Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Un muro que se cae

Hasta ahora, los partidarios de la polarización a ambos lados del estrecho de la Florida han tenido los relojes, pero ha llegado el momento en que el intercambio y la apertura tienen el tiempo

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Todo parece indicar que en las próximas semanas sino días, la Administración Obama anunciará una nueva liberalización de las licencias para viajes culturales, educacionales y humanitarios a Cuba. El gesto se produciría después de la visita del Cardenal Jaime Ortega a Washington donde explicó el proceso de diálogo que sostiene la Iglesia católica con el gobierno cubano y la liberación de los cincuenta y dos presos que quedaban en prisión de las detenciones de la primavera de 2003.

A corto plazo, la ampliación de las licencias puede dar pausa a la presión por eliminar la absurda prohibición de viajar a Cuba para los norteamericanos, pues algunos congresistas quieren dosificar cualquier apertura hacia la Isla en espera de alguna reciprocidad por el gobierno de Raúl Castro. Pero el esfuerzo en el Congreso de Estados Unidos para pasar el proyecto sobre la liberalización de las ventas de alimentos y la eliminación de la prohibición de viajar a Cuba no va a amainar. El cabildeo contra el embargo ha tomado impulso y el período entre la elección de noviembre y la asunción del nuevo Congreso en enero ofrece una oportunidad propicia para desmontar partes del engendro plattista sin que los congresistas que se retiren paguen ningún coste.

A largo plazo, todo es soga para el pescuezo del embargo. En el segundo año del gobierno de Obama se retorna a las dinámicas del final de la Administración Clinton tras la histórica visita de Juan Pablo II en 1998. Autorizar un número alto de viajes de norteamericanos a Cuba agregará votantes para alcanzar la masa crítica en cada uno de los estados contra la prohibición de viajar.

La lógica es simple: todas las encuestas aplicadas a los norteamericanos reportan un rechazo de más del sesenta por ciento a la prohibición de visitar la Isla. Al encontrarse con los cubanos, los norteamericanos se identifican con su condición de víctimas del comunismo, pero también de la injusticia que es construir otro muro, adicional al del gobierno cubano, para aislarlos de Estados Unidos. Pocas cosas los motivan a actuar políticamente contra el embargo como un viaje a la Isla.

El viaje a Cuba de miles de norteamericanos con licencia también permitirá a los mismos escapar de las mentiras que a diario disparan sin pudor los partidarios del embargo. Años después que en Cuba se abolieran las exclusiones vergonzosas para los cubanos de las instalaciones turísticas, Mauricio Claver-Carone, uno de los vividores de la industria anticastrista, repitió al programa Great Decisions de la Foreign Policy Association la mentira de que no hubo prohibición de viajar a Cuba en EEUU hasta 1992 y el cliché de que viajar a Cuba era ser cómplice de un turismo apartheid[1], en el que los cubanos no pueden entrar a los hoteles. Sin evidencia alguna, este propagandista escribe que los viajes de los cubanoamericanos a la Isla dificultan la reconciliación nacional al aumentar el racismo entre los cubanos.

El mero contacto con los cubanos de la Isla ratificará a aquellos ciudadanos norteamericanos preocupados por los derechos humanos que en Cuba hay problemas al respecto. Pero eso no es secreto en Estados Unidos. Lo que esos norteamericanos conocerán de primera mano es que la política de su gobierno hacia la Isla no está motivada por la promoción de esos derechos, sino por la agenda revanchista de la derecha cubanoamericana y que es injusta, inmoral y contraproducente.

La brecha entre las prioridades de la ley Helms-Burton (elecciones multipartidistas en seis meses y reclamación de propiedades nacionalizadas después de 1959) y las preocupaciones centrales de los cubanos en Cuba, es más grande que el estrecho de la Florida. Según una encuesta de Freedom House en la Isla en 2008, las principales preocupaciones de los cubanos son tener propiedad privada y negocios particulares, derecho de viajar al exterior, acceso a internet. ¿No debería una verdadera política de derechos humanos abogar por todos los derechos sin imponer priorizaciones externas?

La encuesta de Freedom House detectó una animadversión a todo cambio violento que pueda generar caos y más conflicto entre los cubanos, incluyendo cualquier referencia a reclamos de propiedades que puedan agravar la polarización política. La mayoría de los cubanos en la Isla, sin tener a nadie que los vigile, rodeados de mar en la playa, dice que la prohibición de viajar a Cuba y el embargo son injustos y contraproducentes. Las comunidades religiosas en Cuba no están controladas por el gobierno, como dicen los que no han visitado la Isla en décadas. Cuando la Iglesia católica, el Consejo nacional de Iglesias, la comunidad hebrea, y el propio pueblo que va a los templos demandan el fin del embargo, lo hacen por voluntad propia. Cuando los cubanos dicen que el show de Elián fue un desastre de mentes calenturientas de la derecha en Miami, nadie les ha puesto una pistola en la nuca.

