Actualizado: 21/09/2018 11:18
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Literatura, Humor, Ingenio, Tragedia

Antología casual

Un puñado de pensamientos egregios, observaciones clavadas en el blanco de la realidad, golpes de fantasía o de ingenio, gotas de lúcido humor, recopilados a lo largo de diversas lecturas

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En los años 30, apareció en el diario habanero El País un trabajo de Jorge Mañach con el título que he tomado en préstamo. Al principio, explicaba su intención de hacerlo de vez en cuando, quizás de semana en semana, publicar, “en lugar del artículo propio, un florilegio de cosas bellas o agudas recogidas a lo largo de mis lecturas”. Apuntaba que no lo hacía por pereza o como una manera de salir del paso con ingenio ajeno. Y luego agregaba: “Se trata nada más —y nada menos— que de un ensayo de periodismo espiritual, por así decir; un modo distinto de hacer a los lectores comulgar en mis propias experiencias de lector… Cuántas veces, leyendo un libro, un periódico, hasta un prospecto cualquiera, no se topan pensamientos egregios; observaciones clavadas en el blanco de la realidad, golpes de fantasía o de ingenio, gotas de lúcido humor que nos hacen tomar el lápiz y señalar al margen con un trazo admirativo y violento… En estos trances inefables, suelo yo decirme para mi capote: «¡Qué lástima que esta frase no sea admirada por todo el mundo!»… Y sufro una suerte de remordimiento de no divulgarla enseguida. Porque está en la esencia de los placeres espirituales, y sobre todo en los placeres estéticos, el infundir un ánimo generoso, un deseo de que se los comparta”.

Siguiendo su ejemplo, esta semana comparto algunos de los mejores momentos de recientes lecturas. Y, como mi admirado Mañach, les aseguro que la tarea de transcripción no es todo lo fácil que pudiera suponerse.

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“La admiración a Goya —el pintor de las majas, los chulos, los toreros y las riberas jocundas del Manzanares— está como incorporada a la fibra española. Si algún artista ha sido popular de veras, Goya lo fue. Todo el contenido, intencional o anecdótico, de su enorme sátira pictórica, fue una ingenua reacción plebeya, en el mejor sentido de las palabras. La reacción política irónica, con mordacidad disimulada de mentidero, en La familia de Carlos IV, una de las obras de arte más aguda y hondamente democráticas que jamás se hayan logrado. La reacción también política, pero nacionalista y violenta, defensora y apasionada, en el Episodio del 3 de Marzo de 1808, lienzo trágico, en donde Goya ventiló todos los rencores populares contra el francés. En todo lo capital de la obra de Goya, hasta en sus decoraciones religiosas (¡tan irreligiosas!) para San Francisco el Grande, se advierte un sentido popular, una irrefrenable delación de sus simpatías y orígenes plebeyos, un humor entre vengativo y burlón que traduce al Estado llano. Si pintase hoy día, el arte de Goya sería un arte de proletariado.

“Por esta intención o reflejo popular de toda su obra, es Goya —con el simple y dulzón Murillo, también cercano, aunque por otro lado, al “corazoncito” del pueblo— uno de los pintores españoles nacionalmente más sentidos. (Comparándolo con los otros dos genios de la pintura española, se sorprende uno tentado de proponer esta caracterización estético-social: Greco, el aristócrata; Velázquez, el burgués; Goya, el villano.) No es de extrañar, por tanto, que el centenario de Goya en España tome visos de acontecimiento nacional, como los tuvo el de Cervantes”. (Jorge Mañach, “El Centenario de Goya”, El País, 29 abril de 1927)

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“Al regresar a casa Lady Godiva y enterarse de que los vecinos se habían encerrado para no verla, sintió ganas de cortarse la cabellera que le sirvió de manto. Ese fue el germen de la melena.

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“El maletín de viaje es la más eficiente cédula de trotamundos. Solo los novatos cargan con enormes baúles en sus tumbos por la vida.

