Actualizado: 14/09/2019 3:07
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Andalucía, España, Cataluña

Una nueva hegemonía de derechas en Andalucía

Heredero del viejo imaginario imperial católico y monárquico, el partido español Vox esgrime una retórica reaccionaria sin complejos, que maneja tópicos de la derecha recalcitrante

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Las elecciones parlamentarias el pasado 2 de diciembre en Andalucía pusieron fin a la permanencia política que durante décadas representó el más importante bastión territorial del partido socialista español (PSOE). En efecto, la victoria del centro derecha —compuesto ahora por el tripartito entre el Partido Popular, Ciudadanos, y Vox— tomó desprevenida a una fuerza política que parecía, hasta hace muy poco, segura de sí misma y en plenas capacidades de gobernar desde una solvencia institucional sedimentada durante décadas. El desplome de una aparatchik como la socialista Susan Díaz tiene un lejano parecido al tropezón de Hillary Clinton en aquel otoño electoral de 2016. La nueva hegemonía del centro derecha abre un nuevo momento de no retorno en las transformaciones políticas de ese país del sur de Europa. Anotemos al menos dos. Primero, la contienda andaluza anuncia el cierre de un ciclo de movilización iniciado con la irrupción del 15M, cuya traducción política más duradera ha sido, por un lado, la creación del partido Podemos; y por otro, la regeneración de un puñado de alcaldías que fueron capaces de contrarrestar el déficit de legitimidad del mando de Estado desde administraciones comprometidas con el fortalecimiento del pacto presupuestario contra la austeridad.

Tal y como lo ha analizado recientemente el politólogo David Soto Carrasco, la victoria del centro derecha en Andalucía es el sobrevenido de un agotamiento de la movilización de 2011, inaugurando así un nuevo derrotero de alcance nacional y atlántico. En segundo término, hay que recordar que Andalucía era la única autonomía española que hasta ahora no había experimentado modificación en su composición política. Mientras que Cataluña, Valencia, o Galicia atravesaron reacomodos muy heterogéneos en la clase política, Andalucía permanecía inmudable, dando la apariencia de ser una especie de reliquia del momento constituyente del 78 con el suficiente combustible como para resistir con aplomo los altisonantes reflujos del nuevo clima de época. La caída definitiva del “susanato”, como se la ha llamado a la gestión de Susana Díaz en Andalucía —quien llevó a cabo una campaña soft, aburrida, probablemente porque vislumbraba una victoria sin mayores retos al estilo Clinton— agrega otra ficha al ya complejo mapa político atravesado por una crisis territorial que ha cuestionado los cimientos más básicos de la transición democrática.

Se podrá hablar mucho de los déficits políticos y carismáticos de Susana Díaz en búsqueda de explicaciones para entender el ascenso de la nueva mayoría parlamentaria de derechas. Y de hecho, como ha visto el constitucionalista sevillano Sebastián Martín, lo que mejor explica la derrota del PSOE se debe a la propia calcificación de un proyecto político verticalista y despolitizado, que fue incapaz de generar los necesarios anticuerpos para combatir una batalla campal frente a la rearticulación de una nueva derecha con tintes patrióticos y nuevos olfatos en las tendencias de la ciudadanía. Como es típico en las tradiciones políticas hispanas, las clases dirigentes siempre piensan en términos de posesión de hegemonía, desatendiendo la fábrica institucional que garantizaría flexibilidad, construcción de consensos, y movilidad entre las estructuras administrativas y las demandas populares. La hegemonía es cegadora no porque busque el poder eterno o porque fije la irreversibilidad en una persona, sino porque aspira a la neutralización del conflicto político, debilitando de este modo un elemento que dinamiza desacuerdos, hábitos, y afectos al interior de las sociedades. El centro derecha, que apenas hace unos meses parecía no poder encontrar un ritmo propio tras la moción de censura contra Rajoy, capitaliza un momento de debilidad de un gobierno que se sostiene desde alianzas muy precarias. Veremos al PSOE tanteando modificaciones de diversa índole en los próximos meses.

La reciente renovación del liderazgo del PP con el joven Pablo Casado no resultó lo suficientemente profunda como para trastocar la organización de los poderes públicos y el sistema de alianzas. De ahí que la gran sorpresa en la contienda andaluza ha sido el sorprendente ascenso del partido de extrema derecha, Vox, liderado por Santiago Abascal, quien ha ayudado a cerrar el acuerdo tripartito hace apenas unos días. Luego de la moción de censura contra Rajoy, el centro derecha español sabía que no podía despreciar una oportunidad de cambio más allá de sus pugnas internas. Heredero del viejo imaginario imperial católico y monárquico, Vox es una derecha sin complejos que maneja tópicos de la derecha recalcitrante: crítica a la corrección política, una flamante postura anti-inmigración, menosprecio ante la violencia de género y su codificación legal, y una oposición frontal a la educación pública. Vox añade a esta lista, componentes de la tradición hispánica, como puede ser la destrucción del sistema de autonomías en favor de una idea homogeneizadora contra cualquier pluralismo confederal de los territorios.

