Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Reagan, EEUU, Elecciones

Vuelta al pasado

La comparación entre Trump y Reagan tiene limitaciones y enseñanzas

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Una celebridad antes de aspirar a la nominación presidencial republicana. Una imagen reconocida en las pantallas, pero no por méritos políticos. Alguien opuesto a la maquinaria de su partido; rechazado por sus líderes, empeñados en no otorgarle la candidatura. Un empecinado en retar el establishment de ese mismo partido. Un orador insistiendo una y otra vez en la promesa de restaurar la “grandeza americana”. Un chiste recurrente cuando comienza la campaña electoral: ¿Presidente…?, y luego la risa del público. Un hombre marcado por el fanatismo, con un pasado demócrata y liberal. ¿Donald Trump hoy? No, Ronald Reagan ayer.

Ronald Reagan? The actor?”, repite burlón Doc Brown en Back to the Future, cuando le pregunta al joven desconocido quién es el presidente de ese Estados Unidos del futuro al que reclama pertenecer. Y añade el sarcasmo a la incredulidad: Then who's vice president? Jerry Lewis?

“El partido de Lincoln y Reagan nunca será tomado por un estafador”, afirmó el también aspirante Marco Rubio la noche del Super Tuesday en Miami.

La campaña del senador Rubio, junto con líderes del Partido Republicano y donantes multimillonarios, están analizando la posibilidad de que se llegue a la convención, en Cleveland, Ohio, entre el 18 y el 21 de julio, sin un candidato con la mayoría decisiva en las urnas.

Una situación similar a lo que ocurrió durante el proceso electoral celebrado en 1976, donde también se apeló a la unificación del Partido Republicano en torno a una figura capaz de ganar la contienda.

Lo único que entonces Reagan no era una personalidad similar al senador Rubio, apoyado por el partido, sino alguien no del agrado de una maquinaria gubernamental y partidista, que al final logró imponer al titular, el presidente Gerald Ford, quien obtuvo la nominación para poco después perder la elección frente al demócrata Jimmy Carter.

Aquella contienda guarda cierta similitud con la actual, aunque con las agendas ideológicas de los protagonistas invertidas: lo que más dividía a Reagan de Ford era que los conservadores, luego de haber perdido con anterioridad —en la elección de Barry Goldwater frente a Lyndon B. Johnson— estaban decepcionados con Richard Nixon y Ford, a los que consideraban que no eran lo suficientemente conservadores.

La comparación entre Trump y Reagan tiene limitaciones y enseñanzas. En primer lugar, Reagan contaba con la experiencia de haber sido gobernador de California. Pero la fundamental es que, a diferencia del magnate, el actor tenía una agenda bien definida sobre el limitado papel que él creía debía desempeñar el gobierno y una ideología fundamentada en el “conservadurismo” de Goldwater, que más que conservadora puede catalogarse de reaccionaria. Los electores de Trump votan por una figura, no por su ideal político, que es vago, contradictorio e inconcluso. Responden a patrones emocionales, no a principios.

Ese es precisamente el grave dilema que enfrenta el Partido Republicano. No es simplemente la unión de sus miembros alrededor de un nominado, sino la unificación del país en torno a un candidato. Si no lo logran, pierden las elecciones.

No es solo que los votantes republicanos no saben la verdadera agenda de Trump, si es que existe alguna. El problema es que durante los debates, salvo la excepción del gobernador John Kasich —que permanece en la contienda solo por porfía— los participantes dedican buena parte del tiempo a lanzarse ataques mutuos, cada vez más bajos, sin preocuparse en dar a conocer sus puntos de vista y prioridades, más allá de la repetición de clichés e ideas vagas. No es que Trump sea un estafador, es que sus propuestas son una estafa, y por ello hay que contrarrestarlas con otras válidas y de alcance nacional. De lo contrario, desastre seguro.


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