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Actualizado: 23/05/2019 11:26

Mapas, Relictos, Colonización

Los «relictos» habaneros

Si los “relictos” de los corrales y hatos llegaron hasta hoy, sobreviviendo la debacle agraria que ha asolado nuestro país, entonces les podemos augurar una larga vida

Todo el mundo conoce, o por lo menos ha oído hablar de los dibujos de Nazca, pero difícilmente de los “relictos”[1] habaneros, y nos referimos a círculos o arcos de círculos que se inscriben sobre el territorio de La Habana y también en otras provincias.

Estos círculos, o arcos, se pueden apreciar en un mapa 1:50000 o de mayor escala, o si sobrevolamos a buena altura ese territorio[2]; actualmente es posible hacerlo al simplemente buscar las imágenes de satélite, que se pueden encontrar en distintos ‘site’ de Internet si buscamos por ejemplo la zona sur-oeste de la actual provincia de Artemisa.

Puede haberle ocurrido a quien haya tomado alguna de las estrechas carreteras del sur habanero y se haya percatado de que la misma sigue una trayectoria bastante rara, son largas curvas, sin justificación aparente[3]. Esos caminos y carreteras que presentan extensos arcos de círculos están siguiendo el trazado o linderos de los corrales o haciendas circulares que el cabildo habanero entregó en posesión a la aristocracia terrateniente de los siglos XVI y XVII básicamente.

El cabildo de La Habana con alegría y entusiasmo repartió corrales, hatos y estancias al “buen tun-tun”, generando tal desastre que tomó varias décadas el solucionar el enredo que crearon. Eran aquellos inefables tiempos en que al recibir una real orden, que generalmente llegaba con casi un año de retraso firmada por la augusta persona, ni resolvía la situación que había demandado el interés del Rey, ni se ajustaba a los deseos de la poderosa, relativamente, oligarquía habanera. De ahí la deliciosa actuación de los regidores que tendría gran trascendencia en la sicología del cubano de los siglos posteriores, y que consistía en poner sobre su cabeza la orden real y proclamar con voz profunda y bien articulada: “Se acata… pero no se cumple”. Las haciendas[4] ganaderas fueron ‘legalizadas’ en 1574 por las Ordenanzas de Cáceres.

Pero dejemos a un buen conocedor[5] del tema que nos diga cómo ocurrieron los hechos:

“Cuando se mercedaron las primeras haciendas no se sabía la magnitud que debían tener ni que figura se les debía dar; por esto y por el poquísimo valor que entonces tenían, se situaban los agraciados muy próximos los unos a los otros conciliando en la facilidad en la comunicación, y situándose de modo que ocuparan el centro de un espacio suficiente para extender los ganados alrededor de la posesión. Después se adoptó la figura circular prefiriendo las mercedes por su antigüedad, y sucedió quedar dentro de una hacienda los asientos de otras varias, quedando estas en formas muy irregulares y caprichosas, de medias lunas, de devanadores, etc. (…)” pág. 154

“Empezaron a repartirse los terrenos de la Isla en el año 1550, cincuenta y ocho años después de su descubrimiento y treinta y cinco de la fundación de la Habana. En 30 de septiembre de 1552 acordó el cabildo que ninguna persona monteara dos leguas a la redonda.

En 1579 el gobernador licenciado Gaspar de Toro comisionó a Luis de la Peña para fijar las medidas de la Isla, y este adoptó la exótica figura circular, que es la causa y lo será por largo tiempo de los pleitos sobre límites. No es a la verdad, la causa próxima de los litigios, sino los puntos céntricos, o asientos primitivos, de cuya posición depende la de los límites. Estos centros, unas veces por abandono y otras por malicia, han variado de posición. Se trata, por ejemplo, de deslindar una hacienda de su vecina, se hace por malicia avanzar el centro, y de hecho avanza también su circunferencia o límite para apoderarse de sus terrenos, pastos o abrevaderos (...)” pág. 152-153

Al parecer fue ese Luis de la Peña el que creó esas originales haciendas circulares que no existen en ningún otro lugar además de Cuba y que han dejado estos enigmáticos ‘relictos’.

