Actualizado: 20/07/2018 16:13
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Las Grecas, Cecilia, Música

Auténticas e irrepetibles

Dos conciertos en Madrid rinden homenaje a la cantautora Cecilia y a Tina, integrante del dúo Las Grecas, unas artistas que disfrutaron de un notable éxito a medidos de la década de los 70

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El mes pasado se celebraron en Madrid, con pocos días de diferencia y sin ninguna vinculación entre sí, sendos conciertos homenajes a dos artistas femeninas que disfrutaron de un notable éxito a medidos de la década de los 70. Una fue una brillante cantautora, a la que muchos consideran hoy la más grande que ha dado España. La otra integró con una hermana un dúo con sonido y personalidad propios, que transgredió los modos y expresiones del flamenco e instauró el auténtico mestizaje. Sus estilos no pueden ser más disímiles, pero por encima de las diferencias ambas comparten unas carreras más o menos cortas que finalizaron trágicamente y en plena juventud.

El nombre de la segunda es Edelia Muñoz Barrull (1957-1995), aunque desde que debutó pasó a ser conocida como Tina. Era una gitana madrileña criada en Carabanchel Bajo, pero después vivió con su familia en Argentina y en Canarias. Tenía una hermana mayor, Carmela (1954), con la cual cantaba desde que ambas eran niñas. Por todas partes, al escucharlas, la gente comentaba: “Esas niñas tienen algo. Deberían ser artistas”. A su regreso a la península, las dos comenzaron a frecuentar los tablaos en Madrid. Lo hacían a escondidas, pues su tío, que ejercía la patria potestad en ausencia del padre, no quería que se juntasen con el ambiente flamenco.

En 1972, las dos hermanas decidieron finalmente presentarse por primera vez en Los Canasteros, un local en la calle Barbieri por el que pasaron los artistas más destacados de la época. Era propiedad de Manolo Caracol, quien quedó tan impresionado que las fichó para una actuación de prueba. Aquella noche, entre el público se hallaban dos espectadores a quienes las jóvenes dejaron boquiabiertos: el guitarrista Paco de Lucía y el cantaor Camarón de la Isla. Tina y Carmela cantaban al unísono, algo desusado en el flamenco, arte de inspiración personal y abierto a la ocurrencia del momento. Las debutantes interpretaron además un repertorio original, en el que estaban aún en bocetos dos de sus futuros éxitos: Sagapó y Te estoy amando locamente.

El boca a boca funcionó y las invitaron a participar en un homenaje a Lola Flores en el Caripén, el tablao que ella tenía junto a la Plaza de Oriente. La presentación fue un éxito total y permitió que Tina y Carmela pasaran de Las Canasteros, donde ganaban 500 pesetas por noche, a Caripén, donde les pagaban 3.500, que para 1972 era toda una fortuna. Allí las fue a ver el visionario e influyente productor José Luis de Carlos, quien acababa de regresar de Estados Unidos con la cabeza llena de rock. Las escuchó y quedó deslumbrado. Aquellas gitanas le parecieron un regalo de los dioses, y al día siguiente las citó en las oficinas de CBS para ofrecerles un contrato.

En manos de José Luis de Carlos, la irresistible autenticidad de aquellas dos chicas iba a ser esencial para que surgiera algo grande. El productor las moldeó, definió su estilo, se encargó de buscar a los compositores, arreglistas e instrumentistas idóneos. Para que las acompañara, se inclinó por un grupo electrónico con todas las de la ley y contó con la valiosa colaboración del músico portugués Johnny Galvão. El dúo no fue, pues, un producto de laboratorio, como a veces se afirma. Fue la feliz confluencia de un productor revolucionario y de dos chicas con un gran talento natural.

