Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Los factores del país (II)

La destrucción de la República consumó la tradición histórica de la resistencia a la democracia y el liberalismo.

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Los factores del país (I) no intentaba responder a las grandes preguntas que suscita la conmemoración del aniversario de la República. Mi modesto propósito era recordar un poco la obra de Francisco Figueras, tan en las antípodas ideológicas —y estilísticas— de José Martí. Motivado por las interrogantes de algunos comentaristas de dicho artículo, intentaré, ahora sí, plantear el asunto desde una perspectiva más contemporánea. Se trataría, sobre todo, de sopesar la vigencia de aquellos debates, o la medida en que pueden echar alguna luz sobre la actual coyuntura histórica, marcada por la agonía del castrismo.

Ante todo, creo que la cuestión de ser o no anexionista carece de sentido, pues aquella posibilidad histórica ya no existe. De hecho, en el folleto político Cuba. Anexión o independencia, Figueras replanteó el dilema en el último momento de su historia, cuando tocaba a su fin una tradición comenzada antes de la Guerra Grande, con autores fundamentales para la prosa narrativa cubana como Cirilo Villaverde y El Lugareño.

Tampoco la autonomía es ya posible —de hecho, la anexión se planteó de nuevo en 1898, una vez que aquella había sido del todo frustrada por la guerra—, pero creo que más vigencia tiene el debate entre independentismo y autonomismo, puesto que en su centro está la cuestión de la revolución. El 20 de mayo, día de la fundación de la República, nos remite a esas dos revoluciones: la organizada por Martí contra el coloniaje español y la de 1959, encabezada por Fidel Castro, que han provocado los dos grandes parteaguas de nuestra historia.

Si el castrismo se ha legitimado en una doctrina de la historia de Cuba, que celebra uno de los polos mientras sataniza el otro —los autonomistas, según la Vulgata que aprendimos en las clases de Historia de Cuba, eran sencillamente "anticubanos"—, Figueras representa muy bien a ese autonomismo cuya discrepancia con Martí no es sólo de fondo, sino también de forma. Su estilo seco, con pretensiones científicas, pródigo en autoridades sociológicas, se sitúa decididamente en las antípodas de la "salida de bramidos" de Martí.

Si Martí dijo que "no hay razas", Figueras replica no sólo que sí las hay, sino que ello está en el centro del "problema cubano". Si Martí, preguntado sobre a qué Cuba se refería en sus optimistas discursos sobre la futura guerra, aclara que habla "del subsuelo", Figueras observa siempre a ras de suelo; a la "reivindicación de Cuba" de uno, responde la crítica de Cuba del otro.

El debate entre autonomismo e independentismo no era sólo sobre la posibilidad o conveniencia de Cuba como nación independiente —al fin y al cabo, para los autonomistas, la autonomía no era sino un momento necesario antes de la inevitable independencia—, sino también sobre la posibilidad de una Cuba nueva. La revolución era, tanto para Martí como para Manuel de la Cruz, la superación radical del orden colonial, de ahí que ambos celebren la guerra redentora como origen de una comunidad nacional.

La violencia revolucionaria viene a ser una purificación del pecado de la esclavitud y de las lacras de aquel sistema opresivo: la tea incendiaria no fue sólo la ultima ratio de los mambises, sino también una emblemática expresión de ese sentido profundo de la revolución como tábula rasa. Más realistas, los autonomistas percibían el otro lado de la guerra: el desastre económico, la ruina que al cabo provocó, el que no había razón alguna para creer que sería "breve y necesaria".

La opción por lo simbólico sobre lo material ha caracterizado, ciertamente, al castrismo, y lo distingue de un "raulismo" más centrado en la oikonomía. "Fidel es la luz", decía hace más de un año Celia Hart en Rebelión, y añadía:

"No dudo que muchos de los que sustituyan a Fidel sabrán administrar mejor 'la casa', pero con Fidel pudimos ser protagonistas del mundo. Sólo un por ciento ínfimo de la humanidad ha participado activamente como el pueblo de Cuba en la Historia reciente de la humanidad. Hemos sido actores de mil hazañas. Las historias de Girón, la Crisis de Octubre, la alfabetización, Angola… en todos esos casos estuvimos los cubanos por encima de la URSS y del socialismo establecido, de sus temores y sus conceptos".

El mito de la Revolución Cubana, encarnado en la figura de Castro, se identifica, al cabo, con el mito de la excepcionalidad de Cuba.

Reivindicación del autonomismo

La toma de partido por el independentismo sobre el autonomismo alcanzó su punto culminante hace cuarenta años. 1968 no fue sólo el año de la "ofensiva revolucionaria", sino también el de los "Cien años de lucha": ambos momentos, uno de carácter práctico, simbólico el otro, expresaban, en el fondo, una misma radicalidad. Si no era ya posible que hubieran timbiriches ni bares fuera del Estado revolucionario, tampoco había ya espacio para la nación fuera de aquella única revolución que había culminado Fidel Castro.

El antintelectualismo de semejante radicalismo revolucionario se solapó, entonces, con el antiautonomismo alimentado por la tradición marxista cubana desde los años treinta. Es significativo que en el discurso pronunciado en el acto de entrega de premios a los ganadores del concurso literario de la UNEAC en 1969, Guillén no sólo recordara la bifurcación del campo intelectual en la segunda mitad del siglo XIX en dos "grupos irreconciliables", sino que afirmó que mientras los revolucionarios se reunían para "conspirar", los autonomistas lo hacían para "formular teorías, cohonestar su miedo, intelectualizar en presuntuosas capillas y apretados manifiestos todo argumento que sirviera para desacreditar una buena carga al machete".

Dualidad aparecida nuevamente, al decir del presidente de la Unión de Escritores, a comienzos de la década del treinta, entre los comunistas, liderados por Martínez Villena, y la "clique pequeñoburguesa" del ABC, encabezada por Mañach, grupo de "teorizantes y definidores" que se "hundió naturalmente", como antes los que sostenían la política de compromiso con España. ("Acrecentar la obra propia en mensaje artístico, revolucionario y popular", Verde Olivo, 30 de noviembre de 1969).


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 'Pepito', de Armando Patterson y Gerónimo Pérez.Foto

'Pepito', de Armando Patterson y Gerónimo Pérez.