¿Cómo han llegado a nosotros estos ‘relictos’ con más 300 o 400 años? Empecemos por decir que lo que parecen círculos en realidad no lo son sino que son polígonos regulares de 72 o 74 lados que vistos en un mapa, o desde buena altura, parecen círculos perfectos.

Pero démosle la palabra a otro especialista[6]:

“Corral.- Hacienda de campo que comprende un espacio circular de terreno de una Legua provincial el radio, destinado a la crianza de todo ganado, principalmente del menor (…) es realmente un polígono regular de setenta y cuatro lados (…) Un Corral tiene 421 caballerías y 36.625 cordeles[7] (…) pág. 185

“Hato.- Hacienda de campo que comprende un espacio circular de terreno de dos leguas provinciales el radio, destinado a la crianza de todo ganado, principalmente del mayor (…) es regularmente un polígono regular de setenta y dos lados, o de setenta y cuatro lados que fue el primero que se usó (…) Superficie Caballerías 1684.45(…)” pág. 324

Es a partir del siglo XVIII que comienzan las infinitas luchas legales para determinar la posesión, que no propiedad, de estas inmensas haciendas, un Corral tenía una legua de radio es decir 4 240 metros, por tanto un Corral con la circulación completa, lo cual era raro ya que generalmente era cortado por otros Corrales, el caso del Corral Melena es una de esas excepciones; tenía 420,85 caballerías. Un Hato con el doble de radio tenía 1683,36 caballerías.

A partir de mediados de mediados del siglo XVIII los agrimensores o “amojonadores” que procedieron a delimitar esas mercedes, hicieron su “zafra”, ya que lo que les sobró fue trabajo ─y broncas con los que se consideraron afectados por sus mediciones─ y crearon esos linderos que fueron respetados al trazar los caminos y que hasta hoy se pueden observar.

¿Se cometían errores?, claro que se cometían, como decía Esteban Pichardo, nuestro ‘Cartógrafo Mayor’: “¿y quién podrá medir una línea de dos leguas en Cuba sin equivocarse en seis varas?”. Claro un error de seis varas representaba unas cuantas caballerías de más, o de menos.

En el mapa que acompaña este trabajo se podrán observar los “relictos”[8] que aún persistían en los años 50 a partir de un acucioso análisis de las fotos aéreas que ya mencioné, muchos de ellos aún perduran de acuerdo a las imágenes satelitales, pero quiero detenerme en dos de esos ‘relictos’ el de Xiaraco o Jiaraco y el de Rio Bayamo.

El Corral Xiaraco fue uno de los más cercanos a la ciudad de La Habana, respetando la prohibición de dos leguas establecida por el Cabildo, y fue quizás el único en el que su poseedor —que legalmente no era propietario ya que la propiedad estaba en manos del Rey— pidió permiso para fundar una ciudad, en otros como es el caso de Juan Núñez de Castilla que fundó San Felipe y Santiago del Bejucal sin la aprobación a su solicitud, lo cual no impidió que más tarde fuera proclamado Marqués:

“En ‘Testimonio de los autos en que su Magestad (Dios le guarde) conzede licencias al conde de Casa Bayona para que en el ingenio Quiebra Hacha y corral Jiaraco funde una ciudad con el título de Santa María del Rosario, teniendo la jurisdicción que comprehende dicho ingenio y corral, reglada a los capítulos insertos en el real horden, su fecha en Seuilla a quatro de abril de mil setecientos treinta y dos; y lo que se ha proveído en su cumplimiento por este superior govierno hasta ponerle en posesión y lo demás, etc.’ 1733, tras el fol. 36”[9]

En el caso del hato Río Bayamo del cual ya hemos hablado[10] debemos señalar su carácter anómalo, pero no único ya que en otras regiones del país existieron hatos similares en cuanto al tamaño, tenía tres leguas de radio, lo cual hace que comprendiese 3787,57 caballerías y fue otorgado a los aborígenes que habían sido concentrado en Guanabacoa según consta en:

“Testimonio de los autos seguidos por los comisarios y syndico procurador general de la villa de Guanavacoa, cedidos sobre la poseción de sobras y guecos de tierras concedidos por su Magestad a los naturales de dicha villa', año 1768, fol. 33”[11]

Documento que corrobora la concesión que le hiciera el Cabildo el 12 de junio de 1554 par de siglos antes.

