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Rencor, racismo y demagogia: En torno a los caprichos de la Historia

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La Historia suele ser caprichosa, y cierta Izquierda también. Y esa Izquierda, adicionalmente, ejerce desde hace bastante tiempo una considerable influencia, cuando no un control directo, sobre los medios de difusión masiva occidentales (cosa que, dicha sea de paso, no habría logrado sin la activa colaboración de sus oponentes). De ahí que la Historia insista cada día más en reproducir aquellos presupuestos desde los que cierta Izquierda, caprichosamente, diseña la realidad.

Los siguientes artículos, directa o indirectamente, giran en torno a los caprichos de la Historia.

El rencor y la historia

un artículo de Carlos Alberto Montaner

Vengo de una cultura rencorosa. Los cubanos no les perdonan a los españoles que en 1871 fusilaron injustamente a ocho estudiantes de medicina de la Universidad de La Habana. Todos los años conmemoran la fecha lacrimosamente y recuerdan aquella barbaridad en medio de discursos encendidos por la cólera. Pero no se trata de un fenómeno aislado. En toda América Latina sucede más o menos lo mismo. Los mexicanos tienen sus “niños héroes de Chapultepec”, seis cadetes adolescentes que murieron en 1847 defendiendo una guarnición militar -el castillo de Chapultepec- ante los invasores norteamericanos. Los paraguayos continúan hablando de la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), cuando se enfrentaron a Brasil, Argentina y Uruguay y murieron casi todos los varones en edad de esgrimir un cuchillo. Y así, en cada país, los agravios no se cancelan, sino se archivan y reviven periódicamente, como si el nacionalismo o la vinculación a los partidos políticos necesitaran alimentarse de estos viejos dolores para poder mantener su vigencia.

No se piense, claro, que esta curiosa conducta es propia únicamente de los latinoamericanos. Tal vez es la regla universal. Los árabes tienen aún más acusado el sentido del rencor histórico. Las razones por las que se matan los chiitas y sunitas tienen su origen en un oscuro pleito sucesorio, ocurrido en el siglo VII, muy difícil de explicar de una manera convincente a estas alturas. En España, aunque con menos virulencia, sucede lo mismo: hay castellanos que le imputan la decadencia del país a la entronización de la Casa de Austria en el siglo XVI, mientras muchos catalanes aseguran que la madre de todas las desgracias fueron el comienzo de la centralista dinastía de los Borbones a principios del siglo XVIII y los Decretos de Nueva Planta dictados por Felipe V para debilitar la identidad catalana. Incluso hoy, una de las formas que tiene el gobierno de Zapatero de mantener entretenidas a sus huestes socialistas es hurgar en las matanzas de la guerra civil de 1936 en busca de una siempre opaca “verdad histórica”.

¿Hay alguna cultura que no cultive el rencor histórico? Probablemente las que provienen del tronco británico. Estados Unidos, por ejemplo. La observación se me hizo evidente leyendo una historia de las formaciones políticas norteamericanas. Hoy la inmensa mayoría de los nativoamericanos -los de origen indio- y de los afroamericanos votan por el Partido Demócrata, pese a que, en el pasado, ambas minorías fueron víctimas de feroces atropellos perpetrados por los líderes políticos de esta agrupación. El pendenciero Andrew Jackson (1829-1837), que fue querido (y odiado) como pocos presidentes demócratas, no sólo fue propietario de esclavos, sino trató, maltrató y expulsó a los indios de sus tierras de una manera que hoy calificaríamos como genocida.

El Partido Republicano, el de Lincoln, en cambio, fue el defensor de los negros durante la guerra civil, el que decretó el fin de la esclavitud, y el que luego propuso las enmiendas constitucionales XIII, XIV y XV que les otorgó los derechos civiles a los ex esclavos y a sus descendientes, todo ello frente a la intensa oposición de los demócratas. Por la otra punta, el Partido Demócrata, en el sur de los Estados Unidos, fue el principal sostén del Ku Klux Klan, y todavía hoy uno de sus antiguos miembros, Robert Byrd, es senador por West Virginia. Fueron los gobernadores demócratas sureños los que con mayor fiereza defendieron la segregación racial y se opusieron a la integración en las escuelas, obligando al presidente republicano Ike Eisenhower a utilizar a una división de paracaidistas para hacer cumplir las sentencias de los tribunales, circunstancia que explica que, en aquellos tiempos, Martin Luther King prefiriera votar por los republicanos.

