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De Armas: Más de medio siglo de hombre nuevo en La Habana (II y final)

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UN GRAN 2009 PARA TODOS.

un artículo de Armando de Armas

Hubo un momento en la isla en que el hombre nuevo estuvo muy cerca de lograrse. Era el espécimen que, en abril de 1967, el Che Guevara describía en su Mensaje a la Tricontinental como una suerte de homicida ejemplar: El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Era el momento del entusiasmo revolucionario, salvífico, sacrificial y carnicero.

Pero, con el discurrir del tiempo, este homínido feroz, austero e internacionalista, decidido delator por otro lado, derivaría hacia una entidad más difusa y hasta disoluta, algo más próximo al hombre nuevo internacional, hijo del Espíritu de la Época. Era de esperar que algo así ocurriera pues el hombre nuevo castrista, el castrismo mismo, ese fenómeno que llaman revolución cubana, no caería en la isla del cielo, ni se daría por generación espontánea, ni muchísimo menos sería un invento autóctono, aunque algo de autóctono tendría, sino que sería más que nada una consecuencia del Espíritu de la Época, que desvirtuado un tiempo por la épica y el entusiasmo revolucionarios, volvía lógicamente a sus antiguos cauces. Y, mirándolo bien, lo que se había producido en la isla, si obviamos por un instante la represión y todo lo concerniente a un régimen totalitario y comunista, tenía mucho que ver con el hombre occidental que prosperaba y se imponía en el exterior de la isla.

Entonces, el Gulag real que es la revolución castrista pudiera ser más una consecuencia del Gulap virtual (ese que campea en la prensa, el estrellato hollywodense, los estamentos de poder y la intelectualidad en Occidente) que del Gulag real instaurado en la Unión Soviética y el Campo Socialista. Y es que la Unión Soviética y el Campo Socialista mismos no eran otra cosa que consecuencias del Espíritu de la Época.

Ejemplos del pneuma epocal soplando, determinando sobre los destinos de la isla serían, entre otros, la serie de entrevistas del periodista estadounidense Herbert Mathews a Fidel Castro en la Sierra Maestra, publicadas en el New York Times con unas fotografías de lujo que otorgaban a Castro la impronta de un Cristo redentor dotado, como de casualidad, con un fusil de mira telescópica; el embargo de armas al general Fulgencio Batista y la apuesta a favor de la guerrilla fidelista, enamoramiento casi, en el Departamento de Estado norteamericano, tan bien descrito por el último embajador estadounidense en La Habana, Earl E. T. Smith, en su esclarecedor libro El cuarto piso; el beneplácito con que la opinión pública internacional ha acogido sin mayores fisuras a la dictadura cubana desde sus inicios y que dura, en demasiados casos, aun hasta nuestros días con una fidelidad a prueba de fusilamientos y derrumbes.

El problema entonces sería el Espíritu de la Época, ese que podría haber comenzado a manifestarse luego de la Reforma protestante, pero que iniciaría su escalada universal y uniforme a partir del siglo XIX, que entraría en su apogeo durante el XX, y que iría acercándose a la definición de orgasmo oceánico en lo que va de este siglo XXI. Ese espíritu es, como saben los que lo han padecido o se le han opuesto, socialista y paternal, sensiblero y mecanicista, inductor e impositivo, seductor e implacable, solidario y suicida. Rechaza el azar y apuesta por la planificación, prefiere la repartición de la riqueza a su creación, hablar de los derechos humanos a hablar de los derechos del individuo, la sumisión a la guerra, las mujeres fuertes y los hombres flojos.