El primer single del dúo, bautizado como Las Grecas, salió el 15 de enero de 1973, una fecha poco adecuada para un gran lanzamiento como aquel. Su cara A era Te estoy amando locamente, que se ha convertido en el tema emblemático de las hermanas y que hasta hoy se sigue bailando y coreando en fiestas y karaokes. No hace mucho, el rapero y disc jockey californiano Gonjasufi lo sampleó. Sorprendía desde la potente introducción con guitaras eléctricas y batería, a lo cual luego se sumaban se sumaban la fuerza de unas voces no educadas pero sincronizadas fantásticamente y su vocabulario particular (decían locamenti, si m’aconvenzo). En España no se había dado nada parecido en una pareja femenina. Aquellas chicas transmitían un ardor sensual y una pasión en estado puro.

En 1974 salió a la venta Gipsy rock, el primer álbum del dúo. El título mismo constituía ya una declaración de intenciones y adelantaba su carácter rupturista e innovador. Era una decidida apuesta de combinar flamenco y rock, dos expresiones que si bien se habían encontrado en los 60 y en el último disco de Smash (We come to smash this time, 1971), ahora se plasmaba de manera natural y accesible para todos. Un conjunto que se movía entre el hard rock y el rock progresivo acompañaba a dos chicas gitanas. Era una amalgama irreverente, pero que en la práctica cristalizaba estupendamente. La fantástica transgresión de Las Grecas era un buen ejemplo de fusión, hecho cuando ese término casi no se usaba (eso fue algo que vino después).

Disco visionario y rompedor

Gipsy rock fue un disco visionario y rompedor para su época. Está lleno de arreglos rockeros y psicodélicos e incorpora bajos eléctricos, órganos hammond, pedales wah-wah, riffi-funks. Las canciones hablan sobre pasiones juveniles e historias violentas y desgarradoras. Bella Kali, por ejemplo, trata del amor imposible entre dos jóvenes de clanes enfrentados; Orgullo y No, nanay, de desengaños amorosos. Los productores se preocuparon de escoger composiciones que narrasen sentimientos para que Tina y Carmela se pudieran implicar sentimentalmente y también realizaran sus exhibiciones vocales, entre ellas sus famosos melismas. Además de las canciones compuestas por Felipe Campuzano, se echó mano a temas ajenos a los que el dúo supo imponerle su sello personal y hacerlos sonar como propios. El disco incluye así versiones de Smash (El garrotín), Dolores Vargas “La Terremoto” (Achilipú), Roberto Carlo (Te amo, te amo, te amo) y la popular copla de Quintero, León y Quiroga La Zarzamora, a la cual dieron un aire bailongo y funky. Obra original por los cuatro costados, Gipsy rock debe figurar en cualquier lista de lo mejor del rock que se haga en España.

Tras el lanzamiento de Gipsy rock, la vida de Tina y Carmela cambió radicalmente. Iniciaron una etapa de giras interminables, ventas masivas e ingresos con los que jamás habían soñado. En YouTube se pueden ver videos de algunas de sus actuaciones en televisión. Como se puede apreciar en ellos, en escena eran un verdadero vendaval: los pantalones de campana que llevaban, sus peculiares meneos, sus voces que rivalizaban con guitarras y órganos. Eran modernas y rebeldes, lo cual entre los gitanos era una transgresión. En una entrevista con motivo del reciente concierto homenaje a Tina, su hija mayor, Saray Muñoz, comentó sobre el dúo: “Se vestían como les daba la gana y escribían sus locuras. La fama les llegó siendo unas crías. La usaron y ya”.

Tras Gipsy rock, Las Grecas sacaron otros tres álbumes: Mucho más (1975), Tercer álbum (1976) y Casta viva (1977). Es cierto que la sorpresa ya fue menor, pero en esos discos hay abundantes dosis de buena música. En ellos se hallan temas como Anabalina, Al pasar la barca, Tic-Tac, Laula-Ulah, Qué bonito aquella noche, Sagapó, Negros son tus ojos, que están entre lo mejor de su repertorio. Asimismo, con igual desparpajo realizaron versiones de éxitos de grupos españoles y extranjeros. Eso hicieron con Soy la que sufre por tu amor, de The Turtles, y Nadie te quiere ya, de los Brincos, al cual insuflaron aires morunos. Unas canciones que Tina y Carmela interpretaron con su peculiar pronunciación y agregándoles una ingente cantidad de vida, esto es, de pasión, sentimientos y dolor.

