Actualizado: 29/11/2021 15:04
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Sin dedo en el dique

John McCain propone para Cuba un tercer período de las políticas de George Bush.

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La campaña electoral norteamericana está en su recta final. Comparadas con sus rivales de primarias, las opciones presidenciales están entre las mejores.

John McCain mostró coraje al separarse de su partido en el rechazo a la tortura y en su disposición a cerrar el campo de detención de Guantánamo. Barack Obama, que tiene más visión de futuro que experiencia, demostró un juicio excepcional al oponerse temprano al desastre más importante de la política norteamericana desde Vietnam: la invasión a Irak.

¿Cuál es el debate sobre Cuba en la campaña presidencial norteamericana? Tanto McCain como Obama apoyan una transición pacífica hacia la democracia representativa y la economía de mercado, y han declarado su solidaridad con la oposición en la Isla.

John McCain propone para Cuba un tercer período de las políticas de George Bush. En Miami, el republicano reiteró que no va a conversar con los Castro, concentrándose en crear una coalición internacional para aislarlos. Barack Obama, en una cena de la Fundación Nacional Cubano Americana (¡cómo cambia Miami!), propuso eliminar las restricciones a las visitas y envío de remesas. Obama, que en el pasado consideró el embargo como un sinsentido y ahora lo apoya con reticencia, ha manifestado su disposición a conversar con Raúl Castro, sin condiciones.

En este artículo, y en otro que publicaré sobre Obama, estudiaré las estrategias hacia La Habana de los candidatos. Esta vez, veremos las del senador John McCain, para demostrar que no tienen viabilidad sin la derogación de la Ley Helms-Burton.

Entrampado en la brecha de Lippman

El éxito de una política depende no sólo de su coherencia retórica, sino del poder para implementarla. Walter Lippman, histórico analista de la política norteamericana, escribió que toda estrategia exitosa de política exterior se basa en balancear objetivos y capacidades. Una brecha entre objetivos excesivos y recursos limitados es fórmula de fracaso.

Al abrazar la política de Bush, John McCain traba su pie en la brecha de Lippman. Estados Unidos no tiene el derecho ni los recursos para democratizar Cuba. El objetivo de evitar la sucesión de Fidel a Raúl Castro, ya fracasó. La sucesión es un hecho.

Toda la estrategia de imponer al exilio de derecha ha fracasado, desde Playa Girón hasta el reciente desvío de recursos del Centro para una Cuba Libre, con dinero que se suponía era para la oposición interna. (Un matiz importante entre Obama y McCain es que el primero quiere mayor transparencia y fiscalización de los programas de ayuda a la disidencia, para que menos recursos se queden en el lado norte del Estrecho de la Florida).

La selección de los opositores, según su obediencia a la agenda derechista exiliada, tratando de dictar el futuro de la Isla por control remoto desde Miami, ha sido rechazada por los que dentro de Cuba, desde la oposición moderada, las comunidades religiosas y los sectores reformistas del gobierno, abogan por aperturas.

Al dedicar el grueso de su texto a las propiedades nacionalizadas, la Ley Helms-Burton define la lucha por la democracia en Cuba en términos irrelevantes para la mayoría de la población. Para la mayoría de los cubanos, una mejor definición de los derechos de propiedad es poder comprar y vender sus casas, poner negocios privados o, si se vive fuera, poder invertir en negocios en la Isla, como hacen los ciudadanos de Vietnam y China que viven en otros países.

Un ajuste necesario

Las premisas de la Helms-Burton son rechazadas hasta por los que han trabajado para tan funesta estrategia. Gary Maybarduck, que participó en la Comisión para una Cuba Libre, ha revelado que en ese ejercicio hubo consenso en que el requerimiento de las compensaciones o restituciones de propiedades, para considerar un gobierno cubano de transición o democrático, es impracticable.

El mismísimo informe preparado por la Universidad Creighton, de Nebraska, por pedido de la Comisión para una Cuba Libre, ataca la premisa de la Helms-Burton sobre la presentación de reclamaciones de ciudadanos cubanos, respecto a las nacionalizaciones, como problema norteamericano. Según el informe de Creighton, no hay base en el derecho internacional para la intervención de EE UU en un tema que es de estricta soberanía cubana.

La ex secretaria de Estado, Madeleine Albright, ha escrito que la Ley Helms-Burton "limita seriamente lo que cualquier administración puede hacer para preparar el día en que Castro abandone la escena". Para trascender partidismos —como ambos candidatos abogan—, el primer paso es restituir al presidente la capacidad de reciprocar con flexibilidad los cambios que ocurran en la Isla, y eliminar las tensiones que la ley causa en relación con otros países, como Canadá y la Unión Europea.

La derogación de la ley no es una concesión a los Castro, sino un ajuste necesario para la promoción de los derechos humanos y la reconciliación nacional.

Probabilidad de éxito: nula

¿Cómo la Ley Helms-Burton paraliza la propuesta de McCain?

