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Estonia

La falsa inocencia de las estatuas

Tallin trasladará un monumento al soldado soviético a un lugar 'donde no moleste a nadie' y Moscú monta en cólera.

Estonia y Rusia se han enzarzado en una complicada disputa debido a la decisión de Tallin de trasladar una estatua de bronce que representa a los soldados del Ejército Rojo muertos durante la II Guerra Mundial y reubicar en un cementerio estonio los restos de 13 soldados soviéticos caídos en la contienda.

"¡Ultraje!", declaró airado el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, al conocer la noticia. Por su parte, el diputado Konstantin Kosachyov, miembro del Comité de Exteriores de la Duma (Parlamento ruso), dijo que esta instancia podría imponer sanciones económicas a Estonia si mantiene esta posición.

Las autoridades estonias, por su parte, estiman que la ley que entró en vigor este 20 de enero no intenta ofender a nadie, sino buscar un lugar más adecuado para el monumento al soldado soviético (que ahora se encuentra en la plaza más céntrica del país) y ubicarlo en una zona discreta y tranquila "donde no moleste a nadie".

¿Cuál es el origen real de esta discusión? El analista checo Jiri Mañas cree que el problema estriba en que ambas partes tienen distintas interpretaciones de lo que significó la guerra para cada uno de ellos, y precisa:

"Por un lado, los rusos no consideran esa estatua sólo como un monumento a las tropas que entraron en Tallin en el otoño de 1944, sino la identifican con toda la lucha de la Segunda Guerra Mundial y el sufrimiento del pueblo ruso". Pero "para los estonios, los soldados soviéticos no fueron libertadores, sino ocupantes, porque una vez terminada la contienda se quedaron contra la voluntad de los habitantes hasta 1993, cuando se retiraron tras la desintegración de la URSS y la caída del campo socialista".

Las heridas de guerra

Por más que los dirigentes rusos llamen a los estonios a "mantener el sentido común" y digan que se trata de "derribar monumentos antifascistas", la verdad es que los estonios no ven con buenos ojos que en el mismo centro de su capital se encuentre ubicado un altar que les trae malos recuerdos.

Los estonios siempre han estado orgullosos de haber mantenido su identidad, a pesar de su accidentada historia. Desde principios de la Edad Media el país cayó en manos de alemanes y suecos, y más tarde pasó sucesivamente a Dinamarca, Polonia y finalmente a la Rusia zarista. En 1918, después de la revolución bolchevique, Moscú reconoció la independencia de Estonia.

Pero después de dos décadas, el país se vio rodeado de un lado por el nazismo alemán y del otro por el estalinismo. En 1940, después del Pacto firmado entre Stalin y Hitler, las tropas soviéticas entraron en Tallin. Pero al año siguiente (1941), los nazis echaron a los soviéticos y tomaron el país.

En 1944, cuando el Ejército Rojo comenzó su avance hacia occidente retomó Estonia y convirtió esta pequeña república báltica en una república soviética hasta 1991, cuando el país fue el primero en pedir y obtener su salida de la URSS. Después de largas negociaciones, el último soldado ruso abandonó suelo estonio en 1993.

La Estonia de hoy

La pequeña Estonia, con 1,3 millones de habitantes y menos de 18.000 kilómetros cuadrados, es la más cercana al antiguo territorio soviético entre las tres ex repúblicas soviéticas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) y siempre ha sido la de mayor éxito económico.

Gracias a esta situación, el país, junto con las otras dos repúblicas bálticas, ingresó en la OTAN y luego entró como miembro pleno de la Unión Europea en el año 2004, al lado de otros siete ex países comunistas. Según el profesor del Instituto de Análisis de Austria, Michael Wyzan, en 1996 Estonia había logrado relocalizar sus mercados externos hacia Finlandia, Suecia, Alemania, Rusia y Letonia.

La clave del éxito económico estonio se debe, afirma la fuente, a que utilizó los modelos de privatización que se emplearon en Alemania del Este, que se centran en la venta al contado a inversionistas estratégicos. Como resultado, ha acaparado grandes volúmenes de inversiones extranjeras.