A fines de los 70, Las Grecas dejaron de actuar. Eso se debió, por un lado, a que sus últimas grabaciones no lograron las ventas —tampoco la calidad— de las primeras. Y por otro, a que el éxito las desquició un poco. Tomaron, por ejemplo, la desacertada decisión dejar a su manager y se vieron metidas en una industria que no sabían controlar. Vino entonces la etapa menos visible de su trayectoria, aquella que las llevó de las listas de éxitos a las páginas de sucesos de los diarios. Quien más titulares proporcionó fue Tina, que padecía una esquizofrenia paranoide que la llevó a protagonizar varios incidentes lamentables. Sus años finales fueron un infierno de mendicidad y adicciones. Pasó por establecimientos psiquiátricos sin conseguir rehabilitarse. Pisó una vez la cárcel, acusada de robar en una peluquería. Vagabundeaba por las calles de Madrid y terminó sus días en un centro de acogida de Aranjuez, pocos días antes de cumplir 38 años.

Como ha comentado el crítico musical Diego A. Manrique, en España Las Grecas “no fueron entendidas en toda su grandeza. Ya se sabe que el éxito rápido y rotundo suele despertar recelos, incomprensión, maledicencia”. Los críticos que defendían la ortodoxia del flamenco las ignoraron. En cambio, apunta que “prendieron en lugares tan insólitos como Cuba, donde se entendió inmediatamente su fuerza y su originalidad. Emilio Estefan y toda esa generación de músicos cubanos que surgieron en los años 70 pueden dar testimonio de esa fascinación”.

Varias décadas después, Las Grecas conservan la vigencia que les da su indiscutible atemporalidad. La suya es una modernidad que se resiste a envejecer. Abrieron un camino nuevo en el pop español y oxigenaron el flamenco. Con ellas, los gitanos descubrieron que fuera de su mundillo había muchas posibilidades creativas. Musicalmente, inspiraron el rock andaluz de la segunda mitad de los 70 y no resulta gratuito decir que su influencia es reconocible en artistas como Lolita, Rosario, Azúcar Moreno.

Una mujer profundamente libre

A diferencia de Las Grecas, que en Cuba disfrutaron de una gran popularidad, la música de Cecilia se difundió poco y por eso es poco conocida. Vagamente recuerdo haber escuchado algún tema suyo en la radio, pero vine a conocerla realmente cuando pasé a residir en España. Entonces descubrí a una artista única como cantante y compositora, una adelantada a su tiempo y una precursora de la denuncia a favor de los derechos de las mujeres. Aún hoy, cuarenta y un años después de su muerte, se le recuerda con cariño. Y el concierto homenaje celebrado en noviembre demostró la alta estima que mantiene entre sus compañeros de profesión. Participaron figuras pertenecientes a cuatro generaciones como Ana Belén, Amaral, Miguel Ríos, Víctor Manuel, Coque Malla, Soledad Giménez, Mikel Erentxun, Antonio Carmina, Christina Rosenvinge, El Consorcio.

Había nacido en Madrid en 1948 y su verdadero nombre era Evangelina Sobredo Galanes. Adoptó el de Cecilia tomándolo del título de un tema de Simon & Garfunkel que entonces era popular. Tuvo una infancia itinerante, que contribuyó a modelarle una personalidad cosmopolita e irreverente. Era hija de un diplomático militar y pasó la niñez y la adolescencia en países como Inglaterra, Estados Unidos, Portugal y Jordania, donde además cursó los estudios hasta el bachillerato. Eso supuso para ella una doble ganancia: pudo desarrollar una perspectiva crítica de la sociedad española y le permitió conocer la literatura y la música anglosajonas. Desde muy joven comenzó a presentarse en las fiestas de fin de curso del colegio, una afición que ya nunca abandonó.

