Actualizado: 12/07/2024 0:11
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Tiroteos, Texas, Estados Unidos

Texas y la muerte

La tasa de homicidios en los 25 estados que votaron por Donald Trump superó la tasa de homicidios en los 25 estados que votaron por Joe Biden, todos los años desde 2000 hasta 2020

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Todos en este país deberían ver El río y la muerte (1954), una producción más bien menor dentro de la filmografía de Luis Buñuel.

Sé que pedir eso es absurdo. Puede catalogarse de estupidez o tontería —según la benevolencia ajena—, en una nación donde la mayoría se niega o desconoce las películas “viejas”, en blanco y negro o extranjeras (con subtítulos o “letreritos”).

Sin embargo, sería bueno que los estadounidenses conocieran que el culto de las armas que existe aquí guarda similitudes con otro más allá de la frontera sur; que no solo en el cine sino desde las narraciones de Juan Rulfo a los corridos y canciones de José Alfredo Jiménez, por años se ha considerado uno de males endémicos de la sociedad mexicana, especialmente la rural.

Nada, que esos mismos que tanto repudian a los inmigrantes mexicanos se pasan la vida imitándolos.

Y por supuesto superándolos, que para ello nacieron en Estados Unidos.

A la hora de matar, lo que en México nos cuentan como un intercambio de balazos, entre los que hasta un momento antes eran amigos y familiares, aquí se calcula por decenas.

Con la característica de que son decenas de desconocidos, para un agresor que solo busca matar y la celebridad instantánea del terror.

Ni Buñuel ni José Alfredo ni Rulfo contaron con tal simplicidad para el mal.

Se mata y se alienta la compra de fusiles de asalto, con una impunidad que no retrocede ni ante las víctimas ni ante el dolor.

Miren la foto de la congresista republicana Marjorie Taylor Greene, quien no solo se ha retratado orgullosa portando un fusil de asalto, sino ha organizado concursos para regalar armas de fuego.

Frente a tal situación, poco se hace. La Casa Blanca le echa la culpa al Congreso y los legisladores y gobernantes estatales dedican breve tiempo a mostrarse afligidos o recomendar un rezo.

Apelar a la religión, la salud mental, el pedir más policías y abogar por que todo el mundo ande armado —por calles, escuelas y centros comerciales— son los recursos favoritos de los estafadores, sean estos políticos o comerciantes.

Mientras tanto, los tiroteos y asesinatos masivos se repiten cada vez con mayor frecuencia, no en las grandes ciudades baluartes del Partido Demócrata, sino en los pequeños pueblos, en las ciudades con algo más de 100.000 habitantes, y en esos baluartes del republicanismo, la biblia y la supremacía blanca.

Ahí es donde impera el mayor peligro de recibir un balazo en un centro comercial, una iglesia o cualquier plaza pública.

Las cifras

Un nuevo estudio publicado en Journal of the American Medical Association’s Surgery encontró que las muertes por armas de fuego son más probables en pequeños pueblos rurales que en las principales ciudades urbanas, lo que se suma a la investigación que contradice la creencia común de que las áreas azules demócratas tienen una mayor incidencia de muertes relacionadas con armas que distritos rojos republicanos, informa la revista Forbes.

Investigadores del Hospital Infantil de Filadelfia, la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia y la Universidad de California examinaron dos décadas de tasas de mortalidad y datos de causa de muerte del Sistema Nacional de Estadísticas Vitales del Centro Nacional de Estadísticas de Salud para compilar el estudio, de acuerdo a la publicación.

Un informe de Third Way encontró que entre 2000 y 2020, los estados que votaron por Donald Trump tuvieron tasas de homicidios un 12 % más altas que las ciudades que votaron por Joe Biden.

De acuerdo a datos analizados en 2020, ocho de los diez estados con las tasas de homicidios más altas votaron por el candidato republicano a la presidencia en todas las elecciones de este siglo.

Contrariamente a la creencia popular, el Sur es la región geográfica con las tasas más altas de delitos relacionados con armas, y estos estados en gran medida han sido controlados por republicanos durante años.

Quince de los 20 estados con las tasas más altas de mortalidad por armas de fuego están liderados por republicanos.

