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A debate

La ilusión de Villaverde

Una normalización entre La Habana y Bruselas forzaría un debate sobre las ventajas de una política más flexible en EE UU.

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A la élite cubana le conviene evitarse tensiones internacionales, mejorar la situación económica interna y expandir las opciones del país en general y sus privilegios en particular. Precisamente porque no está en condiciones de extrema debilidad, el gobierno puede otorgar clemencia a sus opositores y evitarse los repudios continuados por los encarcelamientos de la primavera de 2003, incluso entre amplios sectores de la izquierda mundial.

Las condiciones internacionales también son favorables para esa movida. La administración Bush no va a ir a un conflicto con Europa por Cuba, cuando necesita a un occidente unido para lidiar con Irán. Europa puede dar mayor apoyo hacia la inversión de sus sectores empresariales en la Isla, sin generar mayores reacciones en Estados Unidos, con la excepción de la derecha radical cubanoamericana, un sector que cada día es electoralmente menos importante (Bush perdió Dade en 2004).

La petición europea debe concentrarse en áreas donde exista consenso con sectores significativos de la sociedad civil y disenso entre la élite. La diplomacia europea debe enfatizar una diplomacia persuasiva, cuidadosa de las sensibilidades del nacionalismo cubano.

Ejemplos de eso serían presiones por la liberación de los presos de la primavera de 2003, la abolición de la pena de muerte, y la eliminación de los permisos de viaje al extranjero y de las discriminaciones contra los nativos en las instalaciones turísticas. Esas demandas concuerdan con opiniones de las iglesias, o incluso de intelectuales y artistas dentro de las instituciones del gobierno.

Europa debe formular su iniciativa de cooperación en paralelo al gobierno y la sociedad civil con absoluta claridad y gran publicidad. Europa debe usar su amplia presencia en Cuba para asegurarse que todos los sectores conozcan la propuesta y los beneficios de elevar el nivel de relaciones.

Si los cubanos, de diferentes posiciones políticas, religiosas e intelectuales, así como los empresarios y técnicos europeos en la Isla, entienden como provechosa para sus intereses una mejor relación con Europa, crecerá la presión interna a favor de una postura cubana más constructiva.

Es importante otorgar agilidad a la política europea hacia Cuba, evitando que se pierdan oportunidades para destrabar la negociación. "El firme deseo de ser socio de Cuba en la apertura progresiva e irreversible de la economía cubana" —expresado en la Posición Común europea— es meritorio en sí mismo y no debe hacerse depender de supuestas concesiones de La Habana.

Para rebasar la parálisis de las evaluaciones periódicas sería conveniente responsabilizar al comisionado para el Desarrollo, Louis Michel, un diplomático con larga experiencia en el tratamiento del tema cubano —bajo cuya jurisdicción está la implementación del Acuerdo de Cotonou—, con negociar y proponer al consejo europeo pautas para la relación con la Isla.

La ilusión de Villaverde

Donde Villaverde decía Gran Bretaña, hoy podemos decir Europa. Los países europeos, dados los especiales vínculos económicos y culturales con Cuba y América Latina y su capacidad para una diplomacia coordinada, pueden influir favorablemente para la liberalización política cubana como ningún otro actor.

Una normalización de las relaciones entre La Habana y Bruselas daría un mazazo demoledor al tambaleante embargo norteamericano, forzando un debate sobre las ventajas de una política más flexible en Estados Unidos, coherente con sus intereses nacionales.

La ilusión de Villaverde de usar los balances de poder mundiales a favor de una Cuba independiente y democrática, un proceso que era y es esencialmente interno, quizás pueda ser una realidad.


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