Actualizado: 20/11/2018 18:13
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Woodward, EEUU, Trump

Watergate en reversa: Bernstein & Woodward

De historias pasadas y presentes en Washington

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Al parecer los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward se creyeron que tumbaron a Nixon [1] y vinieron al reenganche contra Trump, pero cada cual encontró su propio Watergate por rebajar el periodismo a mala agitación y propaganda.

Alánimo, alánimo

El 27 de julio pasado, Berstein hizo trío con el exfuncionario de la administración Obama y actual corresponsal en jefe de CNN para la seguridad nacional, Jim Sciutto, más el investigador y productor de CNN Marshall Cohen, con el propósito de reportar que, según otro Cohen, Trump supo de antemano que su hijo, su yerno y el campañero Paul Manafort iban a reunirse con la abogada rusa Natalia Veselnitskaya el 9 de junio de 2016 para oler trapos sucios de Hilaria.

El otro Cohen es Michael, exabogado de Trump, quien al circo ripiera de pagar por orden de Trump a dos damiselas encantadoras añadiría el espectáculo de desmentir al presidente, quien asevera que vino a enterarse de aquella reunión unos días después. Para estirar más todavía la goma de mascar sonseras “The Russian Investigation”, Cohen estaría dispuesto a declarar ante el Procurador Especial Bob Mueller.

Bernstein y los demás citaron “sources with knowledge” que no eran ni Michael Cohen ni su abogado Lanny Davis, quien “declined to comment”. Sólo que el 27 de agosto Davis se apearía en BuzzFeedNews con que no declinó comentar, sino que efectivamente había sido la fuente del reportaje de CNN y ni siquiera podía asegurar que Cohen supiera que Trump sabía.

Davis admitió que había metido la pata, pero ni Bernstein ni nadie en CNN reconoce haber degradado el periodismo por atacar a Trump. Todo periodismo es de fuentes y la única de aquel reportaje se rompió sin que se pueda mandarla a componer. Seguramente Davis reculó tras advertir más tarde que, si su cliente seguía la rima ante el Procurador Especial, saldrían al ruedo pruebas concluyentes para ensartarlo por perjurio.

El 22 de junio de 2017, CNN largó el fake report de una sola fuente anónima sobre otra reunión presuntamente apestosa entre Anthony Scaramucci —quien al mes siguiente sería designado Director de Comunicación de la Casa Blanca— y Kirill Dmitriev, allegado al Kremlin y mayimbe de un fondo ruso de inversiones. Ante la reacción de Anthony Scaramucci rodaron tres cabezas —Thomas Frank, Eric Lichtblau y Lex Haris— por “no ajustarse al estándar editorial” de CNN.

Ahora la pifia fue igual de malintencionada, pero mucho peor. Además de matar el periodismo con una sola fuente, hubo encubrimiento al negar explícitamente que fuera Davis. Sin embargo, como “Sloppy” Bernstein es una vaca sagrada que no cabe en el matadero de CNN, este medio se mantiene en sus trece y hasta la próxima, queridos amiguitos.

Urí, urí, urá

La reina va a pasar con el libro (Fear, Simon & Schuster, 357 pp.) del cúmbila de Bernstein, Bob Woodward, sobre Trump en la Casa Blanca. Salió a la venta en anaquel el martes 11 de septiembre, como para recordarnos que la sede del gobierno americano se viene abajo tal y como las Torres Gemelas.

Esta otra vaca sagrada muge como ventrílocuo titiritero con marionetas parlantes de Washington sobre la incompetencia de Trump como presidente, ya que hace la guerra a la prensa [Obama espiaba a los periodistas], grita a su personal [Clinton usó a una pasante como humidor] y es impulsivo [Bush desencadenó dos guerras interminables]. La jugada es que cada cual cuenta off the record sus esfuerzos personales para evitar la catástrofe o las catástrofes que provocaron otros antes de que estos vengan a hablar off the record con Woodward.

Ya saltó Chris “El Gordo” Christie con que Woodward nunca se dignó a llamarlo para precisar detalles y le atribuye citas que son falsas. Por extension —agregó— “Bob may in fact be relying on people who are making things up and he didn't do his homework”, pero vayamos al grano. La reina que va a pasar es la reina de las pruebas.

Considerado desde ya la mejor de las obras escogidas contra Trump (Fire and Fury, de Michael Wolff; Russian Roulette, de Michael Isikoff y David Corn; A Higher Loyalty, de Jim Comey; las noveletas de Omarosa y otros), el libro de Wooward surte el irónico efecto colateral de privar de su mejor arma a la resistencia, esto es: a quienes se resisten a aceptar que Trump desbancó solito al cartel Clinton.

Al sumarse a la agitación y propaganda para invalidar la presidencia de Trump por problemas de management style, Woodward revela que —después del ataque químico contra civiles en Jan Sheijun (Siria) el 4 de abril de 2017— Trump expresó su deseo de asesinar al dictador sirio Bashar Háfez al-Ásad. Así lo pidió al Secretario de Defensa, Jim Mattis, quien repuso: “I’ll get right on it”, pero decidió por el contrario asestar un ataque aéreo limitado como represalia sin poner en peligro la vida de al-Ásad.

Lo último que podría hacer un agente de Putin o alguien en colusión con él sería mandar a matar a su único aliado geopolítico fiable en el Medio Oriente. Aparte de mantener el enclave naval estratégico ruso en el puerto sirio de Tartús, al-Ásad compra al Kremlin miles de millones en armas y sigue fielmente apegado a la alianza que su padre, Háfez el-Ásad, forjó con Moscú desde que asumió el poder absoluto en 1971.

Al igual que la pieza anónima en The New York Times, las piezas firmadas de Bernstein y Woodward son otros de los tantos ademanes supletorios desesperados de la llamada resistencia ante la indigencia de la colusión de Trump con Rusia.

Coda

Tal y como se le escapó al presidente Obama en su resurrección política, Trump es el síntoma, no la causa. Puesto que la causa siempre antecede, hay que buscarla precisamente en dos administraciones demócratas consecutivas con Obama al frente.

Notas

[1] Atribuir a Woodward y Bernstein haber tumbado a Nixon desde The Washington Post, por destapar el escándalo de Watergate, constituye uno de los tantos forros mitológicos de la prensa americana en el dominó de la historia. El desenlace de Watergate no tiene explicación heroico-periodística, sino que obedece a la acción de fuerzas políticas decisivas. Nixon no salió andando de la Casa Blanca por repicar Woodward y Bernstein al Garganta Profunda del FBI, sino porque las audiencias del Comité Selecto del Senado, presidido por Sam Ervin (D/Carolina del Norte), las cuales principiaron el 17 de mayo de 1973 con plenos poderes para citar y forzar a declarar a testigos claves, so pena de que dieran con sus huesos en la cárcel, revelaron que Nixon grababa en secreto las conversaciones con sus asistentes en la Casa Blanca. Tras negarse a entregarlas sobrevino el pleito legal que terminaría hacia julio de 1974 con decisión unánime del Tribunal Supremo sobre la obligación de entrega. De este modo quedó expedita la salida del presidente, porque las cintas probaban, más allá de toda duda razonable, que Nixon bloqueaba la investigación del FBI sobre la irrupción de los plomeros, el 17 de junio de 1972, en el cuartel general del Comité Nacional Demócrata. El socorrido paralelo con Watergate de la presunta obstrucción de justicia por Trump en la farsa denominada “The Russia Investigation” es otro arrebato del manicomio anti-trumpista.


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