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Economía, República, Política

Cuba a posteriori de 1926: entre el nacionalismo político y la dependencia económica (IV)

Cuarta y última parte de este trabajo

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5.

La experiencia del periodo 1960-1989 demostró que el agotamiento del modelo productivo no necesariamente tenía que enfrentarse con una política de diversificación productiva y comercial, por demás de muy cuestionable probabilidad de éxito en el caso cubano. Cuba, más que intentar alcanzar una autonomía económica irrealizable por nuestra escasa población y recursos, o por nuestro devenir histórico y situación geopolítica, lo que necesita es conectarse en las mejores condiciones posibles a bloques económicos capaces de asegurarnos el alto grado de complementariedad sin el cual la economía cubana no puede funcionar.

En el caso de nuestra aproximación a los soviéticos, esas más convenientes condiciones para nosotros se alcanzaron en razón de los intereses geoestratégicos de Moscú, pero también, y es justo reconocerlo, a que el socialismo leninista desde su misma ascensión al poder, en 1917, se planteó una política de nacionalidades cuyo objetivo era eliminar las diferencias de desarrollo, y las relaciones no equitativas entre los distintos componentes primero de la Rusia Revolucionaria, después de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y finalmente del Campo Socialista. En ese marco la Cuba revolucionaria, a pesar de su nacionalismo, pudo integrarse sin grandes problemas de conciencia, y a pesar de su a-economicismo heroico, consiguió prosperar.

A partir de 1989, no obstante, ese providencial Campo Socialista desapareció, y poco después la Unión Soviética colapsó, o se “desmerengó”, al decir de Fidel Castro. Cuba regresó, por tanto, a su misma situación de enero de 1959, o todavía peor, porque su otrora participación preferencial en el mercado azucarero americano ya no existía, mientras las políticas de pleno empleo y seguridad social constituían pilares del régimen, a las cuales no se podía renunciar… al menos de la noche a la mañana. Estas políticas convertían a Cuba en un mercado laboral muy poco apetecible, y le dejaban al Estado una casi nula capacidad para la inversión productiva —adicionemos a esto la dificultad de ese Estado para obtener crédito, no tanto por el Embargo de los Estados Unidos, que alguna influencia tenía en ello, sin duda, sino por la decisión de Fidel Castro de negarse a pagar la deuda externa del país a mediados de la década de los 80, cuando suspendió sus pagos e intento hacer que los tres más grandes deudores de la época, Brasil, México y Argentina, hicieran los mismo.

En el nuevo escenario, a partir de 1990, la experiencia debió llevar a los decisores políticos cubanos a la idea de que había que transar con los americanos, para reconectarnos a ellos como una economía complementaria, en un mundo en el cual los Estados Unidos eran el centro indiscutido. No obstante, ello era demasiado costoso para la élite política. Implicaba renunciar al principal elemento movilizador del nacionalismo cubano, vital para que esa élite ya post-revolucionaria conservara el poder: su antiamericanismo. Por otra parte, ya sin la posibilidad material de sostener un modo de vida alternativo al americano, seguía vigente, quizás como nunca antes, la necesidad de desconectarse culturalmente de los Estados Unidos. Reconectarse, en las mismas condiciones de 1960, como un estado independiente, o sin acuerdos comerciales que salvaguardaran a la economía cubana de las enormes asimetrías entre ambos países, hubiera implicado reintroducir el elemento desestabilizador de tener al consumo americano como el ideal, pero ahora desde una mayor brecha inicial en las rentas nacionales per cápita.

Sobre todo, era inviable, por cierto, dada esta especial relación histórica de la Cubanidad con la cultura material americana, el modelo productivo que la élite política post-revolucionaria tomó de Batista e intentó impulsar a partir de 1990, sobre todo a partir de 2014 con el deshielo obamista: el de convertir a Cuba en el destino turístico de los americanos. Un estado independiente semejante habría sido inviable, por más que esa élite política se imaginara en su soberbia poder controlar las tendencias que muy pronto erosionarían incluso los mecanismos represivos del estado.

Se imponía renunciar al nacionalismo político, o por lo menos a las aspiraciones a conservar unos niveles de soberanía política absolutistas, insostenibles por cualquier economía cubana potencial. Sin embargo, hay que reconocer que en 1990 el principal obstáculo para solucionar el problema cubano, en base a las experiencias dejadas por el periodo 1960-1989, no estaba en una élite post-revolucionaria que se balanceaba al borde del abismo. Para 1990 la solución ideal: nuestra anexión a los Estados Unidos, era casi tan irreal como en 1960. Tanto el establishment político, como la opinión pública americana, eran contrarias a la idea de agregarle nuevos estados a la Unión. Sobre todo, un estado tan diferente cultural, étnica y socialmente como lo era Cuba, en esa época[i].

En 1990 ingentes obstáculos externos e internos impedían aplicar la experiencia sacada del periodo 1960-1989. Los internos, la existencia de una ideología nacionalista antiamericana que en los primeros años noventa todavía mantenía un considerable atractivo emocional para un amplio sector de la población isleña, pero sobre todo la existencia de una clase política interesada en un estado cubano lo más independiente posible, ligada su legitimidad precisamente a ese antiamericanismo[ii]. El externo, la negativa del establishment y del público americano a aceptar la anexión de Cuba como un estado más de la Unión.

Ambos obstáculos, no obstante, tienden a difuminarse al presente, treinta y cuatro años después de 1989. Los obstáculos internos: el poder de la élite post-revolucionaria y la ideología nacionalista antiamericana, se encuentran ambos en plena decadencia, y si no han terminado de desaparecer se debe en gran medida a la falta clara de otras opciones concretas para el problema relacionado a la imprescindible complementariedad de la economía cubana. Por su parte los cambios demográfico-culturales en los Estados Unidos, por un lado, y el lento traslado de la población de Cuba hacia la Florida, abren la puerta a la posibilidad ya no de conseguir de los Estados Unidos un tratado de libre comercio, sino incluso la anexión.

Pero lo más importante, sin embargo, es el hecho de que los americanos deben acabar de entender que, por nuestra especial relación histórica, no tendrán nunca en esta isla la estabilidad que uno espera en un vecino tan cercano, y estratégico, si no aceptan concederle a Cuba ventajas económicas y comerciales que le permitan a los cubanos por lo menos soñar, de manera realista, con algún día vivir a la par de ellos. Porque los cubanos, en muchos aspectos de nuestro carácter nacional, no somos otra cosa que americanos, ni tampoco podemos dejar de mirar al mundo, y a nosotros mismos, sino a través de su medida.


[i] No obstante, si bien la solución anexionista era impensable en 1990, una Cuba un poco menos nacionalista que hubiera sabido renunciar a su anti-americanismo habría conseguido ventajas preferenciales en el mercado americano, quizás hasta un tratado de libre comercio. Incluso haber entrado como un cuarto miembro en el firmado en 1994 por los tres grandes países de América del Norte. Claro, ello no pudo, ni podía ocurrir con un nacionalismo antiamericano en el poder, que era capaz de renunciar a todo, menos precisamente a su antiamericanismo.

[ii] Por cierto, esa experiencia de 1960-1989, como hemos visto a lo largo de este trabajo, solo fue posible por el antiamericanismo del nacionalismo cubano en el poder.


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Cuba, mural con imagen de Fidel CastroFoto

Cuba, mural con imagen de Fidel Castro.