Creció en la tradición del folk norteamericano y del pop británico de los 60. Sus primeras canciones las compuso en inglés y en español. Y aunque después se decantó por el segundo idioma, logró incorporar los ecos anglosajones para tratar temáticas que eran netamente españolas. Tras volver a España en 1969 comenzó a estudiar derecho (le faltaron dos materias para terminar). Durante la etapa en la universidad, conoció a Joaquín Díaz, el pope del folk español. Este la puso en contacto con Nacho Sáenz de Tejada y Julio Seijas, quienes habían sido integrantes de Nuestro Pequeño Mundo y Aguaviva, respectivamente. En 1970, los tres crearon un grupo al cual llamaron Expresión y que solo duró unos meses. No obstante, alcanzaron a grabar un single que incluía las canciones Try Catch the Sun y Have You ever had a Blue Day?, ambas compuestas por Cecilia.

Un hecho casual determinó el inicio de su trayectoria en solitario como cantautora. Durante el descanso de un ensayo en el cual hacía coro para Los Canarios, tomó el micrófono y cantó Portraits and Pictures, un tema suyo. El director de CBS (hoy Sonic Music), compañía recién instalada en España, se hallaba allí, la escuchó y la fichó de inmediato. En 1971, Cecilia grabó su primer single, Mañana, que tenía como cara B Reuníos, que estaba dedicada a los Beatles. El disco pasó inadvertido, lo cual no impidió que al año siguiente saliera su primer álbum, titulado Cecilia. Incluía doce canciones, tres de ellas en inglés. Entre las otras, estaban Nada de nada, Fui, Señor y dueño, Canción del desamor y Dama, dama. Esta última, una sátira de la hipocresía de una determinada clase social, alcanzó una notable popularidad y estuvo dos semanas en el número 1.

Conviene decir que su adopción del español como lengua para expresarse musicalmente, permitió que aflorase una personalidad carismática. Esta combinaba su innata ternura con una fina sátira que lanzaba dardos contra el machismo, las convenciones sociales absurdas y hablaba del antibelicismo y la preocupación por el medio ambiente. Cecilia era una mujer profundamente libre y en sus canciones dejó constancia de su rebeldía feminista y sus críticas a una forma de vida que se desmoronaba.

Su segundo álbum iba a titularse Me quedaré soltera, pero CBS no lo admitió. Salió como Cecilia 2. Ella quería ilustrar la cubierta con una foto suya embarazada, pero una vez más chocó con los directivos de la discográfica, que usaron una imagen más discreta, en la que el embarazo está suavemente insinuado. Aquel disco tenía un aire más intimista y más maduro. En él, Cecilia echaba una mirada dentro de sí misma y compartía sus frustraciones, incertidumbres, pesares y recuerdos más hondos. No faltan por eso quienes lo definen como uno de los discos más tristes que jamás haya editado una cantautora.

Incluye, entre otros temas, Andar, Si no fuera porque…, Con los ojos en paz, Mi ciudad, Equilibrista, Me quedaré soltera y Un millón de sueños. Por este último Cecilia tuvo que ir a declarar en el juzgado. Originalmente su título era Un millón de muertos, en alusión a la novela homónima de José María Gironella, que era una referencia explícita a la Guerra Civil. La composición no sufrió modificaciones, salvo en el título, porque su autora aseguró que se trataba de una letra acerca de la Guerra de los Seis Días, que ella misma había presenciado. Pese a ello, recibió de los censores el calificativo de “no radiable”, por lo cual quedó fuera de las emisoras de radio por un tiempo.

