Actualizado: 03/07/2020 15:57
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OEA: Percepción y política

No sorprende que La Habana intente dar la falsa impresión de que derrotó a Washington. Lo insólito es que sea ayudada por sus acérrimos enemigos.

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En política, hay algunas reglas elementales, entre las que se encuentran no asumir metas inalcanzables como criterio de éxito, saber distinguir lo esencial de lo que no lo es y asegurarse de que lo que se gane de manera objetiva no se pierda luego por una errada percepción de lo sucedido. En política, lo subjetivo —las percepciones— cuenta.

En la asamblea de la OEA, en Honduras, el criterio de éxito de Fidel Castro no era lograr el reingreso a la institución, sino aislar a Estados Unidos en el debate. Quería que la OEA expresara un mea culpa por la resolución aprobada en 1962, y que, sobre esa base, se derogara. También aspiraba a que la organización le extendiese una amable e incondicional invitación al reingreso, haciendo caso omiso de sus prácticas, propósitos y valores en temas de derechos humanos, democracia y seguridad hemisférica colectiva. Pero eso no era todo.

Su objetivo estratégico era —y es— liquidar la OEA. Por ello, quería usar esta ocasión para dividirla y lograr que se aprobase una resolución que provocara la furia de los congresistas conservadores de EE UU. El fin era motivarlos a cortar el apoyo financiero a la organización, y empujarla a la quiebra. Sin embargo, Castro no pudo alcanzar sus metas.

Por su parte, el criterio de éxito de Estados Unidos en Honduras era impedir una derogación lagrimosa de la resolución de 1962, que, además, se tradujera en una invitación inmediata e incondicional a La Habana para que reingresara. Su objetivo estratégico era mantener la unidad de la organización —que Castro y Chávez están empeñados en destruir— y que ello se lograse reafirmando, a la vez, los pilares fundacionales de la OEA. La delegación de Washington alcanzó todo lo que se proponía.

La inevitabilidad

Los tres elementos claves de la nueva resolución son los siguientes:

a) El preámbulo recalca los principios clave en que se basa la OEA y que todavía presentan dificultades para el reingreso de La Habana (entre ellos, democracia, derechos humanos y seguridad).

b) El primer párrafo operativo dice que deja sin efecto la resolución de 1962, pero no pide excusas al gobierno de Cuba —que fue en realidad el suspendido, no el Estado cubano— por la decisión tomada entonces.

c) El segundo párrafo operativo autoriza a iniciar un proceso de diálogo con el gobierno de Cuba, si éste pidiese el reingreso. Algo extremadamente improbable mientras exista Fidel Castro. Pero la resolución especifica que el diálogo acerca de esa posibilidad ha de producirse a la luz de los principios y propósitos de la institución (antes recordados en el primer párrafo del preámbulo). Traducido al lenguaje común, esto equivale a decir que si La Habana diese el paso de solicitar su reingreso —que ha reiterado no va a dar—, no lo obtendría de forma automática, sino que se enfrentaría a un proceso de diálogo, cuya duración no se precisa, en que la solicitud se analizaría a la luz de los citados principios de la organización.

Esta era en esencia la posición declarada de antemano por Hillary Clinton. EE UU ha obtenido la aprobación de su postura por consenso, sin ir a una votación que pusiera en evidencia la falta de unanimidad en torno a su propuesta y sin arriesgarse a perderla por no obtener los apoyos suficientes.

Adicionalmente —y contrario a los objetivos de Fidel Castro—, la Administración Obama ha reforzado su imagen conciliadora al aceptar como concesión lo que resultaba obvio: la inevitabilidad de levantar una sanción de 1962, cuyo texto aludía una alianza cubana con un país inexistente desde hace 18 años. Su ausencia en la organización se explica, a partir de ahora, por motivos mucho más vigentes y claros.

Lo normal y lo insólito

La fórmula aprobada, en realidad, preserva los logros de varios años de trabajo de decenas de organizaciones de la sociedad civil regional, que promovieron con persistencia y paciencia la aprobación de la Carta Democrática Interamericana. Gracias a ese documento fueron revertidos golpes militares en Paraguay y Venezuela y se previno la ocurrencia de otros.

Haber menospreciado la vigencia y valor de ese instrumento para abrir paso a un régimen político de partido y pensamiento únicos, hubiera significado una irresponsabilidad mayúscula, de incalculables consecuencias futuras para la región.

Sucede que quienes no logran imponerse en la realidad objetiva, luego intentan declararse ganadores en las percepciones y en la subjetividad de la opinión publica. Cuando se llega a un acuerdo por consenso, ocurre a menudo que la batalla negociadora se transforma en una nueva contienda por manipular la percepción sobre lo sucedido.

Cada cual quiere que la opinión pública vea los resultados de la negociación del modo que mejor sirve a sus intereses. Quieren ganar en los periódicos lo que no alcanzaron en la mesa de conversaciones. No sorprende por ello que La Habana y sus amigos traten de dar la falsa impresión de que impusieron una derrota rotunda a la actual Administración de Estados Unidos. Eso es normal. Lo insólito es que en ese esfuerzo sean ayudados por quienes se proclaman sus acérrimos enemigos.

Hay cierto sector de la prensa y el público cubanoamericano que alberga sentimientos tan negativos hacia Obama como el propio Fidel Castro. No se trata de ser o no simpatizante del Partido Republicano. Es un estado mental. Exhiben una vocación permanente por anotarle derrotas a la Casa Blanca, incluso donde ninguna ha ocurrido.

Algunas de esas personas han decidido sumarse a la interpretación castrista de lo ocurrido en Honduras e impulsar el único objetivo —ya perdidos los demás— que queda pendiente al caudillo cubano: la liquidación de la OEA por vía del recorte financiero. Los extremos siempre se tocan.


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Manuel Zelaya, presidente de Honduras, interpretó la derogación de la resolución de 1962 como una absolución de Fidel Castro. (AFP)Foto

Manuel Zelaya, presidente de Honduras, interpretó la derogación de la resolución de 1962 como una absolución de Fidel Castro. (AFP)