El senador de Arizona ha dicho que no conversará con Raúl Castro, pero iniciará un "activo diálogo" con los países "amigos" para desarrollar un plan para la Cuba post-Castro. McCain ha propuesto crear una liga de las democracias, con más legitimidad que Naciones Unidas, para discutir entre demócratas cómo lidiar con países como Irán, Cuba o Birmania.

¿Qué pasaría si la administración McCain trae el tema de Cuba ante una hipotética liga de las democracias, en un diálogo trasatlántico o en la OEA?

Hay suficiente evidencia para afirmar que Estados Unidos no recibiría más apoyo para su política que el que ahora tiene: nulo. La Unión Europea y Canadá consideran el embargo como inmoral y contraproducente. Para ambos actores, la extraterritorialidad de la Helms-Burton es inaceptable.

En América Latina, McCain habita el mundo del querer. ¿Por qué presidentes de derecha, como Uribe o Calderón, con suficientes problemas en sus países, se van a buscar una bronca con La Habana o Caracas? ¿Quiénes van a acatar la Helms-Burton? ¿Lula, Chávez, Morales o Correa?

Si el propósito es aislar a La Habana, la historia de la Guerra Fría demuestra que los países que no son aliados de Estados Unidos, cuentan. Por cortesía de la guerra de Irak, la falta de una política energética y por la negligencia de otras áreas del mundo, Rusia, China y hasta Irán andan en América Latina sueltos y sin vacunar.

Para ponerle la fresilla al pastel, basta incluir las dos democracias más importantes de Asia y África: India y Sudáfrica. Ambos países, como otros en sus continentes, negocian y cooperan con La Habana en exploración petrolera, comercio y, por último pero no menos importante, en el intercambio médico e inversiones. ¿Ha olvidado McCain quién preside el Movimiento de los No Alineados?

No es que McCain esté errado al buscar aliados para contrastar el sistema unipartidista, los presos de conciencia o la economía controlada de Cuba, con los valores del mundo democrático. Estados Unidos no es tan poderoso como McCain piensa, pero la nación norteamericana es suficientemente fuerte y atractiva como para obtener importantes apoyos en su política hacia La Habana, si ésta se basa en un compromiso real con los derechos humanos.

El tema es que, sin seguidores, un líder no es tal. Estados Unidos no puede promover la democracia en Cuba rechazando las opiniones de todo el mundo sobre su política, incluido sus aliados más cercanos.

¿Qué esperar?

¿Puede McCain trascender la politiquería que ha caracterizado la política estadounidense hacia La Habana?

No apostaría la finca a esa posibilidad, pero tampoco cerraría las puertas. Independientemente de quién sea el presidente de Estados Unidos, el comercio agrícola con Cuba seguirá en ascenso. Si hay una reforma económica mínima —al estilo de la descrita por los que atribuyen a Raúl Castro simpatías por el modelo chino—, o si se sigue descubriendo petróleo en la plataforma cubana, los apetitos empresariales norteamericanos se multiplicarán. Contra ese buldózer, el aparatito del exilio de derecha en el Congreso, no tiene espalda. "The business of America —decía el presidente Calvin Coolidge— is business".

En ausencia de un incidente como el derribo de las avionetas en 1996, en el que McCain haría lucir a Dick Cheney como Mahatma Gandhi, su gobierno no será peor que el de Bush. El senador de Arizona no tiene un hermano gobernando la Florida con sueños presidenciales.

Contrario a las distorsiones demócratas de su récord legislativo, McCain ha demostrado suficiente independencia de las fuerzas más ideológicas de su partido, en temas como inmigración y reforma electoral. Aunque sufrió tortura en Vietnam, McCain tuvo suficiente aplomo para apoyar la apertura de Clinton con ese país, ante la comunidad de veteranos y familiares de perdidos en acción o en las prisiones vietnamitas. Hay quien recuerda que en su campaña presidencial de 2000, McCain habló de mirar a Cuba con los estándares aplicados a Vietnam antes de la normalización.

Si el Congreso —que será demócrata con certeza— aprueba cambios en la política hacia La Habana, o si el exilio elige candidatos opuestos a las medidas adoptadas por Bush contra la familia cubana, es difícil imaginar que McCain ponga el dedo en el dique.

Si no hubiese otro consuelo, está la realidad. McCain puede despotricar cuanto le plazca contra Fidel Castro en Miami (el lugar no es accidente), olvidando de paso que con un Congreso y un presidente republicano, Estados Unidos se convirtió en el quinto socio comercial de la Isla (ese olvido tampoco es casualidad).

Cubanos buenos, traumatizados por los abusos del sistema comunista, pueden agitar banderitas, mientras los políticos republicanos los escupen con promesas del "próximo año en La Habana". Pueden pensar que está lloviendo o enfrentar la realidad de que los están engañando otra vez. Con la Ley Helms-Burton, la política de EE UU está derrotada antes de empezar.


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