El espíritu de la época ha impuesto un nuevo lenguaje, un metalenguaje que en el intento de no dañar lo más mínimo la autoestima de nadie ha terminado por dañar el pensamiento y crear una especie de hombre nuevo, uno que resultaría informado y bruto, dócil y protestón, anárquico y correcto, acomodado y sin voluntad. Bajo ese espíritu Occidente parecería avanzar cada vez más hacia una sociedad de seres inducidos por la hipnopedia del libro Un mundo feliz, de Aldous Huxley, hipnopedia que en boca de un personaje es descrita como la mayor fuerza moralizante y socializante de la Historia. Una sociedad de seres altruistas, anoréxicos y asexuados, bien hablantes y mejor pensantes.

El Espíritu de la Época apostó primero por las pueriles teorías del paraíso en la tierra que hace sólo unos años terminaron en los campos concentracionarios de los nazis y los comunistas, y de cuyo recuerdo ahora huye aterrado para crear una versión amable de los mismos, una donde los fusilamientos y los gaseamientos no serían físicos sino mentales, y ocurrirían no en los campos y al amanecer, sino en las pantallas y a toda hora, y donde las personas igualmente dependerían de papá-estado, papa-estado como papá-dios. Es lo que el Papa Benedicto XVI ha descrito como la dictadura del centro.

El hombre nuevo castrista tiene muchas de las características anteriores, quizá por ello no causa demasiada alarma cuando desembarca en Occidente. Y la verdad es que Occidente, sobre todo Europa y su caricatura, América Latina, prefiere al hombre nuevo castrista, se entiende mejor con él, que a ese otro hombre que proveniente de la misma isla optó, a un precio innombrable, por desentenderse del modelo que le imponían. Y es que el producto estrella del régimen cubano, de su Departamento de Orientación Revolucionaria, en su versión light me refiero, tiene mucho que ver con el bípedo retratado en la novela El hombre sin atributos, obra inacabada en dos volúmenes escrita por el austriaco Robert Musil (1880-1942) entre los años 1930 y 1943, y que suele traducirse también como El hombre sin cualidades -una de las novelas más ambiciosas de la literatura alemana del siglo anterior-, al reflexionar sin piedad sobre las paradojas de la modernidad, sobre la crisis del racionalismo, y acerca de la búsqueda de una teoría del sentimiento que viabilice las emociones atrapadas en un sistema asfixiado por la ciencia y la complejidad de la vida. Un bípedo que, seriamente dañado en su psique, se somete dócilmente a la desproporcionada maquinaria estatal de la supramodernidad encarnada en el fascismo y el comunismo para, tras la liberación que supuso el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, emerger más dañado todavía, no ya en la psique, sino en la psique y en el cuerpo, en el cuerpo y en el alma, pero mayormente en el alma. Una entidad lista por una parte para habitar el Gulag de los soviéticos y por la otra para habitar el Gulap mediático, ese que de alguna manera había avizorado y deseado el intelectual Antonio Gramsci (1891-1937) y que ahora se manifestaba más allá de los predios de la Cortina de Hierro.

Conozco el caso lamentable de un ex preso político cubano que, salido de la cárcel, se vino inmediatamente al exilio con su mujer y su único hijo pequeño. Era un hombre apegado a la tierra y lo hizo más que todo para que el crío no recibiera el adoctrinamiento marxista en las escuelas de la isla, para que no se diera una fractura ideológica entre él y su hijo. Bueno, pues el muchacho terminó graduándose en una de las mejores y más respetadas universidades estadounidenses, detentando una formación marxista muchísimo más sólida y completa que la que hubiese recibido en Cuba, marxismo sin censura, vaya, y dirigiendo una suerte de departamento de intercambios culturales entre su universidad y las universidades cubanas. Total, que padre e hijo han terminado peleados si no a muerte, al menos sí a vida, en todo a lo que su vida en común concierne.

