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Miami, Pandemia, Coronavirus

Desigualdades e iniquidades

Las desigualdades entre quienes tienen un automóvil, conexión a internet y medios para abastecerse de productos, y aquellos que no cuentan con esos recursos

Llama la atención las largas filas de autos, generalmente ‘vanes’ y ‘suvs’ que desde horas muy tempranas, incluso antes del amanecer, esperan para recibir un paquete más o menos nutrido de alimentos; lo he justificado ya que esos son aquellos que viven de ‘cheque en cheque’; esos que desoyendo las múltiples recomendaciones, de tantos y tantos de los llamados especialistas en economía, no tienen la reserva de recursos para sobrevivir tres meses en caso de que un problema se presente.

Me he preguntado: ¿y aquellos que carecen de los automóviles imprescindibles para efectuar la recogida de alimentos? ¿Esos que cuando van al mercado toman un autobús o van caminando, qué se hacen ahora? La pandemia ha puesto otro valladar frente a esos olvidados, el peligro de contagio que obliga a utilizar los vehículos los mantiene alejados de esas distribuciones gratuitas de alimentos a aquellos que probablemente sean los que más lo necesiten.

Hasta las mascotas han tenido sus distribuciones de alimentos, no es que tengan que ir por sí mismos en los ‘vanes’ y ‘suvs’, son sus cariñosos propietarios los que hacen las, también, largas filas para obtener los alimentos para perros y gatos, según correspondan.

Quizás, esos que ahora engrosan esas largas filas pueden ser los mismos que cuando alguna organización reparte pavos para la celebración del ‘thanksgiving’, también hacen sus filas en los susodicho ‘vanes’ y ‘suvs’ que pueden valer hasta mil veces lo que vale el pavo que las benevolentes instituciones les entrega dadivosamente, pero aquellos que no están en posesión de un automóvil no tienen acceso a esas caridades.

La misma situación se repite con aquellos que sintiéndose enfermos tratan de procurarse un test para la covid-19, si no tiene un automóvil, aunque sea un ‘transportation’, no encontraran una forma fácil y adecuada de comprobar si son una víctima más del virus y con ello estarán comprometiendo a sus familiares, vecinos e incluso a compañeros de su infortunio.

Mientras todo esto ocurre, debido a la pandemia, la misma también provoca que miles de galones de leche sean vertidos, desechados y toneladas de alimentos son destruidas en los mismos campos, y nadie está dispuesto a salvar esos alimentos para los que lo necesitan y paralelamente evitar las pérdidas económicas de los granjeros que se ven obligados a destruir alimentos que de pronto nadie demanda o compra. Se produce así y nueva desigualdad y una situación irracional desde cualquier punto de vista.

Otra situación, pero sin lugar a dudas menos conflictiva y crítica, es la que ocurre cuando aquellos que decidimos hacer las compras utilizando la vía del Internet —¿Qué hubiese pasado de no existir la Internet? Cero trabajos a distancia, más desempleo, menos información y lógicamente más caos— mi primer intento fue casi un total revés, recibí unos tomates de ensalada al borde de la putrefacción, que tuve que desechar casi completamente, faltaron productos y otros vinieron con diferentes especificaciones y calidades.

Un mini-desastre, y para colmo el costo fue el doble de lo que aparecía en la página web del mercado de lo cual no me percaté hasta que realicé un segundo intento al día siguiente resultando de que una pequeña compra que directamente en el mercado me hubiese costado $14,27 terminó costándome $29,26, de esta forma no solo me sentí frustrado y engañado, sino además dispuesto a enfrentar los riesgos y realizar mis compras semanales como lo hacía antes de la pandemia, y así evitar disgustos por productos en mal estado, diferentes a los solicitados y el doble más caro.

Pero sin lugar a dudas mi situación es en sí misma una muestra de desigualdad entre los que poseemos un auto, una conexión a la Internet, los medios para abastecernos de los productos necesarios y de resultas mantenernos inmersos en las circunstancias existentes, aquellos que no tiene esas condiciones la están pasando mucho peor. Las pandemias y su compañera resultante, la muerte, nunca han sido niveladores sociales y sino pregúntenles a los diez jóvenes de la alta sociedad florentina que según Boccaccio se refugiaron de la peste y se turnaron a contar sus relatos, como ahora yo hago, durante las dos semanas que duró su voluntario encierro.

© cubaencuentro

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