Es cierto que esas posiciones racistas de los demócratas comenzaron a cambiar durante los gobiernos de Truman, Kennedy y Johnson en la década de los sesenta del siglo pasado, pero lo interesante no es la capacidad de adaptación de los dirigentes de ese partido, sino la casi absoluta falta de consecuencias electorales que tiene el pasado en el presente político del país. Esa pragmática actitud de indiferencia ante los hechos pretéritos, posiblemente sabia y envidiable, es casi incomprensible en nuestra cultura. ¿De dónde surge? Sospecho que de la relación que se tiene con el porvenir. En la cultura de origen anglosajón el futuro parece ser lo único importante. El pasado apenas cuenta. Nosotros vivimos aplastados por su peso.

Cortesía http://www.firmaspress.com/

El partido de la reacción en Estados Unidos (I)

un artículo de Armando de Armas

El Demócrata es el partido de la reacción en Estados Unidos. Ningún problema con la reacción. El problema estaría en la estafa, casi siempre mediática, de venderse a todo trance, y a veces en trance, como partido progresista en tanto los hechos demostrarían exactamente lo contrario.

Veamos la historia. Abraham Lincoln (12 de febrero de 1809 - 14 de abril de 1865) fue el décimosexto Presidente de Estados Unidos y el primero por el Partido Republicano. Como un fuerte y decidido oponente a la expansión de la esclavitud, Lincoln ganó la nominación de su partido en 1860 y resultó elegido presidente de la nación a finales de ese año. Durante su período presidencial ayudó a preservar la unidad del país derrotando en la Guerra Civil -¡con ferocidad hay que decir!- a los secesionistas y esclavistas Estados Confederados de América, integrados por los once estados del Sur que proclamaron su independencia. El partido de los secesionistas y esclavistas, aclaremos, no era otro que el Demócrata.

Luego entonces, el Partido Demócrata luchó en esa guerra para extender la esclavitud, y no sólo eso, sino que después de la contienda estableció las Leyes Jim Crow, los Códigos Negros y otras leyes represivas para negar derechos a los negros americanos. En ese contexto es que se funda en 1865 la primera célula del legendario y tenebroso Ku Klux Klan, constituido por veteranos del Ejército Confederado que, después de la Guerra de Secesión, quisieron resistirse a la Reconstrucción; periodo de 10 años durante el cual se le dio un poder político sin precedentes a los afroamericanos.

Es bueno aclarar que el Ku Klux Klan fue financiado, apoyado y promovido por las élites sureñas del Partido Demócrata y no vino a ser formalmente disuelto sino hasta 1870, por el Presidente republicano Ulysses S. Grant y a través del Acta de derechos civiles de 1871.

A partir de 1871 y hasta 1930, en un esfuerzo para negarles los derechos civiles y evitar que votasen a favor de los republicanos, miles de afroamericanos fueron baleados, golpeados, linchados, mutilados e incinerados vivos por los miembros, ahora clandestinos, del Klan, y algo aún peor: más adelante los presidentes demócratas Franklin D. Roosevelt y Harry Truman, rechazarían consistentemente las denominadas leyes contra los linchamientos, por un lado, y por el otro los intentos con vista a que se estableciera una Comisión para los Derechos Civiles que permanentemente velara en el sentido de evitar las fragrantes violaciones a los derechos de los negros.

En otro sentido, es obra del Partido Republicano el logro de las enmiendas constitucionales 13, 14 y 15 que garantizarían a los negros estadounidenses la libertad, la ciudadanía y el derecho al voto, además del Acta de los Derechos Civiles de 1866 y 1875 que prohíbe la discriminación racial en los lugares públicos.

Los republicanos pasaron también el Acta de Derechos Civiles de 1957, de 1964 y 1965 a favor de los afrodescendientes y contra las Leyes Jim Crow, y establecieron además los programas de Acción Afirmativa que ayudarían a prosperar a los negros. Programas que fueron propuestos por el presidente republicano Richard Nixon, en el llamado Plan de Filadelfia de 1969 que abrió el paso en 1972 al Acta de Oportunidades Igualitarias de Empleo, lo que haría ley de la nación los Programas de Acción Afirmativa. Ni siquiera se trata, puntualicemos, de que la Acción Afirmativa sea algo verdaderamente progresista para los negros, asunto en verdad muy debatible. Se trata, en definitiva, del rédito que indebidamente obtienen los demócratas por algo que le corresponde, más que nada, a los republicanos.