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“La billetera y la caja de caudales, obesas, ventrudas y rechonchas, miran con cierta compasión al portamonedas y la caja contadora”. (Félix Soloni, “Parrafitos”, Excélsior-El País, 19 febrero de 1929)

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“En buena política, en creadora política de libertad, es imprescindible la existencia de la oposición. Viene a ser esta como la otra mitad, como el reverso que de faltar destruiría la riqueza y la unidad del cuerpo. Gobierno que aspire a manifestarse sin oposición tiene ante sí un solo camino: el de la tiranía. Y esta vieja verdad, con todo lo que tiene ya hecho en el escenario de la historia para conquistarle la aprensión de las gentes, sigue dando enorme quehacer en todas partes. En ciertos regímenes, nacidos principalmente sobre la flojedad funcional de la democracia, se parte de la eliminación radical de la oposición por medio de la violencia. Un solo partido en el poder, un solo hombre en el mando, una sola doctrina sirviendo de guía. Pero precisamente cuando ya había tomado cuerpo en varios países este modo totalizador de ser, quedó demostrado que la libertad humana, la independencia de la conciencia, la participación viva y libre de la persona, valen mucho más que la más perfecta organización estatal, y que constituye un crimen contra la humanidad el sacrificar los valores de la individualidad”. (Gastón Baquero, “La oposición necesaria”, Diario de la Marina, 14 abril de 1945)

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“Polla, picha, pija, pico, pinga, morronga, cabilla, cabia o cavia, caoba, majagua, mazorca, moco, pájaro, levana o lebana, linga, carajo, tranca, trozo, mecha, trabuco, perinola o pirinola, mandarria, pene, palo, mástil, verga, vergajo, vianda, la cabezona, la calva, cuero, látigo, rabo, chorizo, morcilla, tabaco, la sinhueso, arma, espada, pluma («mojar la pluma») —y casi siempre, cosa curiosa, el nombre está en femenino”. (Guillermo Cabrera Infante, “Peri Phalos”, Exorcismos de esti(l)o, Sexix Barral, Barcelona, 1976)

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“Cuando en otoño del 54 me llamaron del Ministerio del Interior de Kazajstán, en Alma-Atá, yo ya sabía que no había nada que temer, pero aun así estaba temblando. Cuando llegué, me condujeron inmediatamente al despacho del ministro. Entré. El ministro, que iba de uniforme, con sus condecoraciones y medallas, se cuadró ante mí, y todos sus subalternos y adjuntos, debían de ser unos ocho o diez, incluso una mujer, también se quedaron petrificados en posición de firmes. El ministro dijo: «Tengo el placer de poner en su conocimiento, Anna Borísovna, que en virtud del fallo de la Fiscalía Militar, número tal y cual, ratificado por la sentencia número tantos y cuantos del Tribunal Supremo de la República, queda usted exculpada. Mi enhorabuena. Es usted ahora una ciudadana de pleno derecho como todo el mundo…». Todo ese rato yo me había estado repitiendo a mí misma: «¡Tienes que contenerte! No empeores las cosas. ¡Tienes que aguantarlo!» Pero no bien hubo concluido, me llevé la mano al pecho y gemí. La mujer se precipitó inmediatamente en mi dirección… Después supe que cuando convocaban a una mujer para comunicarle que la habían rehabilitado, siempre tenía que estar presente un médico o una enfermera, porque a menudo las mujeres se desmayaban. Así que se precipitó hacia mí, pero me dio tiempo a detenerla con un gesto: «¡No es necesario!», a lo que añadí: «Vuelvo a ser igual que los demás, pero no del todo. Fíjense en qué me he convertido. ¿Acaso pueden devolverme los veintidós años que me robaron de mi vida?» Y él respondió: «Pero estamos seguros de que ahora dedicará usted todas sus fuerzas al servicio del pueblo y a nuestra amada Patria». Luego se giró hacia uno de sus ayudantes que le rodeaban: «¡Camarada Pushkin! Tramite los documentos de la camarada Nikólskaya sin demora». «¡A sus órdenes!» Me quedé mirando a ese hombre y sentí que me golpeaban la cabeza. ¡Era él! No, no podía ser. ¡Sí, era él! El mismo que me detuvo en el 37 ahí mismo, en esa misma ciudad, en Alma-Atá. A la sazón, él era capitán, y ahora había ascendido a coronel. No, no podía ser él. No había cambiado nada: joven, peripuesto y empapado de esa misma colonia Chipre. ¿Es que era un Dorian Gray? No, no podía ser él… Pero más tarde, cuando le seguí a su despacho, me convencí definitivamente: ¡Era él! Pues claro que era él, y había envejecido, solo que no lo había visto enseguida, se había estropeado, estaba más grueso y tenía bolsas bajo los ojos, pero era la misma bestia, bien cebada y robusta. Recordaba su firma en el atestado del registro: Pushkin. No es un apellido que se olvide. Pues claro que era él, rebosante de salud, bien situado, y yo, una vieja, endeble y enferma. Así había acabado todo…”. (Borís Yampolski, Ilyá Konstantínovski, Asistencia obligada. Un testimonio de las reuniones de la Unión de Escritores de la URSS, Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2013)