Esto explicaría un poco la complacencia de Occidente con la dictadura cubana. Estertor, detritus de su racionalismo, no puede efectivamente condenarla, eliminarla intelectualmente de su entorno sin mutilarse en alguna medida a sí mismo. Pues lo que arriba al poder en la isla aquel primero de enero de 1959 no es otra cosa que la extensión del hombre sin cualidades procreado en esa Europa esencialmente socialista que, bajo los efectos corruptores del trópico, desarrollará como una élite degradada hasta unos insospechados extremos. Revolución consecuente donde las haya -olviden lo de la revolución traicionada-, catapultó la morralla de las cloacas nacionales hacia los primeros planos del país. Degradación que, la verdad, iniciaría con otra revolución, la tan cantada revolución de 1933, esa que de un plumazo, o de un pistoletazo, terminaría finalmente transmutando a los soldados, cabos y sargentos en capitanes, coroneles y generales, y sin la cual nunca una gavilla de guerrilleros, léase bandoleros agrarios, hubiese derrotado a las Fuerzas Armadas nacionales. Para que ello ocurriera, antes esa institución armada debió ser convertida en una institución de advenedizos sin formación ni fogueo, donde el cabo de ayer era el general de hoy. Luego, las escaramuzas de la Sierra Maestra y el llano no se darían entre un ejército profesional y un ejército revolucionario, sino entre dos ejércitos revolucionarios. A ese punto como nación habíamos llegado.

Por ello, más allá de las prevenciones respecto a la parcialidad que supondríamos en un texto autobiográfico y los señalamientos de violación de derechos humanos que pesan sobre el personaje, me parece adecuado revisar el libro Memorias (México, 1961), del teniente coronel de la Policía Nacional de Cuba, Esteban Ventura Novo, donde, a tono con su oficio, expone el desempeño delictuoso, la índole moral, de importantes figuras de la dictadura castrista antes de meterse a revolucionarios. Y así, por ejemplo, narra que Juan Almeida Bosque, alias Caballo Blanco, había sido condenado por el asalto a una turista norteamericana, Hallen Ayes, de Fort Lauderdale en la Florida, delito que, según confesión del propio Almeida, no era de su giro, ya que sus actividades eran la venta de marihuana en la esquina de San Isidro y Damas, en unión con Caridad Suao, alias la Conguita, quien vivía en la posada donde Ventura Novo asegura haber arrestado a quien luego ostentaría el título de comandante de la revolución.

El expediente de Efigenio Amejeiras, alias Tomeguín, que llegaría también a comandante de la revolución y a jefe de la policía nacional revolucionaria, lo muestra como integrante de una banda cuya especialidad consistía en arrebatar los bolsos o carteras a mujeres desprevenidas que tomaban o dejaban el ómnibus en el parque de la Fraternidad, frente al hotel Mannhattan. Además, según el teniente coronel, en el Juzgado Municipal de Puerto Padre, término municipal de la provincia de Oriente, en funciones de Juzgado Correccional, consta en los libros las sentencias dictadas de 60 días de privación de libertad contra Efigenio Amejeiras y Armando Cubría por haber sido sorprendidos infraganti mientras entrambos practicaban la pederastia. De este modo el temido policía nos va trazando un panorama en el que los heroicos revolucionarios, con las excepciones de rigor que darían peso a sus aseveraciones, se delataban los unos a los otros nada más pisar la puerta de las comisarías a lo que, declara, se debía fundamentalmente el éxito alcanzado en las operaciones antiterroristas desarrolladas en La Habana de la época.

Lo narrado por Ventura Novo palidece ante el historial gangsteril del propio Fidel Castro en su época de estudiante universitario. Acorde con ese historial habría participado, como actor o cómplice, de la muerte de algunos miembros de pandillas enemigas. Así, siendo miembro del grupo gansteril Unión Insurreccional Revolucionaria, UIR, es señalado como cómplice en el asesinato del líder estudiantil Manolo Castro y de haber dado muerte a tiros al sargento de la policía Oscar Fernández Cabral, quien le acusaba de matar al primero.

