Actualizado: 21/08/2019 5:32
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A debate

El discurso de la raza

Hablar de un Martí que 'marca a los negros como elementos sospechosos', es trastocar uno de los aspectos medulares de su escritura.

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Resulta difícil debatir ideas que se proponen sin su locus geográfico e histórico, que se exhiben sin fundamentos epistemológicos, que apenas atienden a la metodología y, sobre todo, se comunican —hasta el discurso filosófico es diálogo, asegura Raimon Panikkar— sin el temblor, las escisiones, cruces, tensiones y las fugas que enseña el pensamiento postmoderno, muy alejado de lo fijo y estatuario, del progreso como recta obligación, uno de los fardos del Iluminismo.

Por cierto, que durante el Iluminismo se construyeron, junto con las ideas de igualdad humana, las bases ideológicas del racismo, afirma el sociólogo José J. Gómez en su indagación del racismo en México. Tanto unas como las otras nacieron prácticamente con los primeros vagidos de la modernidad, uno de cuyos nudos Mignolo sitúa, no sin buenas razones, en "la emergencia del circuito comercial del Atlántico", cuando "capitalismo y epistemología comenzaron a encontrarse y, desde entonces [siguen] líneas paralelas".

Por mucho tiempo habrá que recoger del intelectual negro Frantz Fanon —una de las principales fuentes teóricas de Wallerstein— que el eurocentrismo se fundó sobre la noción de raza, que en lo que tiene que ver con América Latina probablemente veló sus armas en las llamadas guerras de "Reconquista" en la península ibérica, argumenta Aníbal Quijano.

Cercano también a la obra de Fanon, coloca Quijano la raza y, desde luego, la discriminación, como puntal de la "colonialidad del poder", campo de relaciones nada coyunturales, sino "históricamente necesarias y permanentes".

Fue entre las rejas de la "colonialidad del poder" decimonónico en que arribó al mundo, desplegó sus alas, acertó, se equivocó, maduró y fue radicalizándose José Martí.

Suscita extrañeza

Después de un estudio augural como el que Julio Ramos dedicó a Bello, Sarmiento, Darío y Martí, los de Susana Rotker y el de Rafael Rojas —me refiero específicamente a José Martí: la invención de Cuba—, resulta por lo menos raro un artículo como "Vigilar, temer y reformar", del poeta y académico Jorge Camacho, publicado recientemente en CUBAENCUENTRO.com bajo el epígrafe "A Debate".

Ramos, Rotker y Rojas asientan sus ensayos sobre el análisis de la literatura, la historia, la política e incluso el devenir cubano en teorías como la de Anderson, amén de otras numerosas intertextualidades. Pero, de dónde parte la extrañeza que suscita el artículo de Camacho, que debe haber leído a los autores mencionados.

El articulista evita —la historiografía cubana pide a gritos una suerte de arqueología del pensamiento de Martí sobre los negros— brindar a Martí en sus desarrollos, en las superaciones de su propia obra, en la dialéctica de lo que Marinello llamó su ímpetu proteico. Por todo esto, empuja Camacho al lector no totalmente enterado del corpus martiano —y la hermenéutica implícita— a convertirse en un confuso productor del texto Vigilar, temer y reformar.

Cuando hablo de hermenéutica del lector, apunto las acumulaciones que van desde Schleiermacher a Ricoeur, pasando por Dilthey, Heidegger y los autores que lidera Van Dijk en su campo, que está más allá del discurso escritural en que se mueve generalmente el resto.

Si Camacho da la impresión de no querer hacer de Martí algo marmóreo y señala que podía ser tan "determinista" como "optimista", y tan "revolucionario" como "evolucionista", termina por ofrecer un panorama informe y nebuloso.

Otras confusiones

La inscripción con que comienza el artículo que analizamos reza: "Era ese signo de propiedad que cada naturaleza pone a su hombre", extraído de la crónica "El Terremoto de Charleston", de 1886. Y pronto cita uno de los apuntes martianos que, a propósito, no son "íntimos", sino anotaciones, como otras muchas en sus Obras completas que tratan disímiles temas. Aquí le llamaremos apunte o párrafo transcrito.

Dice Martí: "Me desperté hoy, 20 de Agosto formulando en palabras como resumen de ideas maduradas y dilucidadas durante el sueño, los elementos sociales que pondrá después de su liberación en la Isla de Cuba la raza negra. No las apariencias, sino las fuerzas vivas. No la raza negra como unidad, porque no lo es, —sino estudiada en sus varios espíritus o fuerzas, con el ánimo de ver, si no es cierto como parece, que en ella misma, en una sección de ella, hay material para elaborar el remedio contra los caracteres primitivos que desarrollarán por herencia, con grande peligro de un país que de arriba viene acrisolado y culto, los sucesores directos o cercanos de los negros de África salvaje, que no han pasado aún por la serie de trances necesarios para dejar de revelar en el ejercicio de los derechos públicos la naturalidad brutal correspondiente a su corta vida histórica—" (OC XVIII, 284).

Rojas, que entre otros ensayistas cita este párrafo en su libro martiano, señala que el mismo pudo haberse escrito en el verano 1880-1881, y además de volver a precisar su concreción, "aquí", menciona varios textos donde Martí "trató de liberar su discurso de esos enunciados eugenésicos y racistas". Esto falta —y es capital— en el artículo de Camacho.

Los dos pensamientos anteriores —el de Charleston y el apunte—, el autor los relaciona sin aclarar que uno pertenece fundamentalmente al campo de la sociología y el otro, también fundamentalmente, al campo de la cultura.