Esta política fue combinada con un control riguroso de la macroeconomía y la implantación desde principios de los años noventa de una Junta Monetaria que le ayudó a estimular la economía y, al mismo tiempo, lograr que el Banco Central no cargara con los déficit presupuestarios. Aunque como aspecto negativo, Estonia ha tenido problemas con la estabilidad política.

El actual primer ministro, Andrés Ansip, quien lidera el Partido Reformista (centroderecha), tomó posesión hace apenas dos años, cuando sustituyó a una coalición del mismo tinte político que tuvo que renunciar en medio de un escándalo por corrupción. Ansip gobierna junto con el Partido de Centro Izquierda y la centrista Unión Popular.

Resentimientos y legados del pasado

Como legado de la era soviética, el país arrastra una enorme población rusoparlante —calculada en casi un tercio del total de habitantes— que llegó en tiempos soviéticos a tomar el lugar de los naturales estonios que fueron deportados por Stalin hacia los campos de concentración en Siberia.

En 1991, la mayor parte de esta población rusa quedó en un limbo legal, ya que la nueva legislación republicana exigió un examen de idioma estonio para obtener la ciudadanía y prohibió la enseñanza del ruso en las escuelas.

Muchos de los ciudadanos de origen ruso que viven en Estonia son veteranos de guerra y sus familiares defienden su derecho a hablar su lengua y que se respete su cultura. Y es precisamente este grupo minoritario quien se siente más ofendido por el traslado del monumento al soldado rojo, lugar donde tradicionalmente se manifiestan el 9 de mayo, considerado por Moscú como "Día de la Victoria".

Por su parte, el gobierno ruso —y en especial su presidente Vladimir Putin— ha sido muy enérgico en "apoyar los derechos de los compatriotas" (30 millones de rusos) que quedaron viviendo en otros países al desintegrarse la URSS. La mayor cantidad vive en Ucrania, Kazajstán y Bielorrusia.

¿Qué opinan los estonios?

Un informe reciente de Amnistía Internacional exige que Tallin reconozca los derechos de la minoría rusa en Estonia, pero también admite que ésta debe respetar las leyes del país de acogida. La mayor parte de la población desea que la cultura dominante sea la suya y rechaza las escuelas bilingües de la era soviética.

Los estonios dicen, según las encuestas locales, que no necesitan a los rusos para desarrollar su país. En la actualidad más de la mitad de la población local es usuaria de internet, el 34% de los hogares cuenta con al menos un ordenador y todos los centros de enseñanza están conectados a la red. Cifras del Eurobarómetro indican que Estonia es el país europeo donde más personas están ligadas al ciberespacio.

Con orgullo, los estonios señalan que ahora pueden hacer su declaración de ingresos a través de internet, pueden saber por esta vía cómo funcionan los presupuestos del Estado y, desde agosto de 2000, el gabinete estonio realiza sus sesiones sin documentos, utilizando un sistema de base de datos conectados a la red.

El 72% de los usuarios estonios de internet realiza sus operaciones bancarias cotidianas a través de la red y más del 93% de la población utiliza el teléfono móvil (encuesta de la Oficina de Comunicaciones, primavera de 2005).

Todos estos datos demuestran por qué Estonia, junto con las otras dos ex repúblicas soviéticas del Báltico, no sólo fueron las primeras en separarse de la URSS, sino las primeras en ingresar a las estructuras de Occidente como la OTAN y la UE.

Según los expertos, las tres repúblicas requieren todavía de reformas en el sector público, profundizar las medidas contra la corrupción, y mejorar los beneficios sociales y el mercado laboral.

Pero lo más importante es que puedan dejar atrás las heridas del pasado, cuando las tres pequeñas naciones, de unos 10 millones de habitantes, fueron ocupadas por la URSS —en base al Pacto Molotov-Ribbentrop de 1940—, país que mantuvo a sus soldados invasores hasta 1993.

© cubaencuentro

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