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Actualizado: 24/05/2024 14:27

Elecciones

Alemania contiene el aliento

El empate virtual entre Angela Merkel y Gerhard Schroeder: ¿Gran coalición, crisis de gobernabilidad o nuevos comicios?

Noche no apta para cardíacos en Alemania. Entre las 18 y 21 horas del pasado domingo 18 de septiembre, los alemanes de casi todos los pelajes ideológicos siguieron con el aliento cortado los altibajos de unos escrutinios preliminares que fueron rebanando rodaja a rodaja, como un pepino, la escasa ventaja inicial de los democratacristianos. Los socialdemócratas remataban así un repunte espectacular a partir de la controvertida moción de autocensura, cuando nadie daba un centavo por Schroeder. Al final, quedaron tendidos a un paso de la meta.

Para estupor de la nación entera, el desenlace del duelo entre el canciller federal socialdemócrata y su rival democratacristiana ha cerrado a un tris de un empate virtual, que deja en manos de la clase política el futuro de Alemania. Y es que, como el oráculo de Delfos en la antigua dramaturgia griega, el soberano acaba de emitir un vaticinio ambiguo que cada partido interpreta a su manera.

La causa profunda de la vacilación del electorado hay que buscarla en el hecho de que, a pesar de sus crecientes lamentos, los alemanes aún están lejos de haber tocado fondo en su lenta decadencia económica e institucional. Aún se vive por encima de la media europea en este país. No obstante, errático o no, no se puede tumbar al pueblo en una democracia. Por ende, aunque con las botas puestas, ha caído Schroeder.

He aquí en por cientos cómo votaron cerca de 48 millones de teutones, de unos 62 en edad de hacerlo: Partido Democratacristiano y Unión Social Cristiana [CDU/CSU: 35,2 (-3,3 con respecto a las elecciones de 2002)]; Partido Socialdemócrata [SPD: 34,3 (-4,2)]; Partido Liberal [FDP: 9,8]; La Izquierda: 8,7; Alianza 90/Los Verdes: 8,1; otros partidos en conjunto 3,8. Por tanto, la distribución de escaños en el nuevo Bundestag (Cámara Baja) quedaría como sigue: la CDU-CSU 225, SPD 222, FDP (liberal demócratas) 61, La Izquierda 54 y Alianza 90/Los Verdes 51.

La victoria de todos

La noche electoral ambos candidatos (y todos los partidos) se proclamaron vencedores. Angela Merkel con más propiedad, visto que sus democratacristianos les han sacado 9 décimas de ventaja a los electrizantes finalistas del SPD. La bravata del canciller —quien hacia las 21:30 (fue el último líder en reaparecer), no contento con autoproclamarse vencedor con el mismo discurso triunfalista ensayado para la victoria, declaró sin ambages que no habría gran coalición sin él como canciller—, tiene su fundamento: esa ínfima ventaja de la Merkel aún podría esfumarse, casi en dependencia de cómo vote la circunscripción 160 de... ¡Dresde!

Allí, debido a la muerte en plena campaña de la candidata directa de los neofascistas del NPD hubo que aplazar los comicios. (Dicho sea de paso, la extrema derecha es más fuerte en la antigua RDA). Se abre así un tenso compás de espera hasta el 2 de octubre.

La gravedad de la situación estriba en que los 219.000 electores faltantes, que eligen dos diputados (la diferencia actual es de tres mandatos a favor de la CDU-CSU), votarán a sabiendas de que podrían ser el fiel de la balanza. Trago amargo para el Oeste por ser los votantes de una comarca ex comunista quienes a posteriori decidirían, a discreción, estas cruciales parlamentarias. Para enredar aún más la pita, ya se alzan voces que amenazan con interponer una demanda ante el Tribunal Supremo contra lo que consideran una anomalía psicológica en el proceso electoral.