Desafiar la estrechez mental

Aquel no fue el único incidente que tuvo con la censura franquista. Su forma de reflejar una España en descomposición y de hablar de la realidad a través de medias verdades, no la libró de ello. Tuvo que modificar algunas de sus letras. Así, en Mi querida España, la frase “esta España mía/esta España nuestra”, originalmente era “esta España viva, esta España muerta”. Y en Dama, dama, en lugar de “puntual cumplidora del tercer mandamiento,/ algún desliz inconexo...”, el verso terminaba en realidad con “algún desliz en el sexto” (no cometerás actos impuros). Y hubo canciones como General, Fauna y Soldadito de Plomo, que en vida nunca pudo grabar. No obstante, muchas veces cuando se presentaba en vivo cantaba las letras como las había escrito. Incluso en una ocasión en que se presentó en un programa de Televisión Española cuando Franco aún vivía, interpretó en directo Mi querida España y respetó lo de las dos Españas. Era su manera de no rendirse a los censores y de desafiar la estrechez mental.

Más dolores de cabeza que la censura le dio la discográfica, cuya principal preocupación eran las cifras de ventas. Cecilia tuvo que luchar para mantener su estilo y su personalidad, una batalla de la cual no siempre salió indemne. Acerca de esto, su hermana Teresa comentó: “Ella luchaba mucho con las discográficas, tenía unas peleas tremendas. Un día le dije que por qué no les daba gusto, y me dijo: Eso no es música, eso es muy de corto plazo y lo mío es arte, es largo plazo. Ella era muy consciente de que era una autora y una compositora, se daba mucha cuenta”.

Aunque no alcanzó las cifras de ventas de su anterior álbum, Cecilia 2 se considera hoy como el mejor trabajo de su autora. Para Fernando G. Lucini, es un “disco valiente y atrevido que transpiraba coherencia y sinceridad por todos y cada uno de sus surcos. Para mí es, sin duda, uno de los discos más importantes grabados en aquella época a pesar de su complejidad; entre otras razones porque es el que mejor nos aproxima al conocimiento de la identidad de su autora, y, por otra parte, porque nos ofrece una interesantísima visión de la España de los años 70 desde la perspectiva de los sentimientos, es decir, desde los latidos cotidianos de una ciudadana inconformista que busca su identidad a contracorriente de un tiempo y de un país”.

En 1975, fue seleccionada para representar a España en el Festival de la OTI, que se iba a celebrar en Puerto Rico. Fue algo que la discográfica decidió sin consultarla. A ella no le interesaba participar, pues nunca quiso ser una estrella y si llegó a serlo, fue a pesar suyo. A eso se sumó que la canción que iba a interpretar no tenía que ver con ella, pues hablaba de una mujer sumisa y resignada. Se titulaba La llamada y la había compuesto Juan Carlos Calderón. Pese a las presiones que sufrió, Cecilia logró modificar la letra. El tema pasó a llamarse Amor de medianoche y con él quedó en segundo lugar.

Meses después, salió el single Un ramito de violetas. Con ese tema, Cecilia alcanzó su mayor éxito comercial. Estuvo durante cuatro semanas en el primer puesto del hit parade nacional. Originalmente, la escribió como cuento, pero no la satisfizo y lo rompió. Algunos años más tarde, lo transformó en poema, que sería el germen de la canción. Cuenta una historia de amor singular y profundamente triste, estructurada al modo narrativo clásico. Habla de una mujer que era “feliz en su matrimonio”, pese a que su marido tenía “un poco de mal genio/ y ella se quejaba de que nunca fue tierno”. Desde hace tres años, cada 9 de noviembre recibe cartas “llenas de poesía” enviadas por un extraño. Nunca llevan firma y las acompaña siempre un ramito de violetas. El relato tiene un final inesperado: su esposo es quien las escribe, para alentar la fantasía de su mujer por su amante secreto. Incapaz de expresar sus sentimientos, el hombre lo hace mediante poemas anónimos. La composición posee una letra conmovedora. Está escrita con un lenguaje diáfano y su melodía es profunda y melancólica. Con el paso de los años, Un ramito de violetas no ha hecho más que crecer y hoy es un clásico que ha encantado a varias generaciones. Ha sido grabada por Julio Iglesias, Manzanita, Soledad Giménez, Pastora Soler, Bordón 4, Víctor Manuel, Pablo Milanés, así como por artistas de Argentina, Chile, Uruguay, Italia e Israel.