Sin lugar a dudas, la intensificación del soberanismo catalán de los últimos años ha sido una de las claves para dotar de verosimilitud el eje oposicional entre “España” y sus “enemigos”, que le ha dado impulso a este nuevo populismo de derechas que, en el análisis del profesor José Miguel Burgos Mazas, indica la insuficiencia del schmittianismo como fuerza dinámica del tablero político. Aunque, como ha notado el politólogo Jorge Verstrynge, Vox desborda las posiciones del nuevo nacionalismo proteccionista europeo (el lepenismo francés, los grillini italianos, o los iliberalismos de Europa del Este) ya que no busca la destrucción de las relaciones atlánticas, ni tampoco el desmantelamiento de la estructura general de la Unión Europea. Vox tampoco aparece estar interesado en una impugnación de la totalidad del arco político. Al menos no por ahora.

En realidad, esta fuerza política es el último poder en reserva de la derecha española con capacidades de renovación y acomodación en la coyuntura. Como ha argumentado el historiador en un reciente ensayo sobre las mutaciones del lepenismo en Francia, el verdadero movimiento de la nueva derecha hoy pasa por una mutación efectiva para ampliar de manera creativa, un electorado en un mundo que ya no aparece articulado desde los viejos soportes de las ideologías políticas modernas. Aunque el ascenso de Vox es un movimiento que camina en esta dirección, y es muy temprano como para predecir o fijar claramente sus próximas mutaciones.

Por ejemplo, la apuesta de Vox por deshacerse del sistema de autonomías heredado del pacto del 78 es un reflejo de una sombra hispana que viene de lejos: la defensa de una forma estatal que se desentiende de la diversidad social propio de todo poder constituyente. De ahí que más que ruptura, Vox sea un síntoma de la experimentación de la derecha ante fenómenos políticos de pulsión popular, como puede ser el ascenso de un partido patriótico de izquierda, Podemos; o bien el soberanismo catalán, cuyo punto más dramático tuvo lugar durante la celebración del referéndum el pasado primero de octubre de 2017, que dio lugar a la aplicación del artículo 155 de la constitución y a la posterior encarcelación de varios de sus cuadros políticos. El naufragio del procès catalán es uno de los puntos cardenales que amenaza la estabilidad nacional y el trámite entre las fuerzas políticas. Lo acontecido en Andalucía es inexplicable si no se atienden los reflejos de la movilización independentista de los últimos años.

¿Cómo reaccionarán las fuerzas progresistas ante la consolidación de un tripartito hegemónico del centro derecha en Andalucía? Habría al menos tres escenarios distintos, algunos más vulnerables que otros. Una primera posibilidad, es que el progresismo opte por sostener una tensión replicante (se ha hablado de la articulación de un “bloque antifascista”, por ejemplo), que consistirá en sobredimensionar cada movimiento de las derechas con el fin de taponear cada una de sus estrategias electorales o iniciativas en el calendario político. Dicha estrategia posicionaría al progresismo, encabezado principalmente por Podemos, en una postura de catching up; esto es, siempre a la espera de cada movimiento del contrincante, si bien carente de un horizonte propositivo concreto.

Una segunda posibilidad es que el progresismo termine encallado en una “resistencia desde abajo”, satisfecho con los frutos del poder municipalista como resorte de una batalla que se entiende de tipo “cultural”. Esta postura pareciera también ser deficiente en la medida en que el municipalismo tiende a estar inscrito en una temporalidad lenta, y no necesariamente en condiciones de autotraducirse en ‘gran política’ a escala nacional. El poder municipalista pudiera ser el reservorio del progresismo, lo cual, en su reverso, liquidaría cualquier oportunidad de transformar el atolladero nacional. Tampoco es muy certero que la construcción de una hegemonía pueda encararse desde una contrahegemonía cultural, como ha sido demostrado en los procesos populares latinoamericanos de la última década. Aunque tampoco habría que ir tan lejos. Si algo ha mostrado la persistencia hegemónica del soberanismo catalán en estos años, es que una estrategia política hegemónica no solo es cortoplacista, sino que termina favoreciendo el repliegue de las derechas. La victoria del tripartito debería servir de acicate para abandonar la forma hegemónica como finalidad de cualquier construcción política que busque la profundización democrática.

Y finalmente, las fuerzas progresistas pudieran remontar la iniciativa y apostar por una construcción de un proyecto patriótico nacional que apure una renovación del contrato social de manera transversal, plurinacional, y con garantías constitucionales. Esto significa que la única política realmente transformadora es aquella que está en condiciones de trascender las demandas de la exclusividad de un solo sujeto político, y por lo tanto fortalecer los diversos vínculos aspiracionales de los pueblos que coexisten bajo un mismo estado.

Pero, como ha defendido el economista gallego Antón Costas, esto requiere el empuje de liderazgos políticos no convencionales, dotados de capacidades de distanciamiento, y de virtudes realistas en la imprevisibilidad de un momento. En otras palabras, se trataría de un liderazgo anti-autoritario que ha abandonado el corsé ideológico, y que subordina las formas latentes de su mirada narcisista a la construcción de una salida de la crisis de legitimidad. Solo una transformación a escala nacional y abierta al cambio constitucional, puede no solo neutralizar la deriva reaccionaria, sino también construir caminos que promuevan un pacto social atento a las exigencias de una época atizada por un profundo desencanto.


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