Pero lo más importante es que la relación establecida falla en un punto neurálgico: no indica Martí hacia el "signo de propiedad" que "traía la raza negra en la sangre" (estas ideas pertenecen a sitios distintos de la crónica) y son "llamada[s] a reproducir ciertos males" sociológicos, como interpreta el profesor. Martí no habla aquí de sociología, sino de identidad cultural, y este es, precisamente, uno de los sentidos de la crónica que resalta Rotker.

Veamos si trata en lo fundamental de sociología o identidad cultural, la cita escogida por Camacho: "…de la empañada memoria de los pobres negros iba surgiendo a su rostro una naturaleza extraña; ¡era la raza comprimida, era el África de los padres y de los abuelos, era ese signo de propiedad que cada naturaleza pone a su hombre, y a despecho de todo accidente y violación humana, vive su vida y se abre su camino!".

Si varía el significado del "signo de propiedad" al entregarlo sin sus alrededores, nuestro amigo alega que tal signo, reproductor de males le atribuye a Martí, lo "traía la raza negra en la sangre". Volvamos a lo que escribió Martí: "Pero ni la esclavitud que apagaría al mismo sol, puede apagar completamente el espíritu de una raza: ¡así se la vio surgir en estas almas calladas cuando el mayor espanto de su vida sacudió en lo heredado de su sangre lo que traen en ella de viento de selva, de oscilación de mimbre, de ruido de caña!".

Aunque hay mucho más, una última constatación, que debe conjugarse con el cuadro en que los negros montan muertos, como diríamos en Cuba, y que Martí llama "convertidos". Tampoco se debe disociar del señalamiento en que los "blancos cultos" se unen —y cobijan— en el canto de los negros en el peor instante del terremoto, o lo que es lo mismo, se cobijan en la expresión cultural, en el "espíritu de una raza".

Con argumentos muy atendibles, Juliette Oullion (véase en el mismo sentido a Marcia Yoskowitz) indica que en "El Terremoto de Charleston" es la primera vez que el afroamericano adquiere "cierta densidad" en sus crónicas sobre Estados Unidos. La crónica, sin duda, es un momento de transición, que no excluye frases problemáticas. Entre 1887 y 1891 Martí atenderá la "discriminación" "como sinónimo de segregación", acota Oullion.

Otras posturas martianas con costados polémicos no se acercarán al determinismo del párrafo transcripto por Camacho, nunca publicado por Martí. Lo que en realidad sucede es que van escaseando en su obra a medida que va madurando, radicalizándose en el tema, y resistiendo. El apunte de marras constituye un "aquí", un momento que con el tiempo desembocará en posturas de pleno siglo XX. Martí llega a abordar el asunto de las razas, "en sus grandes líneas, de la misma manera que lo haría un contemporáneo", afirma Oullion, que publica en 1968 su estudio "La Discriminación Racial en Estados Unidos vista por José Martí".

Hablar entonces, en perspectiva totalizante, de un Martí que "marca a los negros, ya de por vida, como elementos sospechosos dentro de la comunidad blanca", es trastocar uno de los aspectos medulares de su escritura. Es convertir un apunte en metanarrativa.

Arguye el autor que Martí no se pregunta sobre el derecho de los negros. Es cierto. Él aboga firmemente, en incontables ocasiones, por un "derecho riguroso", que llama también "derecho real". Y al derecho del negro alude, a propósito, hasta en el párrafo transcrito. Basta, por otra parte, leer "Mi Raza", 1893, donde la palabra derecho para los negros se reitera más de diez veces en dos páginas y media.

Para entender con más amplitud estos y otros ángulos del artículo de Jorge Camacho, léase en CUBAENCUENTRO.com "Entre 'Montecristi' y La historia me Absolverá. El problema racial cubano bajo el prisma de la historia, la política y la academia". En "El Negro en la Visión Antropológica de José Martí", publicado en la revista Islas, se comienza precisamente por el apunte citado, pero las conclusiones son diametralmente opuestas a las de Camacho. Al articulista le bastó con revisar —también— las ideas posteriores, producidas en cerca de 15 años, de Martí sobre los negros.

Martí y Foucault

El pretender probar con Martí los postulados de Michelle Foucault no me parece exacto, incluso justo. A pesar de que sus análisis acumulan en general sólida validez, a Foucault habría acaso que reprocharle el no profundizar en el poder como hecho "fáctico" —lo que Nietzsche llama "voluntad de poder"—, que no tiene que ser obligatoriamente perverso y fuente de corrupción, que es lo que estudia el catedrático francés.

Este supo que la moral de la tolerancia o la hermenéutica de la comprensión son otras figuras de poder. Si consultamos Nietzsche, la genealogía, la historia, germen de varios estudios posteriores, sería trabajoso ver las concepciones foucaultianas como un monolito ni como lo que un crítico llama apoteosis final.

Habría también que acotar que el Estado, que con perspicacia critica Foucault, ha sido también creador de importantes políticas sociales y, como afirma Dipesh Chakrabarty, el Estado nacional puede —y ha dado— poder a grupos marginales. El estudioso indio agrega que este es un reconocimiento indispensable para el proyecto de Subaltern Studies.

En Genealogía del racismo, escribe Foucault que el "…desciframiento de las asimetrías, reactivación de la guerra, inserción táctica del saber en la guerra. Todo esto, por los menos desde fines del siglo XVIII, no ha cesado de trabajar a Europa", y confiesa: "por cierto no es toda la historia…".

En una frase de sus veinte años, Martí, que manifiesta no pocas ideas sobre la transversalidad del ejercicio del poder en la sociedad, algo que suscribe Carlos Ripoll, asegura que el verdadero poder "no es más que el respeto a todas las manifestaciones de la justicia".


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