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América Latina

Chávez, ¿relevo de Castro?

Desaparecido el gobernante cubano, es razonable esperar que otros líderes pretendan ser los voceros del antiimperialismo regional.

La oposición democrática dentro y fuera de Cuba llama "transición" al período abierto por la incapacidad de Fidel Castro para ocupar sus cargos de comandante del Ejército, jefe máximo del Partido y jefe del Gobierno. En cambio, Fidel Castro y la "nomenklatura" cubanas han preferido hablar de "sucesión", como si de una monarquía se tratase.

Esa escogencia de palabras es triste y genuinamente hispanoamericana y deja ver mucho del fracaso de la democracia liberal en nuestras naciones, a casi doscientos años de haber logrado la independencia de España.

En una región caracterizada por haber dado al mundo una significativa cantidad de novelas de altísima calidad que versan sobre dictadores longevos y sobre los extravíos del poder absoluto, no resulta irónico que el caudillo de la única nación comunista del continente salga de escena de modo más parecido al de Francisco Franco que al del Josef Stalin.

Pese a que en La Habana las cosas parecen estar desenvolviéndose según lo dispuesto por Castro —"atado y bien atado"—, la lógica shakespeariana de toda sucesión monárquica sugiere, de modo natural, que haya más de un duque de Gloucester deseando coronarse Ricardo III. Lo extraordinario es que no todos los duques de Gloucester sean cubanos. El Gloucester venezolano es Hugo Chávez.

¿Tiene Chávez 'lo que hay que tener'?

Con seguridad, el presidente venezolano se siente hoy con títulos suficientes para ocupar el lugar que dejará Fidel Castro en la política latinoamericana del siglo XXI y en la atención que Washington brinde, en la era postcastrista, a nuestra región.

Chávez ha sido el paladín del antinorteamericanismo más estrepitoso que se haya registrado en América Latina después de Bahía de Cochinos, y su ascenso al poder en Venezuela, al ganar las elecciones de 1998, ha jugado un importante papel en modelar la creencia, muy extendida entre observadores extranjeros, de que una marea izquierdista radical está por barrer de un modo irreversible la faz política de nuestros países.

Es natural, entonces, preguntarse si Chávez tiene, hablando en términos taurinos, "lo que hay que tener" para relevar a Fidel Castro en el liderazgo del antiimperialismo latinoamericano.

¿Tiene Chávez, efectivamente, el potencial para convertirse siquiera en una "molestia" permanente, en una crónica piedra en el zapato de Washington, tan persistente e inconmovible en sus posiciones como lo ha sido Fidel Castro? Para responderla con algún grado de acierto vale la pena considerar la figura del "convaleciente", tal como se proyecta al momento de su desaparición política.

Para comenzar, está la superlativa permanencia de Castro en el poder: 47 años. Doce años más que el dictador mexicano Porfirio Díaz, once más que el paraguayo Alfredo Stroessner, diez más que Franco y que el dictador venezolano Juan Vicente Gómez. Kim Il Sung, el déspota norcoreano, sólo alcanzó a gobernar 44 años.

Tan prolongado ejercicio del poder omnímodo sólo es posible en una dictadura totalitaria que no deje espacio alguno a la disidencia. El control de Castro sobre la sociedad cubana encontró gran ayuda en las polarizaciones de la Guerra Fría durante ese medio siglo. Tal control llegó a ser absoluto y le ha permitido, a lo largo de casi cincuenta años, actuar sin contenciones de ningún tipo contra sus adversarios internos.

Pero la capacidad de Castro para perturbar el vecindario latinoamericano, o siquiera de predisponerlo de modo algo más que retórico contra Washington, ha sido sobrestimada durante demasiado tiempo por muchos de sus simpatizantes latinoamericanos, Hugo Chávez, entre ellos.

Castro y Latinoamérica

El 'prestigio revolucionario' de Castro se remonta a los años sesenta cuando la revolución cubana, todavía nimbada con un aura de juvenil heroísmo, apoyó abiertamente guerrillas izquierdistas en todo el continente que, una a una, fueron fracasando.

Es significativo que el papel jugado por Castro en las aventuras militares soviéticas en África durante los años ochenta comenzó a desplegarse sólo luego de fracasar en la empresa de promover insurgencias a todo lo largo y ancho del continente. Granada puso fin a esas desmesuras extracontinentales.

Si bien el régimen policial de Castro ha podido atrincherarse numantinamente en la Isla después del colapso de la antigua URSS, hace ya mucho tiempo que "exportar la revolución" dejó de ser una prioridad para Cuba. Esto ha sido especialmente notorio, luego del fin de las guerras de América Central.

