Actualizado: 06/05/2021 15:34
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EEUU, Trump, Presidencia

USA: ¿Qué república era aquella?

Sobre los últimos acontecimientos en Estados Unidos

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USA es “a republic, if you can keep it
Benjamin Franklin, 1787

Todo lo que dijo o hizo Trumpoloco sirvió para animar a las banderías contrarias a formular críticas bien fundadas y también a caer en trances de arrebato acusatorio, que fueron desde colusión con el Kremlin hasta instigación a la insurrección con asalto al Capitolio Nacional [1]. Así mismo resulta significativo otro episodio reciente del trastorno de las elites como legado del ascenso al poder ejecutivo de quien jamás había ejercido función pública ni mando militar.

Twitter abrió el camino para prohibir online lo que el orden jurídico permite vocear en medio de la calle. Silenció a Trumpoloco y enseguida la Triple Alianza [Amazon, Apple y Google] sacó del juego a Parler —competidor de aquel en el mercado del microbloguero— retirándole los soportes tecnológicos por no atenerse a ciertas políticas de moderación de la expresión circulante. CNN se embulló y clamó sacar a Fox News de la televisión por cable, mientras la red radial Cumulus Media dictaba nuevas reglas de conducción de programas. Así, unos cuantos oligarcas se alzan por encima de la Primera Enmienda como poderes soberanos sobre la expresión on line y offline.

Había una vez…

Una república donde la consejera general de cierta red social, Vijaya Gadde, se plantó frente al Congreso para defender la Primera Enmienda con el argumento de preservar “the ability of users to share freely their views — including views that many people may disagree with or find abhorrent”. El gerente de esa misma red en el Reino Unido, Tony Wang, se complacía en presentarla como “the free speech wing of the free speech party”.

Desde el año pasado esa misma red comenzó a pegarle banderillas de “disputed” y “false” a tweets de Trumpoloco y otros, a la vez que dejaba y deja pasar sin reservas chorros de tweets igual de falsos o discutibles e incluso de incitación a la violencia, como “Hang Mike Pence”, “I hope the Trumpers out there all die of Covid” y el indefectible hashtag #KillTrump.

El Tribunal de Apelación del Segundo Circuito (Nueva York) falló que Trumpoloco no podía bloquear a ningún usuario en su cuenta de Twitter [Knight First Amendment Institute v. Trump, 2018]. Nada impidió que, por ejemplo, tuiteros de toda ralea desearan penas y muerte a él y a Melania en octubre pasado tras informarse que habían dado positivo en prueba de coronavirus. Sin embargo, Twitter Inc. sí que pudo restringir primero y cancelar después esa misma cuenta en virtud de sus propios criterios corporativos acerca del discurso público aceptable.

En medio del jelengue covid-19, Facebook prohibió hasta que sus servicios se utilizaran para convocar tánganas contra las medidas de encierro y a favor de la vuelta al trabajo. La cosa va más allá del mundo digital. La noción de discurso aceptable de los gerentes de Uber y Lyft bastó para no prestarle servicio a la comentarista Laura Loomer por haberse desplayado en tweets contra el Islam y los musulmanes tras el ataque terrorista de Sayfullo Saipov [exchofer Ubérico] en Nueva York del 31 de octubre de 2017. Y la compañía AIG revocó el seguro del laureado expitcher (1998-2007) de Grandes Ligas Curt Schilling por defender a Trumpoloco en Twitter.

Politiquería Pro-Totalitaria

Al irrumpir una turba pro-Trumpoloco en el Capitolio Nacional, el representante Frank Pallone (D-NJ) salió corriendo, pero al retornar la calma instó a Jack Dorsey (Twitter) y Mark Zuckerberg (Facebook) a expulsar deshonrosamente a Trumpoloco de sus respectivas plataformas. Ni siquiera el Congreso tiene poder para silenciar a Trumpoloco sin justificación jurídica válida, pero aquellos —y otros— gerentazos sí pueden hacerlo por encima de la Constitución y sus normas complementarias.

Se creen salvadores de USA en cumplimiento del deber patriótico de impedir a toda costa que Trumpoloco repita “lie after lie”, como si no hubieran dejado de repetir ad nauseam mentiras descaradas como que Trumpoloco se confabuló con Putin o afirmó en Charlottestville que los neonazis y los supremacistas blancos eran buenas personas. No faltaba más con esos paladines de la verdad tan probados —en el Congreso y los mainstream media— con aquellos y otros tantos avatares de la mendacidad.

Hasta la izquierdosa ACLU condenó la censura de Trumpoloco por Twitter, pero cierta entidad más izquierdosa todavía, Color Of Change, asumió responsabilidad —“We did that!”— por haber impulsado a Twitter a suspender la cuenta del presidente de USA en funciones. De este modo vamos desbarrando hacia un orden político en que legisladores, activistas y oligarcas pueden recurrir al poder tecnológico monopólico para silenciar voces disidentes u odiosas.