Muerte trágica y prematura

Ese mismo año, Cecilia grabó su tercer álbum, Un ramito de violetas. Estaba ilustrado con dibujos suyos, uno para cada tema. Entre estos estaba Mi querida España, otra de las composiciones por las que más se le recuerda. Después empezó a trabajar en su siguiente proyecto, un disco a partir de textos de Valle-Inclán y que CBS había rechazado de plano. Publicó el single Tú y yo, que en el verano de 1976 tuvo gran éxito. En agosto se presentó en Vigo, una actuación sobre la cual comentó: “Este es uno de los conciertos más bonitos de mi vida”. Al terminar, no quiso pernoctar allí y de madrugada emprendió el viaje a Madrid con los tres músicos que la acompañaban. En el trayecto, el auto chocó con carreta tirada por bueyes que no llevaba luces. Murieron el baterista y ella. Le faltaban dos meses para cumplir 28 años.

Entonces era la cantante más cotizada y se hallaba en su mejor momento como compositora. Era además una rara avis, con su apariencia hippie y despreocupada y sus canciones poco convencionales y poco complacientes con los cánones establecidos. En ellas se apartaba de los tópicos y hablaba de cosas de las cuales otros no hablaban. Sus letras se pueden comparar con las de Joan Manuel Serrat joven. Como el cantautor catalán, demostró una gran madurez al retratar personajes y escudriñar la sociedad con realismo y sensibilidad. Su cancionero conforma un perspicaz fresco de la España de los 70: la influencia del clero, la acartonada burguesía, las huellas aún indelebles de la Guerra Civil, la situación social de inferioridad de la mujer. Unas composiciones que ella interpretaba con una voz entre frágil y tímida y con una naturalidad desarmante.

En 1983, CBS decidió publicar el álbum Canciones inéditas, con algunos temas que Cecilia había dejado grabados, tanto en estudio como en maquetas, pero que no estaban totalmente producidos. Juan Carlos Calderón, su antiguo colaborador, se encargó de producirlo y arreglarlo. A aquel disco se sumó, en 2011, otro que contenía remasterizados 14 temas inéditos que ella nunca grabó en estudio. Se trata de actuaciones y conciertos para emisoras de radio. Hay incluso algunas canciones grabadas en su casa con un magnetófono, en las que a veces se escucha, en segundo plano, su loro graznando. Interpreta temas de Simon & Garfunkel (The Boxer, Bridge over Troubled Water), Bob Dylan (Blowing in the Wind), Pete Seeger (We Shall Overcome). Se recoge una versión en inglés de su Un millón de sueños, así como el boceto de Daddy, Don’t Close the Ligth, la primera canción que escribió. Asimismo, entre los inéditos de su autoría está Doña Estefaldina, que iba a formar parte de su proyecto sobre Valle-Inclán. En muchos casos se incluyen las entradillas habladas con que ella presentaba cada canción. Ese álbum muestra a una Cecilia más libre y desnuda, que canta lo que quería cantar y como quería hacerlo. Constituye además un complemento de los tres discos que grabó en vida.

Desde su trágica muerte, la figura y la obra de Cecilia se han agigantado y hoy posee una categoría mítica entre los cantautores españoles. Su prodigioso legado, compuesto por una cincuentena de canciones, es de una calidad poética y musical irrepetible. Lo componen una cincuentena de canciones que cubren una paleta melódica amplia y variada y por las cuales no pasa el tiempo.