Actualizado: 20/04/2019 14:23
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Europa

Un arma del siglo XXI

Moscú utiliza el suministro energético como instrumento de política exterior en sus relaciones con la Unión Europea.

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La Unión Europea se enfrenta de manera inminente a uno de los retos más complejos de su política energética: cómo negociar con Rusia un nuevo acuerdo que le garantice los suministros de que es dependiente, sin hacer concesiones a Moscú ni irritar a algunos nuevos miembros ex comunistas como Polonia y Lituania.

La solución a este problema se viene prolongando desde mediados de 2006, cuando Polonia vetó las negociaciones con el Kremlin, alegando un embargo de Rusia a las importaciones de carne polaca. Ahora Lituania amenaza con unirse al veto, debido a una situación parecida con el petróleo procedente de Moscú.

Sin embargo, Bruselas corre contrarreloj, ya que el Acuerdo de Asociación y Cooperación entre la UE y Rusia que reglamenta las relaciones bilaterales y comerciales, nacido en 1997, está a punto de caducar y debería alcanzarse al menos un pacto preliminar durante la próxima Cumbre UE-Rusia el próximo 18 de marzo.

Para los expertos está claro que la intransigencia polaco-lituana hacia el Kremlin, justificada, tiene sus raíces en la Guerra Fría y en la actitud arrogante de Moscú hacia estos miembros de la UE. Pero también reconocen que Bruselas tiene poco margen para flirtear en un tema vital como la seguridad energética en el corto plazo.

Dependencia europea

Según estadísticas oficiales, la red transeuropea de energía —por donde llega a Europa Occidental el 30% del gas natural y el 18% del petróleo que consume— depende de los yacimientos rusos que controla el gigante Gazprom, en el cual sólo una firma occidental, la alemana Ruhrgas AG, tiene una pequeña participación y ningún control.

Esta dependencia se acentúa en algunos países como Alemania, la mayor economía de Europa, que satisface el 40% de sus necesidades con gas natural ruso. La situación es todavía más comprometida para algunos nuevos Estados de la UE, ex satélites de Moscú, quienes importan desde Rusia hasta el 90% de la energía que consumen.

Al mismo tiempo, hace dos años, se inició la construcción del Gasoducto Noreuropeo que está destinado a cubrir con gas ruso, de manera adicional, otro 10% de la demanda de gas natural de la Unión, según un acuerdo de colaboración con el Kremlin de 1994, impulsado por Alemania e Italia.

Con respecto a las relaciones bilaterales Rusia-UE, hay que recordar que estas se han visto favorecidas por el acercamiento entre la administración rusa de Vladimir Putin y el llamado eje franco-alemán, situación que ha mantenido la canciller Ángela Merkel. Como resultado, Alemania, en particular, y la UE, en general, constituyen el principal socio comercial de Rusia, y ésta a su vez ocupa el cuarto lugar entre los socios de la Unión.

¿Dónde nació el problema?

Los precios del gas subieron en los últimos años y esta situación coincidió con la aparición de China y la India en los mercados del gas como grandes consumidores. En este contexto, Rusia pasó a ser el gran ganador al ser el país con mayores reservas de gas natural en el mundo.

La primera víctima fue Ucrania, cuando el primer día de 2006 se quedó sin gas, tras una disputa con Rusia en cuanto a precios. Al cerrar la llave del gas a Ucrania, los rusos también dejaron sin el combustible al resto de sus clientes en Europa Occidental, y enseguida sonaron las alarmas.

Kiev había rechazado la demanda del monopolio ruso Gazprom de cuatriplicar el precio de los 1.000 metros cúbicos de gas de 50 a 230 dólares. El regateo duró cuatro días hasta una cifra final de 95 dólares, pero durante ese tiempo Europa y el resto de los países de la Comunidad de Estados Independientes (ex URSS) comprendieron el mensaje: Moscú no iba a seguir subsidiando a sus socios postcomunistas y no vacilaría en utilizar el gas como arma política.

Y para que no quedaran dudas, el Kremlin volvió a repetir la operación contra Moldova y Georgia, esta vez aduciendo que las escaramuzas militares en los territorios rebeldes dependientes de Tbilisi habían estropeado el gasoducto. Y mientras Georgia acusaba a Moscú de matar de frío a sus habitantes, el presidente Putin le contestaba: "el gas se ha cortado debido a una explosión, mis hombres trabajan día y noche a 30 grados bajo cero para restaurar el suministro".

En aquellos momentos, el conocido analista europeo Federico Bordonaro comentó: "En 2006 recibimos dos mensajes, uno equivocado de que estábamos al borde de una catástrofe energética, y otro correcto, de que teníamos un gran problema, pero que no nos íbamos a quedar sin gas al menos por 10 años".

Los rusos, por su parte, no se cansan desde entonces de repetir que los años de la era soviética se acabaron y que cada uno tiene que ajustarse a las realidades del mercado. Incluso la leal Bielorrusia fue golpeada por los precios del Kremlin a fines de 2006, lo cual provocó de nuevo las alarmas occidentales.


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