Como explicaba el historiador británico Ted Carr [2], totalitarismo es la creencia de que cierto grupo o institución, ya sea una iglesia o un partido o el gobierno mismo, posee un camino de acceso directo a la verdad [y de paso a la bondad y la justicia]. Cabe actualizar su corta serie de ejemplos del siglo XX agregando una compañía de servicios de telecomunicación.

Competencia desleal

Dorsey alegaba que Twitter no era monopolio porque admitía competidores, pero ya saltó la liebre. Parler fue sacada por Apple y Google —aliados de Twitter— de sus respectivas tiendas de aplicaciones (app) para dispositivos móviles, mientras otro aliado (Amazon Web Services) dejó a Parler offline para forzar su mudanza a otro proveedor de servicios en la nube.

La nota de Apple para el desahucio de Parle resulta ilustrativa: “There is no place on our platform for threats of violence and illegal activity. Parler has not taken adequate measures to address the proliferation of these threats to people’s safety”. Las amenazas de violencia y la actividad ilegal solían ser asuntos de orden público y poder judicial, pero ahora son cosa del libre arbitrio del alto mando de plataformas tecnológicas de comunicación.

Ya hizo metástasis ese cáncer del discurso aceptable impuesto sin control judicial por tal o cual proveedor de tal o cual servicio. Para sacar a Trumpoloco (o a cualquier otro) de la Casa Blanca, la Constitución establece el juicio de residencia (impeachment) del Congreso o la remoción por el propio gabinete de gobierno [Enmienda XXV], pero Silicon Valley puede sacar al presidente del ambiente digital y así queda allanado el camino para que pueda hacerlo contra cualquier otra persona al efecto de silenciarla sin sujeción a las leyes complementarias de la Primera Enmienda ni a la clásica regla de solución de conflictos por la judicatura.

Quizás el legado crucial de Trumpoloco no sea, como se dice, haber causado más muertes que la Guerra de Secesión, sino más bien en haber encabronado tanto al establishment que todo el talante dictatorial y de largo etcétera de Trumpoloco pasó a ser compartido por los paladines de la libertad y la democracia, quienes se entusiasman hasta con que entes privados decidan a su antojo qué es lo mejor para la nación y qué cosa es verdad, bueno y justo.

Coda

Trumpoloco puede decir entonces con plena certeza a sus más fieles seguidores: “Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos”.

Nota

[1] El 5 de enero, la oficina del FBI en Norfolk (Virginia) pasó intel a las fuerzas del orden público en Washington D.C. sobre grupos extremistas compartiendo mapas de los túneles del Capitolio, preparando puntos de recepción para quienes venían de Kentucky, Pensilvania, Massachusetts y Carolina del Sur, así como intercambiando mensajes en línea tales como: “Be ready to fight. Congress needs to hear glass breaking, doors being kicked in, and blood from their BLM and Pantifa (sic) slave soldiers being spilled”.

El CVP en Jefe del Capitolio, Steve Sund, declaró a The Washington Post que la primera oleada de asaltantes “arrived at the Capitol about 12:40 pm” y el perímetro de seguridad del ala occidental fue roto “within 15 minutes”. Sund puntualizó: “I realized at 1 pm, things aren’t going well… I’m watching my people getting slammed”. A las 1:09 pm reiteró infructuosamente a los Sergeants-at-arms del Senado y de la Cámara su instancia de llamar a la Guardia Nacional.

No tiene sentido discutir que ningún pasaje del discurso de Trumpoloco incita a la insurrección, pues Pelosi y sus allegados siguen la versión de la Advertencia Miranda que reza: todo lo que diga Trumpoloco será tergiversado para usarlo en su contra ante el tribunal de la opinión pública. Remember aquello de que mandó a tomar desinfectante.

No obstante, como la bandería Pelosina imputa incitement of insurrection a Trumpoloco y llevó el caso directamente a votación sin el trámite elemental de debate acusación-defensa, cabe apuntar que el discurso de Trumpoloco el Día de Reyes principió a las 12 en punto y concluyó a las 1:11 pm. Ese lapso tiene que empatarse con la secuencia descrita por Sund y el parte del FBI. Así que a bailar y gozar con la música de Cámara [de Representantes]: Trumpoloco incita a un ataque ya planeado y en plena ejecución antes de terminar su discurso e incluso por gente que ni siquiera pudo oír el comienzo, si tenemos en cuenta que marchar desde la Casa Blanca al Capitolio por la Avenida Pensilvania toma al menos 45 minutos y que la muchedumbre que enrumbó por ahí al concluir Trumpoloco su discurso parece haberlo hecho, efectivamente, de manera pacífica y patriótica, pues no baleó a otros ni prendió fuego a locales y autos ni incurrió en las demás peripecias que animaron el verano pasado y Pelosi resumió magistralmente así: “People do what they do”.

[2] The Soviet Impact on the Western World (1946), Nueva York: H. Fertig (1973), 110.


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