Actualizado: 21/09/2021 16:36
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EEUU, Capitolio, Elecciones

Una tragedia americana

Demócratas echan la culpa a los republicanos y estos echan la culpa a los demócratas. Unos y otros tienen razón

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Este Día de Reyes, Trumpoloco regaló a sus partidarios un discurso incendiario en la Casa Blanca sobre el robo de las elecciones por la bandería demócrata y el gentío enrumbó hacia el Capitolio Nacional, donde el Congreso certificaba la elección de Uncle Joe como presidente. La escena distópica de autoridades legítimas en desbandada y fuerzas de orden público arrolladas tuvo acaso su mejor expresión simbólica en la figura evocativa del bárbaro germano dentro de un recinto de la Roma antigua (Foto).

Demócratas echan la culpa a los republicanos y estos echan la culpa a los demócratas. Unos y otros tienen razón. Los partidos dominantes vienen atizando turbas anárquicas contra sus rivales. Tal como los demócratas toleraron y aun animaron los disturbios del verano pasado, que llegaron a la toma del Capitolio Estatal en Seattle (Washington), la demagogia de Trumpoloco desencadenó el tropelaje en el Capitolio Nacional (Washington, DC).

Por detrás de esta rivalidad partidista desmesurada se esconden élites ambiciosas que tienen más en común entre sí que sus propios partidarios. Así como se provocan y atacan, también se refuerzan unas a otras en medio de la cínica manipulación a través de los mainstream media y las plataformas digitales monopólicas, que jodieron ya la premisa comunicativa del ejercicio democrático: la opinión pública bien informada y razonable.

Politiquería

En vez de sustituir la persuasión de las élites por la persuasión de las masas, como se propuso la Comisión McGovern-Fraser en 1968 para consolidar las primaras como método de selección de candidatos, facciones de diversa ralea controlan las alianzas electorales movedizas de políticos, donantes, consultores y operativos mediáticos. Y los líderes políticos nacionales —ya sean Nancy Pelosi y Chuck Schumer o Mitch McConnell y Kevin McCarthy— no se atienen a otra regla que tachar al partido rival de amenaza nacional y darle guerra mediática o callejera.

Quizás Newt Gingrich sea el adelantado de esa tesitura al contraponer a ultranza, como speaker (1995-99) de la Cámara de Representantes, la sociedad conservadora de la oportunidad a la sociedad liberal del bienestar y desfogarse en mítines de repudio mediáticos al consenso bipartidista. No en balde Bill Clinton fue el primer presidente sometido a impeachment por el partido de la oposición, tal como Trumpoloco fue el segundo.

En el Senado, McConnell siguió la rima Gingrichera que dura hasta hoy, pero Pelosi y Schumer son otros que bien bailan al compás de maltratar a la bandería rival como enemiga antes que colaboradora en ejercicio del poder. Ahí tenemos la desvergüenza de torcer la interferencia rusa en redes sociales como colusión entre Trumpoloco y Putin para robar las elecciones de 2016. Pelosi acentuaría la retórica Maccartista refiriéndose a McConnell como Moscow Mitch para extender más allá de Trumpoloco la mancha de agente del Kremlin. No cabía esperar otra cosa de Trumpoloco que la imputación de fraude masivo como determinante de su derrota en 2020. Y así la politiquería sin barreras parece haber marcado para largo la riña, que no disputa civilizada, entre las élites partidistas de USA.

Identidad dañada

Hegel advertía que la sociedad puede malograr su identidad si sólo puede mantener la unidad con falsedades y violencia. Ni los líderes de partido ni sus seguidores de más acusada militancia están ya restringidos por el sentido común, la colaboración bipartidista y el patriotismo constitucional, esto es: aquel que forja la sociedad multiétnica, multirracial y multicultural sobre la base de principios compartidos fijados en leyes supremas.

Tal como los demagogos Rush Limbaugh o Pat Buchanan, junto a operativos mediáticos como Karl Rove, bombardean a los votantes republicanos con que los demócratas son socialistas y hasta “feminazis” prestos a destruir USA, casi todas las voces de la prensa dizque liberal y del profesorado universitario describen a casi la mitad del electorado como partidarios de la supremacía blanca y la dictadura. La narrativa compartida de cierta sociedad americana post-apartheid emergente de la revolución por los derechos civiles quedó acorralada por la agitprop de las élites encontradas que buscan audiencias fieles con interpretaciones extremas.

A la ética protestante que los conservadores Pat Robertson o Jerry Falwell disfrazaron con que el pueblo de USA está constituido por gente de fe, la bandería dizque liberal no contrapone otra idea más acertada de identidad nacional, sino la noción de USA como simple territorio en que cada cual puede entrar como le venga en ganas y donde nacionalidades o comunidades más bien aisladas campeen por sus respetos.

