Actualizado: 11/12/2019 10:29
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Sociedad

Otro secreto de Estado

Si el dengue es un flagelo que el gobierno combate sin cuartel, ¿por qué evita llamarlo por su nombre?

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Ni la doctora Lea Guido, representante en Cuba de la Organización Panamericana de la Salud, sabe cuán grave es la epidemia de dengue en la Isla. "En agosto nosotros recibimos una nota del ministro de Salud en la que se planteaban casos de dengue en Cuba, incluso casos de dengue hemorrágico", dijo a la agencia EFE y validó la estrategia local para combatir al agente trasmisor, el mosquito aedes aegypti, de origen africano.

La misiva del doctor José Balaguer es la única confirmación oficial de que el país sufre una epidemia, pero los cubanos están de espaldas a tal noticia y sólo pueden disponer de conjeturas, disparatadas a veces.

En su edición dominical, el periódico Tribuna de La Habana se fue por la tangente. "Cien y 300 pesos (4-12 dólares), y la obligación de abstenerse de continuar con dicha conducta, son aún sanciones muy tímidas cuando se tiene en cuenta que en tales descuidos puede írsenos la vida", se quejó el rotativo al pedir sanciones más severas para los responsables de criaderos vectoriales.

Las especulaciones en la calle son pluviosas y no encuentran desmentidos. Se cifra en cerca de treinta las personas fallecidas por el dengue, mientras los enfermos podrían haber rebasado los cincuenta mil. Seis de las catorce provincias del país estarían infestadas.

"Con Fidel 'guardado' y la Cumbre en movimiento no quisieron poner más nerviosa a la gente. De todas formas todo el mundo sabe que hay dengue", opina el mesero de una cafetería habanera. Limpia con un trapo el mostrador. Las moscas, escasas, levantan vuelo.

Me cuenta que un primo suyo estuvo ingresado en La Covadonga, uno de los grandes hospitales de la capital. "Era impresionante ver todas aquellas camas con mosquiteros grisosos, colgados con palos de lo que fuera. Eran salas y salas llenas de enfermos".

"Ahora lo que necesitamos es ver en qué momento estamos (…), si (la enfermedad) ha llegado a su meseta, si está bajando, y eso es lo que estamos esperando que seguramente el país nos lo pasará en el momento adecuado", señaló la doctora Lea Guido.

Celestino Díaz apenas logra dormir después del alba. Es custodio de un almacén de víveres en La Habana y termina de madrugada, pero el ruido de los aviones, al amanecer, lo arranca de la almohada, irremediablemente.

"Me tienen los nervios destrozados", dice con una pizca de malhumor. "Comprendo que hay que hacerlo… acabar con el mosquito, creo que el gobierno hace todo lo que puede", agrega ya más relejado.

Como miles, Celestino despierta al son de las avionetas. Vuelan a tan baja altura, que puede leerse sin dificultad la matrícula en su fuselaje. Esparcen un humo blanco y pestilente que es insecticida. Pero si no son las fumigadoras aéreas, entonces será el ronroneo de las motomochilas quien quite el sueño o el humo irritante de aspersores montados en camiones.


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