “No hables con extraños”, le insistimos a mi hijo, “porque hay personas buenas y malas, pero nunca sabrás distinguir entre ellas”.

Él tendrá su oportunidad para sus propias conclusiones; tendrá Dios o no, creará sus propios estereotipos, será racista, humanista, o algo mejor que todos nosotros.

Un vecino lo vigilará, por ser hispano.

Un negro lo matará, por ser blanco.

Un blanco lo despreciará, por ser latino.

Un policía lo detendrá, por ser minoría.

Un musulmán lo volará en pedazos.

Una mujer lo amará.

Un día estará, sin que pueda evitarlo, en algún bando.

No estará a salvo de nada.

***

“The old law of an eye for an eye leaves everyone blind”
Martin Luther King Jr.

Como si no bastara con el disparate de la muerte, hay gente muriendo por razones absurdas. El terrorismo, ya sea en nombre de un credo retorcido, o del más visceral odio racial, es nuestra invasión mongola, nuestra peste bubónica.

El país, mi país, está dando tumbos. La pesadilla del tema racial enrarece el sueño americano; en el melting pot —que nunca ha sido tal— la sociedad hace grumos y se separa en sus ingredientes más elementales. En Estados Unidos, el país más racista del planeta, ondean las banderas del color de la piel, de la etnia, del guetto.

En lo personal, solo quiero poder vivir en paz, en una sociedad que funciona —y muy bien— incluso estando permeada de la idiotez humana. Para el terrorismo, para los asesinatos, para el abuso, no tengo mejillas que ofrecer.

No quiero venganzas, pero necesito justicia.

No quiero el ojo ni el diente de los culpables. Pero, si matan, prefiero tener sus ojos en mi mano, todos sus dientes en la tierra. Si matan, los prefiero muertos. Negros, blancos o musulmanes. Rápido.

Quiero además que mi hijo sea un feliz ignorante, hasta que le toque asumir a su país, su sociedad, su origen, su color de piel.

También quisiera que la tentación del Talión no lo atormentara. Pero también sé que no es posible.

Son otros los tiempos, y es, para bien o mal, Estados Unidos de América.


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