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Economía, República, Política

Cuba a posteriori de 1926: entre el nacionalismo político y la dependencia económica (I)

Este trabajo aparecerá en cuatro partes

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1.

Como reconocen muchos de los investigadores de nuestro pasado, en la década de 1950 Cuba necesitaba cambios. Sobre todo, en lo que en definitiva era la base material de todo lo demás, en su economía.

Carmelo Mesa-Lago expone los problemas de la joven República[i]:

…una tasa de crecimiento económico reducida, que beneficiaba especialmente al capital y la fuerza laboral empleada y sindicalizada; un sector azucarero básicamente estancado y un sector no-azucarero creciente pero insuficiente para generar crecimiento económico vigoroso; alto desempleo que se agudizaba después de la cosecha azucarera; notable brecha en los indicadores socioeconómicos entre las zonas urbanas y rurales; y fuerte dependencia en la exportación del azúcar, así como en la relación económico-comercial con los Estados Unidos.

Alrededor de 1926 el modelo productivo sobre el que se sostenía la sociedad cubana desde hacía medio siglo: exportar azúcar crudo hacia los Estados Unidos, alcanzó el límite de sus posibilidades de crecimiento. Por un lado, no se podía esperar en el futuro un aumento significativo del consumo americano de azúcar, ni tampoco de la participación cubana en dicho mercado, y por el otro aumentaba la concurrencia de productores al mercado internacional, mientras éste a su vez se reducía, relativamente, en relación a la producción global, debido a la multiplicación y acrecentamiento de los mercados nacionales restringidos.

Este estancamiento de las posibilidades de nuestro modelo productivo era un problema en un mundo en el cual los estándares de consumo no paraban de crecer desde el inicio de la Revolución Industrial, unos cien años antes, y para un país en que la población tampoco dejaba de multiplicarse.

Durante las tres décadas siguientes, aunque se logró un cierto grado de diversificación productiva, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial —por ejemplo, Cuba fue pionera en el uso de la agroindustria azucarera para la producción de biocombustibles—, el país en lo fundamental continuó viviendo de lo mismo. Entre 1926 y 1958 la población se duplicó, mientras la producción nacional de azúcar se mantuvo estable alrededor de los cinco millones de toneladas; en cuanto a las exportaciones de nuestro principal producto hacia los Estados Unidos, estas disminuyeron en el citado periodo. En consecuencia, si bien la capacidad de consumo del cubano promedio no retrocedió, sino que se mantuvo más o menos congelada, como en cambio la del americano promedio experimentó un crecimiento significativo, sobre todo a partir de 1945, los cubanos sintieron ese estancamiento como un retroceso. Hay que entender que, en cuanto al consumo, el del americano promedio se había convertido en el ideal cubano, desde por lo menos el último tercio del siglo XIX, pero sobre todo a partir de la década de los veinte.

Es necesario detenernos en esta asunción, por la cubanidad, de los estándares materiales americanos como su ideal. Según Louis A. Pérez Jr.[ii]:

La identificación con el progreso y la civilización acentuaban la susceptibilidad de los cubanos a la noción de consumo, y la posesión de la mercancía era una prueba de modernidad y ratificaba la participación individual en lo nuevo y lo contemporáneo. En la acción de consumir coincidían el concepto del progreso y el discurso de la nacionalidad. La representación de lo “cubano” como civilización, implicaba la idea del progreso material como lo moderno. Ser cubano era estar comprometido con las fuerzas del mercado como condición de la vida cotidiana. Se llegó a interiorizar que era posible alcanzar una vida mejor, pues presumían estaba al alcance de todos; esta promesa pudo ser razonable en los supuestos de la cultura de mercado norteamericana, pero no tenía nada que ver con las realidades de la economía cubana.

Mucho de lo que se entendía como identidad nacional, es decir, lo que otorgaba valor a la nacionalidad, se desprendía de la asociación de la modernidad con las formas materiales. Esto implicaba una fe en el progreso, en la posibilidad de la mejoría personal, como un medio con el cual la identidad nacional adquiría muchas de sus características definitorias. La nacionalidad encontraba resonancia, precisamente, porque significaba la promesa de progreso. Los bienes materiales ofrecían una variedad de rasgos característicos, como símbolos visibles del estatus, de una vía para construirse un espacio social, tanto en público como en privado. El uso de los productos norteamericanos para delinear jerarquías sociales tenía, sin duda, consecuencias de muy largo alcance. Los cubanos experimentaron el progreso, principalmente, por medio de representaciones norteamericanas, en formas tan variadas como las modas, los cosméticos, la radio, la televisión, el teléfono, las máquinas, películas, equipos domésticos y automóviles. Los niveles de vida estaban en ascenso y la forma en que los cubanos experimentaron la vida cotidiana estaba cambiando.