Pero esa inmensa hacienda fue víctima, sus usufructuarios, de múltiples enajenaciones.

Marcos A. Rodríguez Villamil[12] nos relata la dramática historia de los pleitos por tierras, recurso principal para la sobrevivencia de las poblaciones aborígenes.

Los despojos comenzaron temprano y uno de estos geófagos fue el cura Mathías de León Castellanos que comenzó arrebatándole su estancia al indio Luis de Aguilar que le habían concedido en 1611, después arremetió contra el hato Río Bayamo que colindaba con el corral Managuana que él poseía.

“Testimonio del quaderno 2º de los autos obrados sobre las denuncias hechas por don Mathías de León Castellanos y don Pedro García Menocal, con los naturales de Guanabacoa', de 1758, Fechado por Domingo Arrasate en 28 de febrero de 1729 Presentado por Guanabacoa en 1748. fols. 221-222”[13]

Como se evidencia en la cita anterior las demandas se remontan a 1729 que es la fecha en que el agrimensor Domingo Arrasate preparó el plano que acompañó el auto y 29 años después aún continuaba el litigio. Pedro García Menocal que obtuvo tierras en propiedad con la demolición del corral Managuana[14] y que extendió hacia el Río Bayamo es quien le da nombre al pequeño poblado de Menocal entre Managua y San Antonio de las Vegas. Este geófago también obtuvo tierras del realengo entre los Corrales Xiaraco, Managuana y Chorrera[15]. Del hato Río Bayamo solo quedaba en los años 50 el mínimo “relicto” que aparece en el mapa de los “relictos” y el nombre del barrio Bayamo del municipio de Melena del Sur, este barrio desapareció en los años 70.

La Real Cédula emitida en 1819 para definir los propietarios legítimos, no reconoció a los campesinos que trabajaban las tierras realengas. Por esa razón más de 10 mil familias fueron despojadas de la tierra. El proceso de transformación de los corrales y hatos en pequeñas, medianas y grandes haciendas llevó años, miles de legajos en el Archivo Nacional de Cuba recogen las batallas legales que se originaron en el proceso que conocemos como demolición de las haciendas comunales, que fue una de las consecuencias del auge azucarero, que en la zona que aquí comentamos llegó a su etapa de auge entre 1700 y 1750, más tempranamente que en el resto del país.

Si los “relictos” de los corrales y hatos llegaron hasta hoy, sobreviviendo la debacle agraria que ha asolado nuestro país, entonces les podemos augurar una larga vida, pero en honor a la verdad en La Habana quedan otros “relictos” como son los restos de los edificios que se han derrumbado en Centro Habana; los buenos modales de las personas decentes que aún cohabitan en ese descalabro; los jóvenes que no se prostituyen; los vendedores de maní tostado en el Malecón, todos ellos ‘relictos’ de una época casi olvidada, por algunos, o desconocida por las nuevas generaciones.


[1] Acuñé el concepto de “relicto”, (que es más bien un término jurídico, o que remite a los remanentes supervivientes de fenómenos naturales, o a especies vivas con una distribución muy reducida por causas naturales o por causa del ser humano, comparada con la que anteriormente tuvieron) para referirme a las huellas de viejas construcciones, caminos, etc., en este caso a los linderos de los hatos y corrales lo introduje en el campo de la investigación histórica a partir de mis trabajos en la mapoteca del Archivo Nacional de Cuba. El concepto ha sido aceptado con cierta reticencia por otros investigadores cubanos.