Desde fines de los años ochenta, las ceremonias inaugurales de los presidentes latinoamericanos electos democráticamente contaban ya con Fidel Castro como el invitado especial más "sexy". Era un modo sumamente inocuo y barato de mostrar un "quantum" de independencia frente a Washington. Tan pronto Fidel Castro, el "pariente problemático", tomaba el avión de regreso a La Habana, sus anfitriones adoptaban las recetas neoliberales del "consenso de Washington" en materia económica.

Chávez no parece haberse percatado de la taimada calidad del antinorteamericanismo en nuestro continente. En la Cumbre de las Américas llevada a cabo en Mar de Plata, en noviembre de 2005, Chávez anunció la "muerte del ALCA". Sin embargo, muchos gobiernos latinoamericanos que Chávez dio por enrolados en su cruzada antiimperialista prefieren hoy proseguir discutiendo calladamente con EE UU sobre preferencias arancelarias, tal como lo hace hasta el propio Evo Morales.

Llegados aquí calza bien una precisión sobre el antinorteamericanismo. Esa mezcla de emociones y de ideas adversas a Estados Unidos ––algunas falsas, otras irritantemente verdaderas— es en nuestro continente muy anterior a Fidel Castro.

Petrodólares de por medio

Hace un siglo el escritor uruguayo José Enrique Rodó acuñó la palabra "nordomanía" para fustigar a los latinoamericanos que admirasen los usos estadounidenses. Está en la naturaleza de las relaciones históricas entre EE UU y sus vecinos del sur el que no haya sido nunca fácil adversar a Washington sin pagar duramente las consecuencias.

En dos siglos de espinosa convivencia ha habido pocos voceros latinoamericanos del sentimiento antiestadounidense tan consistentes como Fidel Castro. Es cierto que el duro embargo de que ha sido objeto la hoy empobrecida isla de Cuba le ha facilitado encarnar al orgulloso David caribeño y obtener de ello sumo provecho político. También que sus peores enemigos reconocen en Castro una actitud indoblegable y digna de respeto.

En esto último se funda el único consenso que el controversial Fidel Castro despierta entre los latinoamericanos. Chávez sencillamente no goza de ese consenso.

A pesar de su prédica integracionista y de grandes desembolsos como el que significa adquirir buena parte de la deuda argentina, Chávez no ha logrado sino ganar enemigos en la región. O perder amigos, como usted prefiera. Basta ver cómo sus relaciones con el Brasil se han resentido mucho más allá de lo que el lenguaje diplomático permite ver.

Chávez ha escarnecido a las naciones vecinas que, calladamente, negocian acuerdos de libre comercio con Washington. Esto, a pesar de que él mismo disfruta de su propio e informal acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Venezuela, pese a la merma sensible de su producción, sigue siendo uno de los proveedores de crudo más seguros con que cuenta la economía estadounidense.

La falta de controles y contrapesos que caracteriza la vida política en Venezuela le ha permitido a Chávez entenderse con las petroleras extranjeras con el mismo secreto y ausencia de auditoría con que lo haría un príncipe heredero de la casa real saudí. Antiimperialismo y cazas rusos subsidiados por petrodólares de las transnacionales: "la tierra es plana", diría a ello Tom Friedman.

Castro llegó al poder en tiempos en que la descolonización del Tercer Mundo todavía no llegaba a su cenit. La suya pudo verse durante mucho tiempo como la única insurgencia revolucionaria latinoamericana que merecía no fracasar, pese a su crudelísimo jacobinismo. El carisma planetario de su líder es un misterio órfico que los petrodólares de Hugo Chávez no pueden comprar.

La Venezuela de Chávez, en cambio, ofrece un caso de libro de texto de lo que pasa cuando un petroestado populista latinoamericano degenera en lo que Fareed Zakaria describe como una "democracia no-liberal", sólo que la nuestra es, además de corrupta, militarista.

Ni el talante ni la destreza

Desaparecido Castro, es muy razonable esperar que otros líderes de la región pretendan ser los voceros de la "contestación" ante Estados Unidos. Será inevitable que América Latina encuentre pronto al legítimo vocero de su inextinguible querella con el hermano mayor.

Si en verdad Estados Unidos pretende ayudar a que la democracia se instaure eventualmente en Cuba, convendrá que encuentren cuanto antes un intérprete oficioso y de buena fe.

Chávez no tiene ni el talante ni la destreza que le permitirían disputarle a Lula da Silva, o al peruano Alan García, o al presidente electo mexicano Felipe Calderón —¿porqué no?— ese papel. Fiel a sí mismo, Chávez muy probablemente cometa el error de pretender ser árbitro, a su manera desmañada y sectaria, en el inevitable y ya inminente conflicto interno cubano.

Después de todo, Castro confiscó los activos de la Esso Standard en Cuba como respuesta a Playa Girón y se plantó, inconmoviblemente, durante 47 años de embargo estadounidense. Pese a su retórica, Chávez todavía no se decide a prescindir de los dólares que le deja la demanda estadounidense de crudo.

© cubaencuentro

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