Tal vez la transformación cultural más profunda ocurrió en la década de 1920, cuando la primera generación, nacida en el periodo republicano, llegó a la adultez. El momento fue decisivo, porque coincidió con el crecimiento del consumo de masas; en primer lugar en la difusión de bienes, antes considerados de lujo, a las clases media y trabajadora. Era imposible que todos participaran por igual en el consumo, por supuesto, pero ya habían cambiado las expectativas, que se afianzaron de forma permanente en el convencimiento de que esos bienes estaban al alcance de cualquier familia. (Páginas 362-363, edición citada)

Los cubanos, al optar por separarse de España, con una nacionalidad diferenciada de la española todavía en ciernes, tuvieron que inventarse diferencias imaginarias con respecto a la Madre Patria. Seríamos “americanos”, y por lo tanto republicano-demócratas, a diferencia de los españoles de Europa, apropiándonos de la dicotomía entre el Nuevo Mundo democrático y el Viejo Continente monarquista, muy en boga en los Estados Unidos por la época. También seríamos civilizados, modernos, progresistas, a semejanza de nuestros vecinos del Norte, los americanos, y a diferencia de los medievales, oscurantistas, retrógrados españoles. Pero ser modernos, civilizados y progresistas, a la americana, implicaba además adoptar un sentido de la vida material mucho más desarrollado que el español: implicaba consumo y mejoramiento de las condiciones de vida, a la americana.

Esta asunción de los niveles de consumo del Norte, como el ideal, solo se acentuó con la llegada de la independencia y la relación económica, comercial y cultural cada vez más cercana con los Estados Unidos. Por desgracia para la República, esa acentuación no fue acompañada por una economía cubana suficientemente vigorosa: la cultura material de los americanos se hizo dominante en Cuba precisamente en el momento en que las posibilidades y potencialidades de modelo productivo cubano comenzaron a mostrar signos claros de agotamiento. A partir de mediados de los veinte quedaba más y más clara la incapacidad del modelo productivo cubano para garantizarle al cubano promedio la satisfacción de ese ideal, en el futuro ya no solo inmediato. Hacia finales de la década de los cincuenta resultaba evidente que, al decir de Louis A. Pérez Jr.[iii]: “Los cubanos se habían planteado patrones muy altos para ellos mismos, tal vez irrealmente elevados”.

Enfrentada a ese agotamiento, la República, aparte de ciertos conatos de diversificación productiva, que no lograron remontar lo necesario, no consiguió hacer mucho para darle solución a ese problema. Se concentró en tratar de controlar sus causas mediante la estricta regulación de las zafras y una activa política exterior azucarera, lo cual inició el gobierno del general Gerardo Machado, a lo cual se sumó, con el posterior giro socialdemócrata tras la Revolución de 1933, el intento de controlar sus consecuencias sociales mediante una política redistribucionista más equitativa de la renta productiva entre los empresarios –conocidos como hacendados—, colonos —granjeros productores de caña—, y los trabajadores azucareros. Industriales sobre todo estos últimos, porque los ingresos de los jornaleros agrícolas, limitados a las zafras cada vez más breves con la regulación, no mejoraron de manera significativa.

La regulación y la política redistribucionista intentaban responder en paralelo a diferentes aspectos, causales o derivados del problema, sin tener que llegar a plantearse una transformación radical de la base productiva nacional, para lo cual se hubiese necesitado de unos capitales, recursos y saberes de los que el país no disponía. La regulación de las zafras fue el resultado de la necesidad de evitar una sobreproducción que hundiera todavía más los precios en el mercado internacional. Cuba promovió y adoptó compromisos internacionales –como la reducción de la producción, que en gran medida solo ella cumplió— para evitar un exceso de oferta de azúcar en el mercado internacional, que conllevaban la regulación de sus zafras. La distribución más equitativa de la ganancia intentaba controlar una consecuencia del problema: la inestabilidad social. Esta inestabilidad, vinculada en sus inicios más que nada a circunstancias políticas y al contexto internacional de la crisis económica del 30, con el tiempo y el final del ciclo depresivo de la economía capitalista mundial tuvo su causa principal en el agotamiento del modelo productivo nacional.

