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Vecinos de la mujer de Antonio

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Lo estuve oyendo en el auto, atrapado en uno de esos inextricables embotellamientos que tan a menudo, y muy a pesar del aumento de los precios del combustible, congestionan la red vial miamense. Un son más viejo que andar a pie:

“La vecinita de enfrente /buenamente se ha fijado /cómo camina la gente /cuando sale del mercado...”.

La canción, que hacía bastante tiempo no escuchaba, insinúa una de las causas de la consolidación del totalitarismo en Cuba. Y probablemente una de las fundamentales. Porque si se le mira desde un ángulo desalmidonado, objetivo, el castrismo es totalitarismo más chisme. “La mujer de Antonio camina así”.

Durante mucho tiempo mucha gente ha afirmado que el totalitarismo, o simplemente el comunismo, constituye un sistema ajeno a la idiosincrasia cubana, una suerte de injerto político carente de abono cultural, o popular. ¿Pero qué tal si fuera todo lo contrario? Una nación en la que se ha llegado a institucionalizar la delación –según Jorge Luis Borges, “el peor delito que la infamia soporta”-, convirtiendo al hombre en el más eficaz enemigo del hombre, no puede ser completamente ajena al fenómeno. Un país en el que existen cuatro Comités de Defensa de la Revolución (CDR) por manzana organizando el acecho de vecino a vecino, de “cederista” a “cederista", y uno tiene que camuflar una caja de cervezas para introducirla en su domicilio.

El castrismo institucionaliza en Cuba, otorgándole coartada, alguna respetabilidad –al menos en principio- y cierto sentido histórico, la razón social de acechar al vecino, de “meterse en la vida de los demás”, tan autóctona como la canción de marras. Sus practicantes son conocidos en la isla como “chismosos”. En Cuba chismoso es aquel que habla de los otros o inventa historias acerca de los otros, pero también el que acecha al otro, el que se complace atisbando las reacciones y evoluciones del otro. La vecinita de enfrente “buenamente” se ha fijado. Una costumbre más extendida, y consentida, de lo que pudiera creerse.

De manera que con el advenimiento castrista y su consecuencia, la institucionalización de un totalitarismo radicalmente contrarrevolucionario, el chismoso adquiere categoría histórica. Deja de entornar persianas para salir airosamente a la luz pública, para abrir de par en par puertas y ventanas gritando a los cuatro vientos su “aquí estoy yo” ultraconservador. El chismoso militante, reaccionario, socialista y/o “sociolista”. Ese que “se va de lengua”. El clásico chivatón.

En cualquier caso, el régimen totalitario vigente en Cuba manipula, consciente de ello o no, una seña de identidad sociológica que difícilmente hubiera encontrado eco político bajo un gobierno democrático. En definitiva, canaliza institucionalmente una tradición que termina sirviendo a sus intereses. Con lo que cabe la pregunta: si el castrismo no es el padre del fenómeno, tan arraigado en la cultura nacional, ¿entonces es el hijo?

Como que la cederista de Castro no es más que la vecinita de enfrente, la mujer de Antonio se exilia en los Estados Unidos. País donde el chismoso languidece víctima, entre otros depredadores, del expressway, la propiedad privada, la independencia de poderes, el aire acondicionado.

Cortesía Diario las Américas



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El Reducto que los ingleses se negaron a canjear por la Florida

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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
letrademolde@gmail.com

 

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