Pero, lo cierto es que el modo en que el hombre sin atributos occidental degeneraba en la isla caribeña, no sería exclusivo de la oposición revolucionaria, sino que en alguna medida sería correspondido generosamente entre las filas de revolucionarios en el poder, en el gobierno de Batista y en la sociedad civil cubana en general, y nos topamos con que el mismo Ventura Novo, en un alarde de imparcialidad historiográfica, nos dice:

Fueron cómplices los militares, de distintas graduaciones, que sentados cómodamente en sus burós…permitieron que por sus subalternos se conspirara descaradamente y no los denunciaron.

Fueron cómplices los oficiales del Ejército, la Marina y la Policía, que al amparo de aquel gobierno se enriquecieron y sin embargo nada hicieron, siquiera para sostener el régimen.

Fueron cómplices estos señores, a quienes saquearon sus cajas de seguridad o sus bóvedas en los bancos y… se descubrió que guardaban millones de pesos robados a los suministros de las fuerzas armadas… Fueron cómplices los altos funcionarios del gobierno que, en tertulias familiares comentaban en voz baja que “el gobierno está apretando demasiado” y contribuían por temor, con gruesas sumas, comprando bonos del 26 de Julio (por cierto que, en cuanto a culpabilidad, los danzantes en torno al cake del 26 de Julio en Miami, mencionados anteriormente, me parecen una especie de párvulos inmaculados en comparación con estos compradores de bonos), creyendo que un día, se lo iban a tener en cuenta y que podrían quedarse tranquilamente haciendo la digestión de sus mal habidas fortunas, al amparo del poder público…

Fueron cómplices, los industriales, propietarios de fábricas… los hacendados y colonos que… contribuían con el impuesto que les cobraban las pandillas de delincuentes, en vez de apoyar con todo su potencial económico al gobierno para reprimirlas de una vez por todas… Fueron cómplices los educadores, los maestros, los rectores de la Enseñanza oficial y privada, quienes permitieron, con extraordinaria complacencia, que en los centros donde impartían la educación, se conspirara con una impunidad pasmosa y que hoy ven sus instituciones confiscadas, sus cargos despojados y el adoctrinamiento de ideas extranjerizantes.

Ventura Novo termina su pase de cuentas de esta manera inesperada y tremenda: Todos, absolutamente todos, tienen bien merecido lo que hoy les sucede.

La pregunta que se impone aquí es la siguiente: ¿Hay esperanza alguna para una sociedad, un hombre, tan seriamente dañado durante tanto tiempo? Y la respuesta es que sí, que hay esperanza, no mucha la verdad, pero la hay. Esa esperanza comenzaría a manifestarse desde el punto mismo en que el hombre nuevo castrista inició en la isla la deriva hacia la definición occidental del hombre sin atributos. Vuelta a los orígenes, una en que el ente isleño entroncaría nuevamente con la corriente internacional, regreso más o menos tranquilo del Gulag real al Gulag virtual.

Lo cierto es que el asunto no viene a ser como para morirse de optimismo, pero, si convenimos en que por otro lado el Espíritu de la Época, ese que habría prohijado indistintamente al homo novus en su vertiente light y concentracionaria, estaría entrando en un tiempo bisagra en que podría ir evolucionando hacia otra cosa, digamos, hacia una suerte de Segundo Renacimiento. Uno en que, como en el Primer Renacimiento (ese que algunos estudiosos han considerado la última gran época de la humanidad) se manifieste una radical transformación del pensamiento, la psique, el espíritu, la cultura y la sociedad.

Arribados a ese punto, Cuba, como parte de Occidente, pudiera transitar hacia eso que los religiosos denominarían como un tiempo de auténtica redención. En este sentido, las palabras a la prensa del rockero cubano Gorki Águila, nada más salir de su reciente encarcelamiento y juicio por un caso de supuesta desobediencia, pudieran quizá ser premonitorias: ¡Estoy orgulloso por toda esta gente que se ha solidarizado y siento más odio contra esta tiranía!



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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
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