Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Una decisión histórica

Era anacrónico que Cuba siguiera excluida de la OEA por su relación con el 'eje chino-soviético', cuando la URSS no existe y China es socio de EE UU.

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Al derogar la resolución sexta de Punta del Este (1962), la OEA cerró un capítulo oscuro de su historia. La clave para respetar los principios del sistema interamericano y remover una exclusión de 47 años, estuvo en separar la derogación de la resolución VI de Punta del Este del proceso de readmisión del gobierno cubano.

La resolución de San Pedro Sula es una victoria histórica del panamericanismo democrático. La mayoría de los cancilleres no sólo derogaron la resolución VI de Punta del Este (1962), sino que ofrecieron a La Habana disculpas por la desviación que representó la misma de los principios recogidos en la Carta de Bogotá (artículo 3). A la vez, la resolución ofrece a La Habana un camino sin condiciones para retornar a la organización continental, "de conformidad con las prácticas, propósitos y principios de la OEA".

Rectificando una injusticia

Cuba fue excluida de la OEA por rebelarse contra el esquema de soberanía limitada que las administraciones Eisenhower y Kennedy pretendieron imponerle. En lugar de demandar elecciones multipartidistas al gobierno revolucionario —como sugirió Arthur Schlesinger al presidente Kennedy—, Estados Unidos usó a la OEA para excluir al gobierno cubano por su orientación política.

La resolución VI de Punta del Este no se basó en la defensa de la democracia, sino en la exclusión ideológica. Guatemala y Nicaragua, desde donde se entrenó y partió la invasión de Bahía de Cochinos, así como Paraguay y Haití, tenían dictaduras de derecha que votaron por la separación de Cuba. En San Pedro Sula, los gobiernos democráticos de esos países respaldaron la derogación de la resolución VI.

La resolución VI era, junto el embargo y el comunismo cubano, una de las últimas reliquias hemisféricas de la Guerra Fría. Era anacrónico que Cuba siguiera excluida del sistema interamericano por ser marxista o por su relación con un supuesto "eje chino-soviético", cuando la Unión Soviética no existe y la Republica Popular China es miembro asociado del Banco Interamericano de Desarrollo y principal socio comercial de varias economías de la región, incluyendo a Estados Unidos.

¿Ministerio de colonias yanquis?

El resultado de San Pedro Sula demuestra que la OEA actual es diferente de la que separó a Cuba, con la complicidad de Somoza e Ydígoras y el soborno a Duvalier. Los gobiernos de la región, sean marxistas o no, son legítimos si respetan la democracia representativa. Sin ese progreso democrático no se entendería esta actualización del tratamiento de Cuba. El pluralismo ideológico es hoy principio del sistema interamericano.

La OEA actual aceptó la norma de gobernabilidad democrática a partir de la resolución 1080 de 1991 y de la Carta Democrática Interamericana (2001). En términos de membresía, la organización incluye hoy a todos los países del continente. En todos sus miembros, la oposición política existe legalmente.

Hoy, el derecho a la democracia representativa, consagrado en la Carta de Bogota, es una realidad imperfecta, pero vigente en todos los países miembros. La OEA se ha opuesto a todos los golpe de Estado en las Américas desde 1991. El consenso alcanzado en San Pedro Sula prueba que el membrete de "ministerio de colonias yanquis", repetido contra la OEA, es un cliché ideológico.

El futuro es más importante que el pasado

Tan cierto es que Cuba fue excluida del sistema interamericano injustamente, como que la OEA actual es una organización de gobiernos elegidos por sus pueblos, siguiendo los principios de la democracia representativa de la Carta Democrática. La solución de San Pedro Sula ante esas dos realidades fue derogar la resolución de Punta del Este e invitar a La Habana a un diálogo para su integración a la organización.