Por un lado, por más que Schroeder pretenda haber olvidado que él mismo ganó en el 2002 con un empate exacto, está claro que sus rojiverdes perdieron las elecciones. El canciller en funciones no ha recibido el espaldarazo popular que necesitaba. En cambio, por el otro, la coalición opositora liberal-conservadora quedó muy por debajo de la mayoría absoluta necesaria para gobernar. La Merkel tendrá que negociar duro. Y ambos han perdido votos a manos de los tradicionales partidos tampones o los advenedizos de La Izquierda-PDS.

En el caso del SPD se cumple el refrán de que "no hay peor astilla que la del mismo palo", pues los cuatro puntos de más conseguidos a costa suya por La Izquierda, con respecto al desempeño del Partido del Socialismo Democrático (PDS) en las parlamentarias de 2002, le habrían dado una victoria inobjetable. Ahora Schroeder, para decirlo en el argot criollo, intenta "meterle el pie" a la Merkel.
¿Se impone, pues, la gran coalición? No necesariamente, en razón de la tozudez del canciller. ¿Otras posibles coaliciones? Difícilmente, por razones de incompatibilidad de principios y programas. Surge, por tanto, una perspectiva funesta con la que pocos habían contado: la probable necesidad forzosa de convocar de nuevo a elecciones, que por lo demás les aguarían el fin de año a los alemanes. Por el momento es sólo un fantasma terrible amagando en el horizonte. Pero con todas las trazas de materializarse, si no dentro de un par de semanas, al menos en una de las tantas crisis que, como pintan los dados, deberá afrontar la próxima legislatura.

¿Otra vez a las urnas?

Así las cosas, si durante las negociaciones que han comenzado ninguno de los dos grandes partidos populares logra reclutar a dos socios minoritarios que les aseguren una mayoría absoluta en el Bundestag, y tampoco se ponen de acuerdo para formar entre ambos una gran coalición, habrá que volver a votar en lo que resta del año. Una eventualidad que ya algunos expertos dan por más que probable. Y lo que es peor: con el mal agüero de que la apatía electoral arroje un segundo escrutinio igual de ambivalente que haga crónica la crisis de gobernabilidad que dio lugar a la disolución del Bundestag (Cámara Baja). En fin, el cuento de la buena pipa...

En teoría, tanto la Merkel como Schroeder podrían formar coaliciones tripartitas de gobierno. Con tres limitantes insuperables: 1) Guido Westerwelle (FDP: "amarillos"), cuyos liberal demócratas son los ganadores netos del 18 de septiembre, ha descartado cualquiera de las dos coaliciones "semáforo" factibles: negro-amarillo-verde, donde los "negros" son los democratacristianos; o rojo-amarillo-verde, donde los "rojos" son los socialdemócratas. Westerwelle no quiere nada con Los Verdes de Joschka Fischer.

2) Los cuatro partidos tradicionales de la RFA rechazan de plano cualquier colaboración con La Izquierda, el otro gran triunfador del domingo pasado. 3) Una gran coalición con Schroeder de canciller federal en vez de la Merkel, se rompería los dientes con el obstruccionismo de un Bundesrat (Cámara Alta) abrumadoramente dominado por la CDU-CSU y, a buen seguro, no contaría con el apoyo de la crecida fracción liberal en el Bundestag.

Es verdad que Los Verdes coquetean con una posible oferta a la desesperada de la Merkel. Pero una alianza con los conservadores decretaría la agonía y muerte de este de por sí frágil e heterogéneo grupo de clase media profesional. O bien, lo que para el caso viene a ser igual, una escisión en dos partidos enanos incapaces de saltar el listón del cinco por ciento que los devolvería a su punto de partida histórico en la época de la "Oposición Extraparlamentaria" (APO). De buen grado, la guerrilla alternativa de Fischer se prestaría para articular una coalición de izquierdas con el SPD y La Izquierda, si no fuera por la tirria que les tiene Schroeder a Lafontaine y Gysi.

La opción real

En general, se cumplieron los pronósticos de las encuestas y la única opción real sobre el tapete es la gran coalición. Lo ideal para el futuro socioeconómico del país —y lo que a todas luces acaban de pedir sin mucho entusiasmo en las urnas tres de cada cuatro electores partidarios del cambio o rendidos a la evidencia de que los tiempos de jauja del Estado del bienestar han pasado a la historia— sería que Schroeder no sólo diera su brazo a torcer, sino que, con todo el peso de su enorme prestigio y carisma, encabezara en calidad de ministro del Exterior y vicecanciller (canciller en Alemania equivale a primer ministro) un poderoso tándem renovador junto con la Merkel.