Así pasan gatos de categorías abstractas como mujeres o comunidad LGBTQ y no se sabe cuántas letras más, por liebres de comunidades genuinas que buscan reivindicar el sueño americano a partir del entendimiento de la historia de USA ya sólo como pesadilla de opresión patriarcal blanca, como deja sentado el Proyecto 1619 difundido con tanto entusiasmo por The New York Times. Una vez que los llamados progresistas usan la lengua tóxica de la academia izquierdosa para vilipendiar a los blanquitos, estos responden con entera naturalidad ciñéndose sombreros de cowboy o ridículos atuendos como el trumpista de la foto. La guerra lingüística se complementa indefectiblemente con otra iconográfica.

USA profunda

Las comunidades genuinas —las familias bien llevadas, los vecinos solidarios, los grupos en base a ocupación laboral o credo religioso— no proveen carne de cañón a los ejércitos que las elites bien alejadas de aquellas comunidades se encargan de reclutar y desplegar para combatir por el control de las agencias de gobierno. El común de las personas que no salen a dar tánganas y a menudo ni siquiera a votar son gente que tienen trabajos que no pueden perder y niños que atender o recoger al terminar la escuela, así como hipotecas que pagar y mandados que hacer para sostener sus hogares.

Los militantes MAGA que irrumpieron en el Capitolio Nacional azuzados implícitamente por Trumpoloco y su agitprop de fraude electoral masivo comparten la falta de patriotismo constitucional de sus contrapartes que vandalizan negocios particulares y oficinas públicas en nombre de Black Lives Matter. Aunque sus ideologías son tan diferentes como los caudillos encargados de reclutarlos, la clave común estriba en la anomia que Durkheim introdujo en la teoría sociológica hacia 1893 y la propia sociología americana llevó a la práctica de control social y desviación, delito y criminalidad.

Ese estado sociopsicológico [¿o psicosociológico?] sin normas claras, que vuelve inestables las relaciones grupales e impide así la integración cordial, sólo tiene que combinarse con medios de información [¿o desinformación?] masiva y redes sociales [¿o antisociales?] para que las facciones politiqueras en conflicto convoquen a turbas alienadas, ya sea por discurso abierto de Trumpoloco o acciones tras bambalinas de sus rivales, como tocar con limón a ONGs locales.

Así, la flash mob perdió ya su original sentido de diversión para, sin dejar atrás el otro sentido de robar en tiendas, transformarse en comando de la guerra callejera que líderes demócratas o republicanos planifican en sus lujosas oficinas o mansiones. Y nadie se llame a engaño: los comandos de la bandería demócrata aventajan a las hordas republicanas, pues han tejido hasta una red nacional de fondos para fianza que permite a los ricachones de costa a costa sacar de la cárcel a los alborotadores y saqueadores e incorporarlos a protestas overwhelmingly peaceful (Michelle Obama dixit) aquí y allá con incendios de trasfondo.

Melting pot

El alza de jóvenes sin hijos ni matrimonio estable va formando el ejército politiquero de reserva que jefazos de izquierda y derecha movilizan para guerra partidista. La pimpante Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que la tasa de fertilidad idónea para reponer generaciones anda por 2,1 niños por mujer. En USA bajó de ahí (2007) a 1,77 (2017) y seguirá bajando por efecto de la pandemia y el declive de la economía.

El flujo de inmigrantes no resolverá esta crisis demográfica y sí que atizará el fuego al caldero de la integración multicultural. Trumpoloco y Biden explotaron a su antojo los problemas reales o ficticios de la inmigración, sin que ninguno de los partidos dominantes haya podido dar con la receta de una mezcla etnocultural adecuada.

Al parecer Marx tenía razón en aquello de que la base económica determina la superestructura política. La causa primordial de que las parejas retrasen o descarten uniones matrimoniales y tengan menos niños podría radicar en la inseguridad económica de las jóvenes generaciones. Demócratas y republicanos tienden al cálculo económico basado en rebajar los costos de la mano de obra y así tenemos el prurito de trasladar puestos de trabajo al exterior, siempre que allí se pague menos, o dárselos a gente que viene del exterior dispuesta a ganar lo que sea en labores sin requisitos de calificación. El último grito de esta moda es reemplazar empleados a tiempo completo con contratistas a tiempo parcial o trabajadores eventuales para ahorrar gastos de nómina y beneficios.

El Departamento del Trabajo prevé que las tres ocupaciones de mayor crecimiento hasta 2029 son cocineros y personal de restaurante [$27.790 anuales], asistentes de cuidado personal y de salud en casa [$25.280 anuales] y empleados detrás del mostrador o en establecimiento de comidas rápidas [$22.740]. Quedó como broma colosal aquella predicción en la década de 1990: la inmensa mayoría de quienes perdieran sus trabajos bien pagados y resguardados por sindicatos en el sector de la manufactura iban a conseguir puestos aún mejor pagados en la sociedad de la información y la economía del conocimiento.

Coda

Antes que esa otra predicción o arenga de unidad y cura de la sociedad hoy en día, los indicios apuntan más bien a otra conclusión: al carajo, albañiles de la democracia, que se acabó la mezcla etnocultural de lo que habría sido o pudo ser Estados Unidos de América.


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