Venezuela
El Dios turbio de Hugo Chávez
Las difíciles relaciones entre Caracas y la Iglesia Católica.
En una página de Internet regenteada por seguidores del presidente Hugo Chávez, se expresan términos de identificación tan absoluta con Fidel Castro, que a cualquier venezolano conocedor del proceso cubano debía provocarle escalofríos. El encabezamiento de la página reza: "Colección de Artículos de Prensa sobre Nuestro Máximo Líder, Nuestro Comandante Hugo Rafael Chávez Frías". Y algunos títulos de los textos aludidos: "Y en eso Llegó Chávez", "Sin Chávez este País es Ingobernable", "Hugo Chávez, el Soldado del Pueblo", y siguen otros, en fila, del mismo jaez.
Pero el intento de reproducir en Venezuela el fracaso cubano no se reduce a la pirotecnia verbal. Prácticamente en cada punto de lo que hace o dice —y hasta en el cómo—, el mandatario venezolano recuerda, copia, se inunda y plagia a Castro, a quien escucha no con la atención del amigo, sino con la fe turbia del lacayo.
La relación entre ambos se resuelve en una suerte de psicología de la subordinación, aunque debiera ser Chávez el que, por sus petrodólares, dominara el dueto. Al isleño lo asiste, sin embargo, la prueba de su casi medio siglo en el poder, ambición cúspide en el venezolano. Castro es, pues, el que aporta las ideas, la táctica y la estrategia del quehacer chavista.
En sus relaciones con Estados Unidos, en el manejo de los asuntos continentales y en el dogal que va imponiendo a la libertad y la democracia, así como en los artificios y medias verdades que cuenta en profusión que hastía, también se comporta, sin sentir desazón o vergüenza por lo públicamente obvio, como un apéndice de Castro.
De esta prostituida mímesis no podían ausentarse los vínculos de Chávez con la Iglesia. Cada vez que se le antoja, lanza contra la Iglesia, y en particular contra la jerarquía católica, una áspera caravana de epítetos. En estos días en que se reeditaron tumultos electorales en Venezuela, el mandatario pidió a Dios que la jerarquía de la Iglesia no se vaya a prestar para lo que ante la prensa llamó "nueva jugada del imperio".
La conspiración, según Chávez
En el viaje al Vaticano de monseñor Baltazar Porras, presidente de la Conferencia Episcopal, vislumbró Chávez una conspiración donde participaría el cardenal venezolano Rosalio José Castillo, presidente emérito de la administración del patrimonio de la sede apostólica. Castillo es un anciano religioso que lo quiere "ver muerto", de acuerdo con la afirmación del mandatario. Pero éste añadía con ademán lapidario: "estoy seguro que lo veré en las pailas del infierno".
A pesar de que frecuentemente echa mano a un Jesucristo que fue paradigma de humildad, Chávez no es capaz de asimilar una crítica, por muy buena intención que la misma manifieste, y mucho menos de objetarla con la discreción inherente a su cargo.
Cuando aún le faltaba por enseñar buena parte de la bandera política que hoy exhibe, en abril de 2000 la Conferencia Episcopal Venezolana publicaba una carta abierta en que subrayaba que el presidente no debate ideas, sino descalifica e insinúa división entre la Iglesia.
Pero, ¿cuál fue entonces la causa del intercambio entre la jerarquía eclesiástica y Chávez?
En aquellos días, la Asamblea Episcopal Extraordinaria de Guanare se refirió al valor ético de la verdad en la vida pública, entre cuyas ciénagas señaló el mentir sistemático, la necesidad de transparencia, credibilidad y representatividad del Consejo Nacional Electoral, lo cual le entregaría fuerza moral y calidad de arbitraje. A la sazón, el país se debatía en pro y en contra de una compleja maniobra institucional y electoral de la cual saldría fortalecido el ex golpista. No fueron pocas ni desdeñables las dudas que todo aquel proceso dejó entre actores, electores y analistas.
En una de sus numerosas visitas a La Habana, el aliado de Castro manifestó que la Iglesia Católica en Venezuela era cómplice de la corrupción en este país, porque la había callado durante 40 años. La Conferencia Episcopal, en respuesta, recordó los dos tomos recién publicados —titulados Compañeros de viaje— que contienen las exhortaciones, cartas pastorales, mensajes, etcétera; donde se desmienten las aseveraciones de Chávez y se explicita la preocupación eclesial por lo que ocurría, en esas cuatro décadas, en la patria de Bolívar.
En la carta pública aludida, tuvo la Conferencia que traer a colación la intervención en 1993 de varios obispos y sacerdotes en el contexto del golpe de Estado liderado por Chávez. Los religiosos garantizaron la vida y el respeto de los derechos ciudadanos, tanto del actual presidente como de sus seguidores. Quienes llevaron a cabo esta labor fueron enviados expresamente por la Iglesia venezolana.
'O conmigo o con el diablo'
Como parte de un retrato bien dibujado del ex golpista, la Conferencia suscribía que un proyecto político siempre es perfectible e incompleto y que proponerlo como "el que Dios bendice", no se puede hacer, y mucho menos —y aquí exponía otra línea estratégica de Castro— decretar que quien no esté con él, está con el diablo. Ya para entonces, la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Puebla de los Ángeles, había advertido que las ideologías llevan en sí mismas la tendencia a absolutizar los intereses que defienden, la visión que proponen y la estrategia que promueven, convirtiéndolas en verdaderas religiones laicas.
Si usualmente serena, la Iglesia venezolana ha colocado en su sitio a un mandatario que ha emitido descalificaciones genéricas y juicios negativos contra la institución, como ningún otro jefe de Estado en la vida republicana del país, continuaba el documento. Pero como todo lo que emprende Chávez quiere situarlo como plan anticipado por un Bolívar en su mandato redivivo, citaba la Iglesia palabras de El Libertador: "Protegeré a la religión hasta que me muera".
Decíamos anteriormente que las respuestas a las ofensas de Chávez eran usualmente serenas, y así quedaban dichas las excepciones. El cardenal Rosalio José Castillo, ya mencionado, le replica al mandatario en sus mismos términos y decibeles, como resulta rarísimo que haga la Iglesia cubana, por cierto, respecto a Castro. Por semejante pasividad, la historia, desde luego, también pasará su cuenta.
Quizá valga la pena indagar hasta dónde nuestra Iglesia carga responsabilidad por la carestía moral, por la crisis de valores que acusa, como masa, el pueblo cubano. Y no debiéramos soslayar que la indocilidad católica se sostiene en la nación sudamericana a pesar de las significativas subvenciones estatales que recibe, y sobre las cuales penden lógicas amenazas.
Enfrascados en un reciente cruce de acusaciones, el cardenal le espetó a Chávez calificativos como "déspota paranoico", a quien "más que una bendición le haría un exorcismo". En declaraciones para el diario colombiano El Tiempo, sumaba que Chávez es un castrista que se cree Bolívar, que apoya la guerrilla en Colombia, que busca implantar en Venezuela un Estado comunista y una sucursal de Cuba, que no parece jefe de Estado sino de un partido, que viola los derechos humanos, que encarcela por causas políticas y ha cometido abusos, afirmó.
Desde luego que ésta no es la primera vez, sino la más reciente en que el cardenal zurra al presidente de Venezuela. En junio del año pasado calificó de gravísima la situación económica y social del país y exhortó a construir una nación de verdadera libertad y democracia bajo la guía de la Santa María.
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