Se pretende un partido demócrata que habría comenzado siendo reaccionario y terminado progresista, y un partido republicano que habría comenzado siendo progresista y terminado reaccionario. Esa mágica metamorfosis ocurriría, definitoriamente, con la atribución al Partido Demócrata y al presidente John F. Kennedy de la aprobación de la ley de los Derechos Civiles de 1964. No obstante deberíamos analizar, más allá del mito, lo realmente sucedido.

En 1957 Kennedy, consecuente con la práctica tradicional de su partido, votó en contra de la Ley de Derechos Civiles, y en 1963 se opuso a la masiva marcha (participarían unas 200 000 personas) dirigida por el Dr. Martin Luther King Jr. en Washington. Más tarde el Dr. King criticaría duramente a Kennedy por ignorar la causa de los derechos civiles de los afroamericanos.

La ley de los Derechos Civiles de 1964 (Civil Rights) fue aprobada en el Congreso por 290 votos a favor y 130 en contra. De los republicanos, el 80 por ciento votó a favor de la ley. De los demócratas, el 61 por ciento hizo otro tanto. Quiere esto decir que sólo el 20 por ciento de los republicanos votó en contra de los negros, mientras que los demócratas lo hicieron en un 39 por ciento: el doble, menos un punto.

En el senado la votación fue de 73 a favor de la ley que favorecía a los negros y 27 en contra. Nada más que seis republicanos votaron en contra de la ley, frente a 21 demócratas que hicieron lo mismo. El 2 de julio de 1964 el presidente demócrata Lyndon B. Johnson firmó la ley que, finalmente, ponía en el papel los derechos de igualdad de todos los ciudadanos en este país. Estas cifras, desde cualquier ángulo que se les mire, parecen apuntar a que sería más apropiado, o más justo, decir que la ley de los Derechos Civiles de 1964 se aprobó no por los demócratas, sino a pesar de los demócratas.

Entrevistado por el autor para este trabajo, el congresista federal republicano Lincoln Díaz-Balart ha dicho que “requirió gran coraje político de parte de Lyndon B. Johnson lograr las importantes leyes de 1964 y 1965 y que Kennedy no logró nada en ese sentido”. Agrega también Díaz-Balart que “Johnson antes de ser presidente no había apoyado los derechos de los afroamericanos, pero que sí fue clave su liderazgo ya como presidente para las leyes del 64 y el 65”.

Es bueno aclarar, en aras del balance, que el oponente republicano de Johnson en la elecciones de 1964, y autor de una obra cumbre del conservadurismo norteamericano, The Consciente of a Conservative ( Conciencia de un conservador), Barry Goldwater, se oponía también decididamente a las leyes del 64 y el 65.

Digamos además que el senador demócrata Robert Byrd, de West Virginia, un ex miembro del Ku Klux Klan, desarrolló un discurso dilatorio, denominado filibustero en la jerga legislativa, en el Senado y en junio de 1964, en un desesperado esfuerzo por bloquear el paso del Acta de Derechos Civiles de 1964. No obstante, cosas veredes, el senador Byrd fue ensalzado en abril del 2004 por el senador demócrata Cristopher Dodd como alguien que, de tener la oportunidad, habría sido durante el transcurso de la Guerra Civil no un simple participante, que con chiquitas no se andan, sino un gran líder a favor de la causa… ¿de los esclavistas dijo? No, hombre, qué va, de los esclavos. Eso dijo Dodd, pretendiendo desconocer olímpicamente la historia.

Por cierto, entre los demócratas que en 1964 votaron oponiéndose al Acta de los Derechos Civiles estaba el senador Al Gore, padre de ese otro Al Gore que fuera vicepresidente en la época de Bill Clinton, y Premio Nobel de la Paz en el presente, gracias a su empeño -¡denodado y heroico hay que decir!- por salvar al planeta Tierra de gases invernaderos y malvados capitalistas. Ningún problema con la reacción, repetimos. El problema está en las cartas trucadas, en jugar con las cartas trucadas. En ofender la inteligencia de los votantes. El problema está en la demagogia.



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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
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