Al efecto, ambos partidos podrían llegar a un arreglo honorable sobre la base de una media entre el máximo de reformas deseadas por Schroeder y el mínimo exigido por la Merkel. Así al menos se evitaría el estancamiento. A lo mejor. Por lo pronto, la economía ya se resiente del impasse por donde más duele: el consorcio Siemens acaba de anunciar el desmantelamiento de 2.400 puestos de trabajo. Mala señal de un sector transnacional que apostó al triunfo de la coalición liberal-conservadora y, últimamente, se transaba ya por una gran coalición.

De continuar Schroeder en su actual ofuscamiento o retirarse a la vida privada, lo más plausible es que ni la gran coalición ni ninguna otra resista la labor de zapa combinada de los grandes sindicatos, el ala izquierda del SPD, Los Verdes y La Izquierda en el Bundestag y, sobre todo, en calles y fábricas. Sin él, el desgarramiento interno del SPD provocaría sin falta una implosión prematura de la gran coalición. Y vuelta a empezar...

Ojos abiertos en La Habana

Por lo que a Cuba se refiere, hay una buena noticia para el gobierno: en términos político-ideológicos, el nuevo partido de izquierda capitaneado por Oskar Lafontaine y Gregor Gysi viene, a ser a todos los efectos, el homólogo de Izquierda Unida en España. La única diferencia consiste en que sus líderes no tienen la misma relación de vasallaje personal con respecto a La Habana que el inefable Gaspar Llamazares. Pues, simpatías aparte, ninguno de los dos ha sido jamás becario de Castro.

Por suerte, el comprensible rencor del canciller federal parece excluirlos de antemano de cualquier fórmula de gobierno. Por si las moscas, pongamos pararrayo, dado que Schroeder está demostrando una voluntad de poder que, en su afán de retener el bastón de mando, tal vez lo lleve a última hora a agarrarse de la yunta Lafontaine-Gysi como a un clavo ardiente, aun a riesgo de quitarle hierro a sus reformas...

Con todo, lo más probable es que los "rojo-oscuros" (color asignado a La Izquierda) no cogobiernen en Berlín. Desde luego, La Habana tiene desde ya un puntal más sólido en que apoyarse en la tierra de Marx y Honecker. Prueba de ello es que, en el acto con que celebraron su debut en el Bundestag, la alegría por el mal ajeno (de la democracia cristiana y los liberales, cuyo triunfo se precian gratis de haber impedido, y de la socialdemocracia, cuya caída se les achaca con razón) de los hinchas del dúo Lafontaine-Gysi fue amenizada por un conjunto musical de la Isla.

El desquite de la disidencia cubana: si por fin la CDU/CSU se lleva el gato al agua, el 18 de octubre gobernará en Berlín una "dama de hierro" afín a Washington en política exterior, amén de "cujeada" en los avatares de la existencia cotidiana bajo eso que el viejo Walter Ulbricht llamaba "socialismo realmente existente". A ella, Merkel, que vivió la mayor parte de su vida en el país de Erich Honecker, La Habana no podrá pasarle gato por liebre ni haciendo malabares. Más aún, habiendo sido dirigente de Despertar Democrático (Demokratischer Aufbruch), una organización disidente de la RDA, cabe esperar de ella una cabal comprensión de nuestra causa.

Por lo demás, no hay que olvidar que ni Schroeder ni la Merkel atentan contra la esencia del Estado del bienestar germano, que en realidad fue obra de los democratacristianos. Por esa y otras razones, entre ellas porque me gustaría ver a una mujer en la cancillería federal, pongo a un lado mis resabios socialdemócratas y mi admiración por Schroeder (a decir verdad no se portó mal con nosotros), y apuesto de corazón por Angie, que tampoco es segunda de nadie.

© cubaencuentro

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