Actualizado: 18/10/2021 10:15
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A manera de notario

Huésped del Infierno, de Jorge Olivera Castillo, con prólogo de Raúl Rivero.

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Este primer libro de "cuentos" del periodista independiente Jorge Olivera Castillo (Valencia, España, Aduana Vieja Editorial, 76 pp., 2007), deviene un conmovedor testimonio de esas vidas sepultadas, marginadas, humilladas en las cárceles castristas.

Tradicionalmente, la cárcel ha servido a infinidad de escritores y cineastas para denunciar el trasfondo terrible tanto de víctimas como de victimarios. En última instancia, a veces una "cárcel" es sólo una imagen desnuda, intensa, microscópica, de esa otra cárcel en que puede convertirse todo un país.

Tal es el triste caso de los presos de conciencia en la Cuba de Fidel Castro, donde las fronteras visibles entre las llamadas "instituciones penitenciarias" y el país mismo, se tornan difusas y relativas, hasta el punto de denunciar una claustrofobia nacional que no puede menos que hacernos recordar el insularismo asfixiante de La isla en peso de Virgilio Piñera o el barroco carcelario de José Lezama Lima.

Como un Solyenitzin insular, Olivera Castillo devela ante nuestros ojos espantados el gulag de las cárceles cubanas, que parecen evocar y problematizar aquella frase que leímos en nuestra infancia en La Edad de Oro, de José Martí: "Un hombre que no dice lo que piensa, no es un hombre honrado". Porque, ¿cuál puede ser el precio de la sinceridad dentro de un régimen carcelario como el cubano?

Aunque el propio autor insiste en las borrosas fronteras entre la realidad y la ficción, entre el testimonio escueto y la más kafkiana imaginación, en realidad este intenso libro nos indica quizás que, por encima o por debajo de todo intento de literaturizar la vida, nada es más conmovedor, realista y efectivo que el testimonio desnudo, al parecer simple, objetivo, de una realidad tan significativa en su inmediata cotidianeidad.

Acaso hubiera bastado con el testimonio directo, a manera de notario, de una realidad tan desmesurada y, valga la paradoja, en su simple devenir, para sensibilizar a cualquier lector con uno de los dramas humanos más tristemente universales.

Más allá de sus valores literarios, siempre tan relativos y dependientes de retóricas escriturales, este es un necesario libro de denuncia cívica, de desgarrado testimonio de un hombre que, acaso por haber estado en el infierno, ya no puede escribir sobre el mismo sin acogerse a cierta imposible distancia literaria. Pero esa aparente contradicción es acaso la prueba de su autenticidad.