[2] Las fotos aéreas de Cuba realizadas en 1956 por una compañía norteamericana, que no era más que una extensión del Pentágono, son inaccesibles. Incluso lo fueron para mí, que colaboré con el Instituto de Cartografía y Catastro por varios años, y que además presidía la Comisión de Historia de la Provincia Habana, me resultó aún más complicado obtener las hojas de los mapas 1:50.000 ya que tienen fines militares, los que pude obtener, junto con las fotos aéreas, estaba muy atrasado, eran de los años 70. El “síndrome del silencio” forma parte de toda la parafernalia “orwelliana” que satura el país, lo cual se manifiesta hasta en las más mínimas cosas. Es una filosofía que justifican en que Cuba está rodeada de enemigos, que está en estado de guerra permanente, que el enemigo, el imperialismo, siempre está al acecho, y que toda y cualquier información le es útil para atacarnos. Es para reírse ya que cualquiera fuera de Cuba puede obtener imágenes de satélites con una mayor definición y a todo color y además actuales.

[3] Nos referimos a los grandes arcos de círculos que por ejemplo rodean al poblado de Güira de Melena y no a los pequeños círculos que son sistemas de regadíos que al parecer no dan muchos resultados ya que la mayor parte no presentan el verdor propio a algún cultivo. En la imagen satelital se observa con claridad los arcos de círculos que aún subsisten de los Corrales Melena (que está casi completo y encierra al poblado de Güira de Melena) Cajío, Álquizar y Turibacoa, estos arcos los disfrutará el que tome la estrechísima carretera que va de Güiro Boñigal a Güira (relicto del Corral Turibacoa) o la que va desde el Gabriel a Güira (relicto del Corral Melena).

[4] Prefiero no llamarlas latifundios ya que en mi opinión el latifundio es una expresión que varía en su contenido según el país y la época y conlleva más que una mayor o menor cantidad de tierra, una relación social.

[5] Desiderio Herrera.- Agrimensura aplicada al Sistema de medidas de la Isla de Cuba. Oficina del Gobierno y Capitanía General Habana 1825.

[6] Esteban Pichardo.- Diccionario provincial casi-razonado de vozez y frases cubanas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1976.

[7] En realidad aquí Pichardo pifia, lo cual es más que aceptable, ya que mis cálculos, efectuados con una calculadora actual que él no tuvo, arrojan que el Corral tenía 420,85 Caballerías y el Hato 1683.36. Con ello no me incluyo entre los arrogantes críticos de la obra de Pichardo, peculiar costumbre la nuestra de criticar lo que ni por asomo podríamos igualar, que no se limitó al Diccionario, sino que incluye la Carta Geotopográfica de la Isla de Cuba [1870] que no tuvo rival alguno hasta los años 50 del siglo XX y que ambos son fuentes imprescindibles para el trabajo de un historiador que pretenda entender nuestro país.

[8] Queremos anotar aquí que el mapa que generalmente se usa en los libros de texto y diferentes publicaciones, es de la autoría de Ricardo V. Rousset, es una pura fantasía en donde los Corrales y Hatos jamás se entrecruzan o se superponen, sin embargo debemos apreciar que los dos tomos de donde se ha tomado ese mapa: “Historial de Cuba” Librería Cervantes Habana 1918, es el primer intento sistemático de realizar un compendio de las historias locales o regionales.

[9] Archivo General de Indias, ES.41091.AGI//MP-SANTO DOMINGO, 175

[10]https://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/otra-vez-sobre-los-aborigenes-cubanos-332658

[11] Archivo General de Indias, ES.41091.AGI//MP-SANTO_DOMINGO, 356

[12] Marcos A. Rodríguez Villamil, Indios al este de La Habana, Ensayo. Ediciones Extramuros, La Habana, 2002. Ver: “Pleitos por la tierra de los indios”, pp. 35-57

[13] Archivo General de la Indias, ES.41091.AGI//MP-SANTO_DOMINGO, 154

[14] Archivo General de la Indias, Mapas y planos, 1786 SANTO_DOMINGO, 525

[15] Archivo Nacional de Cuba, Escribanía de Hacienda, Legajo 182 #470 [1775]

© cubaencuentro

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