Sin embargo, los legisladores republicanos han utilizado históricamente las tasas de delitos relacionados con armas contra los demócratas.

Después del tiroteo del 2 de mayo de 2022 en la escuela primaria Robb en Uvalde, Texas, que dejó 21 muertos, el gobernador Greg Abbott descartó las sugerencias de que el estado podría salvar vidas al implementar leyes de armas más estrictas al decir: “Chicago, Los Ángeles y Nueva York desaprueban esa tesis”.

En julio de 2022, Trump llamó a EEUU un “pozo negro” desde que dejó el cargo, señaló a Nueva York, Chicago y Los Ángeles, y explicó que estos eran lugares “donde la clase media solía reunirse para vivir el sueño americano (pero) ahora son guerra”. zonas, zonas de guerra literales”.

El gobernador de Florida, Ron DeSantis, criticó a Nueva York por permitir que “los delincuentes se vuelvan locos”, y elogió a Florida por tener una política criminal más estricta.

Mentiras, mentiras y mentiras de estos políticos republicanos, que en su afán por ganar votos, mantenerse en la boleta o en el panorama político estatal o de la nación, y por supuesto conquistar o reconquistar el poder, no tienen el menor pudor a la hora de engañar, incluso a sus partidarios.

Los datos sugieren que Nueva York experimentó caídas significativas en los homicidios entre 2021 y 2022, mientras que Florida sufrió aumentos significativos.

Según Third Way, algunos republicanos argumentan que las tasas de criminalidad en sus estados solo son altas debido a las ciudades azules dentro de ellos. Pero las tasas de homicidios han aumentado en lugares rurales, urbanos y suburbanos.

La inercia

Mi falta de optimismo me lleva a considerar que ni republicanos ni demócratas hacen lo suficiente por detener la barbarie. Ni el presidente Biden adopta una actitud más contundente —quizá por el rédito político que obtiene con las críticas a los políticos y legisladores republicanos, que indirectamente apoyan las matanzas—, ni por supuesto tales políticos y legisladores mueven un dedo para no molestar a la Asociación Nacional del Rifle (NRA), una organización para cazadores y aficionados a las armas de fuego que se ha convertido en una institución que desempeña un papel de primer orden en la política nacional y cuenta con uno de los grupos de cabildeo más poderoso del país, sino el que más.

Con una mentalidad propia de pueblo del oeste de cualquier western de televisión, o de película mexicana para quienes cuentan con una mayor visión cinematográfica, este país ofrece un panorama propio de Pueblo embrujado.

En la actualidad, el AR-15 es el fusil más vendido en EEUU, según indican las cifras de la industria. Uno de cada veinte adultos estadounidenses, o aproximadamente 16 millones de personas, posee al menos un AR-15, según datos de encuestas de The Washington Post e Ipsos.

Entre 1994 y 2004 estuvo prohibida la venta de estos fusiles, y quienes vivimos en este país no fuimos sometidos a un régimen castrista, leninista, maoísta o masoquista. Si se echó abajo la normativa fue por un cambio en los poderes legislativos y la situación creada en el país tras los atentados terroristas en las torres de Nueva York. Pero que cada día más estadounidenses tengan estas armas no ha impedido atentados terroristas en el territorio nacional, sino propiciado matanzas.

Este sábado, de nuevo los disparos pusieron fin a vidas en Texas. Esta vez, la violencia estalló en un popular centro comercial en Allen, un suburbio de Dallas, donde un hombre de 33 años, armado con lo que las autoridades dijeron que era un fusil estilo AR-15 mató rápidamente a ocho personas e hirió al menos a otras siete, entre ellas al menos un niño, antes de que un policía le disparara fatalmente.

Los asesinatos se produjeron poco más de una semana después de un tiroteo masivo en el condado rural de San Jacinto, al norte de Houston, donde cinco personas que vivían juntas fueron asesinadas por un vecino después de que le pidieran que dejara de disparar su arma en el patio delantero. Estos hechos ocurrieron poco menos de un año después de la masacre de Uvalde, donde murieron 19 niños y dos maestros.

Nada, nada, nada. El no hacer nada por respuesta y cualquier reclamo se diluye en el silencio. Ya no cabe ni preguntarse hasta cuándo.


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