Actualizado: 24/06/2019 9:50
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EEUU, Socialismo, Democracia

Un «fantasma» recorre Estados Unidos

La narrativa totalitaria explota las necesidades básicas y los instintos primordiales

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Bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre.
Bajo el comunismo, es justo al contrario.
John Kenneth Galbraith

Un fantasma recorre Estados Unidos. Es el fantasma del socialismo. Solo que este fantasma, como antes fue escrito en el Manifiesto Comunista hace 171 años, apela a las mismas reivindicaciones y aparente justicia social que desembocó en las dictaduras más sanguinarias y represivas que recuerde la Modernidad. Quienes hoy desean el socialismo en tierras norteñas no han vivido ni un solo día bajo la sujeción totalitaria. El totalitarismo engloba de modo muy preciso los regímenes de partido único, y el control absoluto de ese partido sobre todas las instituciones y los ciudadanos. No es casual que surjan mensajes extemporáneos llamando a la colectivización de la sociedad norteamericana: la polarización económica y social es el mejor caldo de cultivo para que los líderes extremistas salgan de sus escondites.

La masa humana siempre será susceptible a los discursos populistas, aquellos que, en vez de hablar de libertad individual, responsabilidad y autosuficiencia, promocionan el Cielo en la Tierra: salud, educación, alimentación adecuada para todos. El “diseño” de la mayoría de los seres humanos es estar protegidos, no proteger; es mayor la tendencia a acomodarse dentro de la jaula que desafiar la jungla; los hombres tienden con frecuencia a lo inmanente, lo material e inmediato, posponiendo lo trascendente, lo intangible y el futuro a mediano y largo plazos.

La narrativa totalitaria explota esas necesidades básicas, instintos primordiales. Y ofrece la protección, la jaula y la inmediatez de la materialidad barata. Pero se queda en el discurso porque no pueden explicar y menos alcanzar la cuadratura del círculo. Cuando la sociedad despierta, es demasiado tarde; ha quedado atenazada por un solo credo político; y los carceleros, cual mastines orwelianos, son una masa de fanáticos capaces de las perores atrocidades sin que asome en ellos una gota de remordimiento.

Nadie pudiera culpar a Karl Marx de haber diseñado la jaula totalitaria. Pero ha servido como nadie para justificarla. Su idea de la liberación total del hombre —del capitalista, de las religiones, y del dinero—, fue útil para encadenarlo: cambiar el capitalista por el funcionario, la religión por una idea política, la opción estética individual por una cultura realista-colectivista, el dinero a cambio de papeles inservibles que, como vales de un ingenio, solo pueden comprar en sus propias tiendas.

En las escuelas enseñaban que el fascismo —el italiano, de Mussolini— fue una reacción a un capitalismo imperialista en crisis. Ocultaron que la revolución bolchevique de 1917 fue el primer intento de ejercer el control total sobre la sociedad. Nacidos pues casi al mismo tiempo, comunismo-socialismo y fascismo, nazismo y falangismo con posterioridad, todas vienen a ser ramas del mismo tronco. Se caracterizan por un partido único donde se centralizan todas las instituciones, se ejerce el control y la violencia política sobre los ciudadanos, y tienen necesidad expandirse —espacio vital, internacionalismo proletario—, colonizar otros territorios, pues sus economías, centradas en la represión y la burocracia, son incapaces de producir lo necesario para los ciudadanos.

Para tener una aproximación más completa al tema es imprescindible leer a Elías Canneti y a Hannah Arendt. En el caso del comunismo, la Iglesia Católica en la voz de diferentes papas advirtió los peligros de esa doctrina para la libertad y el desarrollo humano desde el mismo siglo XIX. Una encíclica en particular, DIVINI REDEMPTORIS, del Papa Pio XI, Sobre el comunismo ateo, es reveladora.

A pesar de todas esas advertencias, y las evidencias de los crímenes y el fracaso del socialismo-comunismo, ¿por qué un país que se autoproclama socialista en su Ley de leyes es aceptado en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU? ¿Por qué se reprime y critica ácidamente una manifestación con la suástica esotérica y la que lleva la hoz filosa y el martillo destructor es noticia a toda hora? ¿Cuál es la diferencia entre el Gulag y un campo de concentración nazi, entre el campo franquista de Albatera, la UMAP y el Campo 15, en Corea del Norte? ¿Por qué los millones de muertos del nazifascismo son diferentes a los del comunismo soviético, chino y coreano? En fin, ¿por qué la palabra fascista es impronunciable, políticamente incorrecta, mientras comunista es aceptada como una noble e inocente entelequia?

Una explicación es que el socialismo-comunismo ha sabido mutar, cambiar de ropaje, y manejar la narrativa y su ejecución práctica mejor que el totalitarismo de derecha. Mientras el nazismo, el fascismo y el falangismo debían dar espacios a la empresa privada para existir, los comunistas lograron ser miserablemente autosuficientes y tapar todas las grietas por donde pudiera escapar la iniciativa individual. Ellos no se conforman con un pedazo del hombre. Quieren del ser humano todo su corazón y toda su mente, como una secta. Entre los jerarcas nazis pudo existir un Oskar Schindler, cuya independencia económica permitió vivir a cientos de judíos. No sucedió así con Andréi Dmítrievich Sájarov, a quién no bastó tener el Premio Nobel de la Paz ni ser científico reconocido para ser apresado y obligarle al exilio.

Un usual ardid de los comunistas es decir que el “socialismo noruego” es la aspiración de la izquierda. Que tal vez Karl Marx se refería a esas sociedades nórdicas como la “etapa de transito” en camino al comunismo. Quienes así se expresan, o no saben, o tratan de ocultar que son países capitalistas muy desarrollados, de escasa población y una historia de siglos donde se ha ido tejiendo un contrato social aceptado por la mayoría. Ellos son más capitalistas que nadie porque demuestran que el mercado es perfectible, y puede generar beneficios sociales. En cambio, 100 años después ningún régimen comunista ha demostrado que puede ir contra el mercado y la propiedad privada, y mantener logros sociales como los del “socialismo nórdico”

Lo que sí ha logrado el totalitarismo comunista es usar varios disfraces para escapar, en complicidad con las democracias del mundo, de la lupa de la justicia y la verdad. La tendencia asiática a construir una suerte de socialismo monopolista de estado, apertura económica y control político-militar quizás solo pueda ser factible en sociedades milenarias donde el “poder supremo” es parte de su historia. Un emperador, una dinastía, no es un conflicto insoluble, sino garantía de paz y bienestar común.

El socialismo-comunismo cubano ha perdurado, entre otras razones, por una necesidad muy inconsciente de ser gobernados como en una hacienda colonial: un amo, un rey autóctono, todopoderoso y a ratos, magnánimo. Pero una vez desaparecido el patriarca, el comunismo en el Trópico carece de sustento material e ideológico —incluso climático. No hay Líder para hacerle el cuento a Pepito. Están ante la peor de las pesadillas: sin palabras ni soluciones para capear el ausente vasito de leche.

A los neocomunistas norteamericanos los salvan, precisamente, las leyes y facilidades que pretenden coartar. No hay que ir muy lejos, solo unas pocas millas al sur, para conocer la realidad dura y cruda. Entonces, y solo de esa forma, comprenderían que no se trata de una visión. El socialismo y el comunismo con tan reales como las evidencias que saltan a la vista de cualquier observador imparcial y honesto. Junto a su primo hermano, el fascismo, las dictaduras comunistas —el adjetivo “del proletariado” solo las hace más sutiles— son los regímenes más longevos, desalmados, pobres y parásitos que haya conocido la Modernidad.


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