Actualizado: 20/08/2019 5:32
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El primer debate: táctica y estrategia

El empate virtual tiene una causa real: los puntos débiles de los dos aspirantes a la Casa Blanca siguen pesando tanto como sus virtudes.

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La clave del esperado primer debate presidencial entre los senadores John McCain y Barack Obama se encuentra en un reproche. Cuando McCain dice que Obama desconoce la diferencia entre estrategia y táctica da lugar a uno de los pocos momentos del encuentro, en que su contrario responde airadamente.

Hay una explicación para esta respuesta, que va más allá del orgullo personal. El congresista por Arizona le ha apuntado bien. Aunque disparó por defecto y no por virtud. Y el legislador por Illinois responde con fastidio porque sabe que muchas veces, en una guerra no suelen sobrevivir los soldados más capacitados sino los más astutos. Todo en McCain se limita a una táctica, todo en Obama se extiende a una estrategia.

A McCain hay que reconocerle el señalar un punto, aunque su valoración es injusta. En realidad, lo que diferenció fundamentalmente a ambos contendientes fue que uno todo lo enfocaba en términos tácticos, mientras el otro se extendió (y también se perdió a veces) en las explicaciones estratégicas.

Para McCain todo se resume a qué táctica adoptar frente a cualquier problema. Ello le permite moverse con una mayor libertad, y elogiar en más de una ocasión al fallecido presidente Ronald Reagan —el verdadero iniciador del proceso de suprimir regulaciones y normas que ha tenido como consecuencia la crisis financiera actual—, mientras al mismo tiempo vuelve y repite episodios de su actuación en el Congreso que le permiten presentarse como guardián contra la avaricia corporativa y partidario de un mayor control sobre las instituciones financieras.

No sólo no ve la contradicción existente entre el propugnar una continuación del modelo neoliberal que con mayor o menor fuerza ha regido en la sociedad norteamericana durante las últimas décadas —siempre en los mandatos republicanos e incluso en buena medida durante los ocho años de presidencia de Bill Clinton—, sino que defiende sus puntos de vista con convicción.

Queda claro que para McCain el cambio se limita simplemente a una nueva administración, no a un nuevo enfoque político.

Lo que llama la atención es que no tuvo que defender su punto de vista. Resulta hasta cierto punto insólito el hecho de que una nación que atraviesa por una profunda crisis económica —cuyo alcance se compara, a veces exageradamente y otras no, con el Crack del 29—, en momentos en que reina una enorme incertidumbre laboral, miles y miles de norteamericanos están a punto de perder sus viviendas, la obtención de crédito es cada vez más difícil y el desempleo está en alza, el miembro del partido gobernante no se viera limitado a adoptar una posición defensiva.

Ocurrió todo lo contrario. Quien estuvo a la defensiva durante toda la primera parte del debate —que giró en torno a los problemas económicos— fue Obama. Al punto que tuvo que aclarar que estaba a favor del capitalismo. Inaudito que un candidato que desde el primer momento utilizó como carta de triunfo el concepto de cambio no lo sacara a relucir durante el encuentro. Porque lo que Estados Unidos necesita es precisamente ese cambio, que lleve a un abandono de un modelo neoliberal sin freno, en favor de la forma de capitalismo autoregulado, con límites a las adquisiciones y concentraciones de capital que por tantos años permitieron la grandeza del país, el desarrollo de una clase media poderosa y el elevado nivel de consumo que por mucho tiempo fue la envidia y el anhelo de otras naciones.

No se trata de una vuelta al pasado, sino de la adecuación de los mecanismos de competencia, de forma tal que no pongan en peligro o disuelvan las posibilidades de educación, desarrollo científico, bienestar social y otras funciones que por muchos años el capital privado logró cumplir, al igual o en mayor medida que el Estado.

Quiere esto decir que hay que buscar la forma de que, si la empresa grande o pequeña va a continuar con la tendencia de limitar o dejar de cumplir el papel de brindar seguro médico, pensiones, salarios adecuados y beneficios, que tradicionalmente en esta nación han estado en manos del capital y no del Estado, hay que crear los mecanismos para lograr el desempeño de esta labor social mediante una legislación que limite la avaricia corporativa.

Todo esto, que formaría parte de una estrategia económica y social, quedó fuera de la discusión. Debido a que al parecer a McCain no le preocupan estos temas o porque Obama carece en realidad de un verdadero y profundo plan de cambio, y tienen razón sus contrarios al atacarlo de que el uso del concepto se limita a un recurso retórico.

La sorpresa del debate para muchos fue que —contrario a lo que parecía iba a ocurrir— McCain quedó mucho mejor en la discusión de los temas económicos, que consumió la primera parte de la discusión, y Obama no sólo se mostró más débil y a la defensiva, sino que no supo aprovechar la aparente ventaja que parecía poseer al respecto. Al punto de que la pregunta que como un fantasma recorre la mente de muchos demócratas desde las primarias —¿se habrá elegido al candidato adecuado?— reapareció con fuerza la noche del viernes.

Segunda parte

La segunda parte del debate —que originalmente se había planificado tratara exclusivamente los temas de política internacional, pero que debido a la crisis actual en Estados Unidos tuvo que ampliarse al tema económico— estuvo dedicada no sólo a las posiciones de cada contendiente respecto al papel de Washington en la arena internacional, sino fundamentalmente a las amenazas que enfrenta el país, así como los conflictos bélicos en los que está metido.

Aquí Obama pudo recuperarse, debido fundamentalmente a que mostró una visión de mayor alcance y un enfoque que intenta dejar atrás los errores de la actual administración republicana. Quizá su mayor éxito fue vincular ambos temas, la economía y la política, en el enunciado de propuestas destinadas a superar la dependencia energética.

Las próximas semanas dirán si este mensaje logró llegar al electorado y si la campaña demócrata es capaz de profundizar, con planteamientos más concretos, sobre la necesidad de un plan que permita superar la dependencia energética de esta nación a fuentes de crudo extranjeras.

A esto se agrega que hasta el momento el problema se ha planteado y repetido hasta el cansancio, pero poco se hace al respecto, y no poco dificulta su solución el hecho de que el pueblo norteamericano sigue aferrado a una cultura de elevado consumo energético, que permite disfrutar de una serie de ventajas únicas, pero que éstas son cada vez más difíciles de mantener.

Para el votante norteamericano, la noche del viernes 26 de septiembre permitió conocer un poco mejor a los dos candidatos. Pero al mismo tiempo no le brindó elementos suficientes para tomar una decisión más allá de toda duda.

Lo que sí es posible que quedara claro, en la mente de muchos votantes —y también de asesores políticos de las dos campañas— es que el fenómeno de ese empate virtual, que con pequeñas alzas y bajas viene repitiéndose desde la celebración de ambas convenciones, tiene una causa real: los puntos débiles de los dos aspirantes a ser el próximo inquilino de la Casa Blanca siguen pesando tanto como sus virtudes. Y hasta el momento ninguno ha mostrado las cualidades necesarias para, de una forma definitiva, inclinar la balanza a su favor.


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