Honduras
La salida del laberinto
Manuel Zelaya: Entre las emboscadas del pasado y los reclamos del porvenir.
Honduras es uno de los tres países más pobres de América. Su nombre, por tanto, no se menciona en las primeras planas de los diarios y televisoras que rigen el movimiento noticioso en el planeta. A sus artistas muy pocas veces se les reconoce más allá de sus fronteras y la belleza física de su gente es una mezcla impresionante de indígena, negro y europeo que no agrada al canon occidental.
Con frecuencia desgraciada, huracanes y otros accidentes devastan porciones del país, ocasión en que unos pocos en las urbes primordiales meten sus manos en el bolsillo para posar de humanitarios, casi siempre de cara a próximos eventos. Ni siquiera el héroe nacional hondureño es blanco, sino el cacique Lempira, maya-lenca que levantó a su pueblo contra la esclavitud proveniente de Europa. Como sucedió una y otra vez en el Nuevo Mundo, fue asesinado a traición.
El país con tales características acudió a las urnas el pasado 27 de noviembre, y tiene desde hace algunos días nuevo presidente electo, el opositor Manuel Zelaya, del Partido Liberal. Este obtuvo no muy holgada victoria sobre el oficialista Porfirio Lobo, del Partido Nacional.
No vamos a detenernos, sin embargo, en los avatares que esta elección involucró, sino a lo que al nuevo mandatario le resta por hacer, que no es poco. Actores y analistas de la política hondureña coinciden en que la lucha contra la pobreza debe concentrar los mejores desvelos de Zelaya, si se recuerda que, de cada 10 hondureños, 6 viven por debajo de los niveles de pobreza, y de estos últimos, 4 en la indigencia.
Se calcula que Honduras, junto con Haití, Nicaragua, Paraguay y Bolivia, tenga que sortear más obstáculos que el resto de las naciones latinoamericanas para cumplir en 2015 con las llamadas Metas del Milenio, que radican en disminuir a la mitad la cifra de la pobreza para ese año.
La centenaria dependencia de la economía hondureña parte de dos productos: el plátano y el café, fundamento de la pobreza que hoy lacera a la sexta parte de una población de siete millones de habitantes. Si es verdad que el panorama económico hondureño no resulta halagüeño, las puertas de la esperanza tampoco se han cerrado.
En la última década, a los productos del agro se sumaron la maquila y el turismo, así como el incremento en flecha de las remesas de los nacionales que emigran.
El monto de estas últimas, de acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, ascendió el año pasado a 1.134 millones de dólares y se calcula que para 2005 la cifra haya crecido en cerca de 400 millones. El turismo, que oferta tradición indígena, bella arquitectura colonial y majestuosos parajes marítimos y montañosos, obtuvo aproximadamente 450 millones en 2004.
Si el desempleo no llega al 6 por ciento, lo cual no alarma si se mira a otros países de la zona e incluso más allá de Centroamérica, la preocupación reside en que un 36 por ciento de la fuerza laboral está subempleada y en el mercado informal.
Un horizonte entre árido y esperanzador
Entre los desafíos graves que tiene por delante el electo presidente hondureño, está alcanzar importantes beneficios —desde luego paulatinos— como parte del CAFTA, el pacto de mercado libre entre Centroamérica (incluye República Dominicana) y Estados Unidos, ya virtualmente en funciones. Después de El Salvador, Tegucigalpa fue el segundo gobierno en ratificarlo, en marzo pasado.
La posibilidad de poner sus productos con muy pocas trabas en el mercado más grande del planeta, no sólo disparará la iniciativa del empresariado hondureño, sino que dinamizará en sentido general a una sociedad por demasiado tiempo aletargada. Pronósticos indican que el país crecerá un dos por ciento anual sólo como consecuencia del pacto, asociado a la ley sobre competencia doméstica, que debe beneficiar al consumidor y obstaculizar, al mismo tiempo, la acumulación excesiva de los monopolios, dijo en marzo pasado el mandatario saliente Ricardo Maduro.
Asimismo, se espera que de los más de 950 mil millones de dólares que anunció Estados Unidos que invertirá en 2006 en América Latina, crezca la suma que corresponda a Honduras, lo cual se unirá favorablemente con la sustancial condonación de buena parte de su deuda externa. A lo anterior se sumó el reciente anunció del FMI con respecto a 19 naciones muy pobres y que restará al territorio centroamericano 120 millones.
De tal manera, los adeudos hondureños pasaron de 5.082 millones de dólares a poco más de 2.000 millones. Precisamente a negociar con el FMI el gobierno saliente dedicó bastante tiempo, algo que ayudó, además, a recomponer en cierto grado la macroeconomía, pero no evitó las manifestaciones de sectores afectados.
Si el horizonte se muestra entre árido y esperanzador, Tegucigalpa está en el deber de continuar su esfuerzo por disminuir al mínimo posible la vieja rémora de la corrupción. Un estudio realizado con la colaboración del Banco Mundial arrojó que dos de los poderes peor evaluados eran el judicial y la administración pública. La encuesta expresó igualmente que el crimen, las pandillas, la violencia y el tráfico de drogas son los temas que más preocupan a la población. Recientemente, una matanza carcelaria develó que las prisiones constituyen uno de los sitios más inseguros de la nación.
Son lacras que podrían disminuir un desempeño encomiable en el sector económico, en la educación, en la creación de empleos decentemente remunerados. Los gobernantes están advertidos y se nota, de un tiempo a esta parte, preocupación al respecto.
En fin, lo que le espera al presidente electo hondureño, Manuel Zelaya, es resolver, en condiciones muy complicadas, el duelo clásico latinoamericano, el que se entabla entre las perpetuas emboscadas del pasado y los reclamos irrestrictos del porvenir.
Una fría invitación
El futuro canciller hondureño, Milton Jiménez, dejó bien claro ante la prensa en días pasados que la invitación al mandatario cubano para la asunción de Zelaya, el próximo 27 de enero, se le cursó a todos los presidentes de los países con los cuales Tegucigalpa mantiene relaciones diplomáticas. O sea, nada hay de especial, sino más bien de obligado protocolo.
Castro, acostumbrado como está a ser la estrella en cada evento al que asiste, necesita una invitación obsequiosa, con mucha melaza. Si los términos hondureños no varían, difícilmente pondrá Castro sus plantas en la patria de Francisco Morazán.
Probado que uno de los fines políticos de Manuel Zelaya reside en perfeccionar la democracia, resulta consecuente su reticencia respecto a profundizar relaciones diplomáticas con el régimen de La Habana. Milton Jiménez dijo a la prensa que el futuro mandatario no prevé nombrar embajador en Cuba hasta 2007, y a partir de este momento se analizará, dijo, todo el marco de los vínculos con La Habana.
Desde enero de 2002 restablecieron ambos países relaciones diplomáticas, luego de cuatro décadas de suspensión. Tegucigalpa mantiene en La Habana una representación de bajo nivel. No se puede soslayar que la fría actitud de la diplomacia hondureña tiene lugar a pesar de que la situación sanitaria en el país urge de los médicos que el régimen de Castro provee a bajo costo, a lo que en breve se añadirá el ingreso de nuevos galenos para impartir clases en la Universidad San Pedro Sula.
© cubaencuentro
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