Actualizado: 03/12/2021 11:36
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Opinión

¿Hacia un nuevo 24 de febrero?

La voluntad política de los actores determinará la profundidad y velocidad de los cambios.

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El martes 19 de febrero se conoció lo que hasta ahora era una mezcla de hipótesis con rumor: Fidel Castro renunció a la jefatura del gobierno. La dejación se produce sólo cinco días antes de conformarse el nuevo Consejo de Estado, que emergerá de la Asamblea Nacional del Poder Popular el domingo 24 de febrero.

Los intereses de los seres humanos pueden acelerar o retardar los procesos históricos, pero no pueden impedirlos. El tiempo para iniciar las transformaciones que reclama la sociedad terminó: estamos en zona de peligro. La coincidencia entre agotamiento del modelo, estancamiento de la nación, descontento ciudadano y sucesión del poder, conforman un cuadro objetivo, expresado en que "los de abajo no quieren y los de arriba no pueden" seguir como hasta ahora.

A ello se une la toma de conciencia manifestada en la polémica entre los intelectuales, el debate del discurso de Raúl el 26 de julio en Camagüey, las múltiples manifestaciones de resurgimiento de conductas cívicas, las tenues expresiones críticas aparecidas últimamente en la prensa oficial, lo sucedido con los estudiantes de la UCI (Universidad de Ciencias Informáticas) y en el decrecimiento del voto unido en las últimas "elecciones": una clara señal de la existencia, permanencia y crecimiento de un sector poblacional inconforme.

Como la sociedad civil en la Isla es casi inexistente, con independencia de gustos y deseos, el rol protagónico lo tendrán algunos sectores de las mismas fuerzas que han tenido el poder y que cuentan, hasta ahora, con casi todo lo necesario para conservarlo. Por ello, la voluntad de los actores del cambio determinará el cómo se proceda, por dónde comenzar y cuál será la profundidad y velocidad de las transformaciones; pero con una particularidad: la conciencia de que tienen que cambiar, pues la eficacia para conservar el poder no es extrapolable al mejoramiento económico.

Es imprescindible satisfacer las demandas de los ciudadanos, las que a su vez tienen que conjugarse con determinadas garantías para un poder que tiene sus propios intereses. Se deduce, por ello, que los cambios políticos no estarán priorizados, lo que no significa que se puedan posponer indefinidamente. Tendrán que incluir algunas medidas inaplazables como la liberación de presos políticos y el cese de la represión a las actividades pacíficas.

Lo que proponía Martí

De cómo se conjuguen las necesidades y contradicciones, el proceso de cambios podría conducir o no al tercer acontecimiento histórico de gran envergadura desde el siglo XX, después del nacimiento de la República en 1902 y el triunfo revolucionario en 1959. La coincidencia de que la nueva legislatura iniciará sus funciones el 24 de febrero, exactamente 113 años después de aquel 24 de febrero de 1895, podría ser un símbolo del deseo y la necesidad.

Sin embargo, lo que proponía José Martí en aquel momento, desde su clarividencia y profundo sentido ético y humanista, era la independencia del exterior como medio para un objetivo mayor: la república libre y democrática para rendir culto a la dignidad y para el bienestar material y espiritual de todos los cubanos, propósito recogido en la siguiente frase: "Quien quiera nación viva ayude a establecer las cosas de su patria de manera que cada hombre pueda labrarse en un trabajo activo y aplicable una situación personal independiente".

Un fin pendiente de realización que debería ser apropiado por las autoridades que asumirán el mandato el día 24. Para ello, tienen que abrirse a la diversidad, la pluralidad de la nación y el respeto a los derechos humanos. Para este fin, cuentan con una gran ventaja: el control absoluto de los medios de producción, información y de las leyes. Lo único que resta es la voluntad política para reemprender la realización del sueño martiano.


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