Lo mejor es comenzar el acercamiento por temas nobles, como son el intercambio educativo, la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico, las pandemias, la cooperación en la protección fitosanitaria, el enfrentamiento a huracanes. En la medida en que se consolide la interacción, será posible discutir la aceptación cubana de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cuya creación fue aprobada por el gobierno revolucionario en 1959; la colaboración con las misiones de observación electoral y la adhesión a la Carta Democrática Interamericana y a la Carta Social, en proceso de elaboración.

La Habana, por su parte, debe repensar la percepción del sistema interamericano que desarrolló, en casi cinco décadas de exclusión, y que Granma sigue destilando. El sistema interamericano es cada vez menos una amenaza para la seguridad nacional cubana, como lo fue en Playa Girón en 1961. Al frente de la OEA está un socialista chileno, que respaldó hasta su muerte a Salvador Allende, un presidente socialista y democrático. La resolución VI nunca podría aprobarse hoy.

Instituciones como el Instituto Interamericano de Agricultura, las becas OEA o el Banco Interamericano de Desarrollo, son oportunidades y no amenazas para el desarrollo económico, la apertura y la inserción de Cuba, un país abocado a una reforma económica y a una liberalización que los cubanos piden con urgencia. Las organizaciones regionales latinoamericanas y caribeñas de integración son pilares, no sustitutos para el diálogo y la colaboración a nivel hemisférico.

La obsesión de algunos nacionalismos latinoamericanos por enfrentar a Estados Unidos, a partir de diferencias histórico-culturales entre la cultura latina mestiza y la matriz norteamericana anglosajona, es rezago de posiciones ancladas en el siglo XIX. Aquellas realidades justificaron que Bolívar y Martí pensaran la América Latina, de raíz mestiza, en oposición a la visión protestante y anglosajona de Estados Unidos.

Durante el siglo XX, especialmente en su segunda mitad, procesos de transnacionalización, integración cultural y globalización han cambiado la sociedad norteamericana, en formas que demandan un replanteamiento de esas propuestas.

Hoy, la América Latina no termina en el Río Grande, pues las poblaciones latinas, mestizas, negras e indoamericanas son un componente esencial del tejido social y de la identidad de Estados Unidos. El norte y el sur de las Américas están ligados inextricablemente.

Un nacionalismo latinoamericano del siglo XXI debe enfatizar la transformación de la OEA en instrumento efectivo para soluciones multilaterales de integración panamericana, no su fin. En momentos en que el ciclo del embargo se cierra, el nacionalismo cubano debe rebasar la agenda de resistencia y pensar el desarrollo económico como prioridad.

Victoria de todos

Cortar los fondos norteamericanos a la OEA —como han propuesto el senador Robert Menéndez (D-NJ), el representante Connie Mack y un grupo de legisladores afiliados a la derecha cubana exiliada—, demuestra sólo hasta dónde ellos están dispuestos a dañar los intereses nacionales de Estados Unidos en su ánimo revanchista.

En tiempos en que la izquierda caudillista del presidente Chávez arremete contra las instituciones del sistema interamericano, y la democracia representativa experimenta una crisis de crecimiento, es urgente que Estados Unidos se comprometa con el funcionamiento eficiente y consensuado de las organizaciones multilaterales y se comporte con la dignidad de una potencia hemisférica democrática.

El consenso logrado por los cancilleres es la expresión de los nuevos tiempos. Los países del ALBA lograron que la resolución no incluyera exigencias difíciles, con las cuales hubiese sido imposible dialogar con el régimen.

El resto del continente, más comprometido con la norma hemisférica de gobernabilidad democrática, garantizó con el segundo componente de la parte resolutiva que todo diálogo con La Habana para su readmisión debe ubicarse dentro de las normas adoptadas por la organización, incluida la Carta Interamericana democrática de 2001. Fue una victoria de todos.


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Sesión de la OEA, el miércoles 3 de junio, en San Pedro Sula. (REUTERS)Foto

Sesión de la OEA, el miércoles 3 de junio, en San Pedro Sula. (REUTERS)