Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Editorial

Europa ante el dilema

La Cumbre de Viena deja una doble preocupación: las democracias europeas disminuyen su influencia en Latinoamérica y La Habana explicita su desprecio por las gestiones de la UE.

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La Cumbre entre América Latina y la Unión Europea acaba de concluir en Viena, Austria, con varias lecturas, dos de ellas preocupantes.

La primera es la evidencia de que las consolidadas democracias europeas disminuyen su influencia en Latinoamérica, donde una parte significativa de los gobiernos o candidatos presidenciales prefiere ir de la mano del populismo de Hugo Chávez.

La segunda, el desprecio manifiesto de La Habana hacia el papel de Europa en la solución de algunos de los problemas de los cubanos.

A falta de ideas propias y de autoridad para decidir cómo maniobrar en situaciones como ésta, el vicepresidente cubano Carlos Lage arremetió contra la UE con un discurso dictado desde el Palacio de la Revolución: "Nos tiene sin cuidado si en junio próximo van a revisar sus llamadas sanciones. Resulta ridículo ese examen (…) Le sugiero a los 25 que no pierdan su tiempo, nosotros no aceptamos imposiciones. Tenemos suficiente prestigio".

La bravuconería cubana no es gratuita. Viene respaldada por un contexto en el que Fidel Castro ya no es el único y sempiterno 'luchador antisistema'. El poder imperial acumulado por Chávez en Latinoamérica a través de sus petrodólares, el intervencionismo de Evo Morales contra las inversiones extranjeras y la fractura que se está generando entre las fuerzas de izquierda en la región, alimentan la prosa populista de La Habana.

Desde la caída del Muro de Berlín, nunca antes Castro se sintió tan liberado de sus compromisos con Europa como ahora. Las políticas comunitarias de compromiso constructivo, en teoría más efectivas que las experiencias coercitivas y de aislamiento, se han ido quedando sin aire, en la misma medida en que la retórica castrista insiste en no ser parte del diálogo convocado desde Bruselas.

Quedaría entonces la duda de si lo más pertinente para los cubanos es el retorno a la política de sanciones duras o la insistencia en buscar espacios de negociación. Ambas posibilidades conllevan riesgos. Si se opta por la primera, habría que contar con el cierre de las embajadas europeas en la Isla, tras lo cual la interacción con la sociedad civil y con los posibles reformistas del mañana sería anulada.

Por otra parte, insistir en un diálogo de sordos produce una sensación de abandono, sobre todo en la disidencia interna, que ve cómo la UE habla de avanzar en negociaciones, mientras las fuerzas parapoliciales continúan reprimiendo a la oposición en las calles cubanas y no paran de enviar personas a la cárcel.

Al igual que la política de embargo económico de Estados Unidos, con sus casi cincuenta años de fracaso al hombro, la actuación de la UE con respecto al régimen imperante en Cuba está en franca crisis.

La disidencia interna denunció en octubre pasado que la Cumbre Iberoamericana había favorecido las expectativas de La Habana, indemne ante el escrutinio de la comunidad internacional. Ahora se queja, en la voz de las Damas de Blanco, de que la Cumbre de Viena haya ratificado las pretensiones del régimen sobre el embargo de EE UU y otra vez quedara relegado —con la entrada de la Isla al Consejo de Derechos Humanos de la ONU— el sensible asunto de la violación de las libertades fundamentales. En ambos casos, los acontecimientos le han dado la razón.

La Unión Europea se encuentra ante un dilema de gran magnitud.

Algo que la comunidad internacional deberá tener en cuenta, especialmente la UE y Estados Unidos, es que tras los fracasos de ambas políticas, cualquier medida que se adopte deberá contemplar, simultáneamente, un apoyo tácito a la oposición interna y un impulso en la preparación de la sociedad civil cubana para la democratización del día después, cuyo éxito es improbable en condiciones de aislamiento.