Según algunos acróbatas tratando de montarse siempre al carro ganador de la política norteamericana hacia la Isla ―estas medidas son resultado de las gestiones de la FNCA y una supuesta unidad celestial anticastrista titulada Consenso Cubano. Los personajes de ese cuento de las mil y una noches de Bagdad rechazan discutir el tema del embargo porque ―según ellos― divide a los “demócratas”. No, gracias. Para que Cuba sea democrática tiene que ser soberana. Ya los mambises entraron en Santiago y cualquier salida a la crisis actual debe partir de ese logro nacionalista. La Ley Helms-Burton tiene un sólo destino: la basura. Mal aconsejado anda quien se hermana con los plattistas.

El que no aguante el calor, que salga de la cocina. El que rechaza el embargo que lo diga. Si lo apoyaba hasta ayer y su reflexión lo lleva a cambiar posiciones, dígalo sin pena, que muchos hemos cambiado formas de pensar en los últimos cincuenta años. Si lo considera importante para sus metas políticas, llénese de valor, como ha hecho el senador Robert Menéndez y defiéndalo. Es deshonesto, sin embargo, atribuir méritos a supuestos consensos celestiales y esconderse detrás de las matas de mango para que nadie sepa dónde se está ubicado ante un tema tan importante para la soberanía del país.

El mencionado anodino consenso no jugó papel alguno en este ajuste de política. Cualquiera que haya ido al Congreso norteamericano a abogar por un cambio de política hacia Cuba, sabe que con la excepción del grupo de Estudios sobre Cuba ninguna de las organizaciones exiliadas incluidas en esa entelequia ha tirado un hollejo para obtener los cambios alcanzados.

No ha sido la Fundación Nacional Cubano Americana sino grupos como la New América Foundation, el Latin American Working Group, la oficina de Washington para América Latina (WOLA), el Diálogo Interamericano, el American Farm Bureau y otras asociaciones de ciudadanos los que han conducido a este logro. Son éstas las organizaciones a través de las cuales los cubanoamericanos han respaldado políticas de apertura. Basta escuchar la radio y la televisión de Miami para constatar la timidez y cautela con que la FNCA se refiere al más mínimo cambio al embargo.

En Ellis Island, Nueva York, muy cerca de la Estatua de la Libertad, está el Museo de la Emigración. La instalación ilustra cómo Estados Unidos ha sido el refugio de pobres y perseguidos del mundo entero que hicieron pujante su democracia. Entre sus más importantes atracciones está un panel donde aparece el número de inmigrantes por nación de procedencia y estado en que residen. Según el último censo había un millón doscientos cuarenta y un mil seiscientos ochenta y cinco cubanos en la gran nación norteamericana. Las tres mayores concentraciones están en la Florida (833.120), Nueva Jersey (77.337) y California (72.288) pero hay cubanos en todos los estados de la Unión.

Es hora de darle al embargo su jarabe: para el exilio, que quiere democracia, desarrollo e independencia, se trata de organización, nacionalización de los emigrantes afines, recogida de fondos, castigo para los políticos que apoyen la política de aislamiento, premio a los que apoyen una agenda constructiva.

Es vital utilizar la ampliación de las licencias para motivar viajes a Cuba en cada estado. Ningún sector social debe quedar exento: hombres de negocios, líderes religiosos, ciudadanos activos en sus comunidades, educadores, médicos, liberales, conservadores, libertarios, izquierdistas, pueblo norteamericano en general.

Los partidarios de la polarización a ambos lados del estrecho de la Florida han tenido los relojes pero el intercambio y la apertura tienen el tiempo. Motivemos a los sectores de negocios y un buldócer de intereses pasará por encima de los sectores pro embargo, que en el fondo no tienen espalda para resistir al gran capital y los intereses estratégicos de EEUU. ¿Cuáles son esos intereses? Evitar un colapso económico en la Isla que lance miles de inmigrantes a las costas norteamericanas y participar en la reforma económica a la que Cuba está obligada, que aliente una apertura política con estabilidad.

Todos a Cuba que hay un hueco en el dique. Si usted es profesor o estudiante de una universidad, colegio o escuela secundaria, proponga una visita a Cuba de sus colegas y alumnos. Si es miembro de una comunidad religiosa, acérquese a su rabino, pastor o sacerdote y propóngale un viaje comunitario. Si es un simple bailador de uno de los clubs que existen en Estados Unidos, considere un viaje a Cuba para estudiar salsa, changüí o rumba. Si es voluntario de un museo local, piense en la posibilidad de estudiar las aves en Cuba, los insectos, los instrumentos musicales o la pintura de Placetas. Use cualquier pretexto para viajar al caimán y destrozar la agenda revanchista. El muro se cae pero hay que empujarlo.



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