Si bien las medidas no estaban relacionadas, y fueron iniciadas por dos repúblicas muy distintas una de la otra, lo indiscutible es que sin una regulación fuerte de la agroindustria azucarera hubiera sido imposible esa redistribución más equitativa de la ganancia de la misma. Gracias a ello, en los cincuenta Cuba se convirtió en uno de los países del hemisferio, y del mundo, con uno de los mejores porcentajes de participación de la clase trabajadora en la renta productiva[iv]. Esto, sin embargo, se logró a costa de reducir al mínimo la inversión en la base material azucarera. No era solo que no se invirtiera en nuevos centrales, sino que no se modernizó los ya existentes. La industria azucarera cubana, que se había caracterizado históricamente por adoptar los adelantos tecnológicos inmediatamente a su aparición, y que para 1920 era probablemente la más eficiente del mundo, para 1958 había perdido esa ventaja.

En todo caso la regulación y la política redistribucionista no sirvieron de mucho. La segunda falló al enfrentar la inestabilidad social causada por el agotamiento del modelo productivo, porque no solucionaba el problema de la falta de empleo para una población en crecimiento. El asunto estaba en que si bien los trabajadores industriales azucareros, y cierto sector minoritario dentro del proletariado rural, consiguió mantener y hasta aumentar su salario real, alrededor de estos, en un país de escasa cobertura social para las familias de trabajadores no sindicalizados, el cada vez mayor exceso de población fue creando un enorme ejército de desempleados, ya no solo estacionales, que las cifras oficiales declaraban del 16,4 %[v]. En 1958 el país producía más que en 1926, sin duda, pero ese aumento, al combinarse con el aumento de la población, no era suficiente no ya para permitirle al cubano esperanzarse en la posibilidad futura de alcanzar a su ideal de consumo, sino ni tan siquiera de mantener la distancia relativa que con respecto a ese ideal tenía en 1926.

El que en términos relativos el cubano percibiera retroceder su capacidad de consumo, con respecto a la del americano promedio, creaba las condiciones para el aumento de la inestabilidad social. En el centro de la visión de sí misma de la Cubanidad estaba el sentirse un pueblo moderno, civilizado, progresista, que adoptaba todos los adelantos que hacían más confortable y saludable la vida un instante después de producirse. No conseguirlo, retrasarse con respecto a la nación que había adoptado como modelo de modernidad, civilización, y progresismo, solo podía llevar a una crisis existencial nacional.

En cuanto a la política de regular las zafras, para evitar la sobreproducción y la consiguiente caída de los precios del azúcar, funcionó solo en parte, porque ni muchos de los viejos competidores internacionales se sometieron a las mismas restricciones que Cuba, ni mucho menos lo hicieron los nuevos que fueron sumándose. En todo caso el principal factor que reguló la producción cubana al nivel de la década del veinte no fue tanto la voluntad regulatoria del estado cubano, y de los productores, sino por un lado la imposibilidad de encontrar donde vender los nuevos volúmenes de azúcar que pudieran adicionarse, y por otro la también imposibilidad, dados los precios del azúcar en el mercado, y la política redistribucionista, de reunir los capitales para invertir en la industria o en la agricultura, con el fin de elevar la producción. Puede decirse, consecuentemente, que la regulación más bien funcionó como un modo de asegurarle a cada productor una parte en las estancadas exportaciones cubanas, nada más. O sea, no como un modo de enfrentar el agotamiento del modelo productivo, sino de distribuir equitativamente sus consecuencias entre los productores cubanos.

En general las dos principales medidas que tomó la República para enfrentar el agotamiento del modelo productivo no iban dirigidas a solucionarlo, solo a controlar sus consecuencias sociales. En este empeño no fueron muy efectivas, como lo demuestra la caída definitiva de la República en 1960.


[i] Carmelo Mesa-Lago. Balance económico-social de 50 años de Revolución en Cuba. Revista América Latina Hoy, 52, Universidad de Salamanca.

[ii] Louis A. Pérez Jr., Ser Cubano, Identidad, Nacionalidad, Cultura. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2016.

[iii] Louis A. Pérez Jr., obra citada.

[iv] En su libro, Piedras y Leyes, Fulgencio Batista cita al Anuario de Estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo, OIT, de 1960, en el que supuestamente se recoge que el porcentaje de la remuneración de obreros y empleados sobre el ingreso nacional, para 1958, era en Cuba de 66 %, mayor, por ejemplo, que el de Suecia, de 64,2 %. No obstante, no hemos podido consultar dicho Anuario, para constatar la realidad de esa cifra.

[v] Carmelo Mesa-Lago, obra citada. Otros observadores dan cifras mucho más elevadas, que en algunos casos llegan a la tercera parte de la población laboralmente activa.


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