Actualizado: 26/10/2021 10:28
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Música, Rock, Jazz

Belleza, locura y pretensión

Hace medio siglo, Emerson, Lake & Palmer lanzaron Tarkus, el disco que estableció sus credenciales musicales y que constituye uno de los mejores ejemplos de fusión de rock, jazz y música clásica

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Los hechos que provocaron el terremoto cultural que se produjo entre 1967 y 1968, desencadenaron en el campo del rock una voluntad de desbordar los límites convencionales de la música. Una de sus manifestaciones fue el rock progresivo, un concepto que se aplicaba a grupos que incorporaban elementos del jazz, así como a figuras tan polifacéticas como Frank Zappa. Dentro de esa corriente, hubo quienes propendieron más a orientar la búsqueda de nuevos sonidos mediante la incorporación de la llamada música culta. Eso fue lo que hicieron bandas como Genesis, Yes, Pink Floyd, que fueron comercializados bajo el equívoco rótulo de rock sinfónico. Lo que sí alentaba a todos esos artistas era un afán más o menos claro de proporcionarle al rock el rango de arte.

En esa época que se distinguía por la búsqueda, la audacia y la experimentación, encaja muy bien Emerson, Lake & Palmer, uno de los pioneros del rock progresivo. Aunque sus integrantes son solo tres, se les considera un súper grupo, porque estos provenían y habían triunfado antes en importantes agrupaciones. Keith Emerson (1944-2016) era la estrella de The Nice, una banda que mezclaba rock, jazz y música clásica. Se dice que Jimi Hendrix trató de ficharlo para su grupo. Greg Lake (1947-2016) era bajista y vocalista de King Crimson. Y Carl Palmer (1950) era veterano de grupos como The Crazy World of Arthur Brown y Atomic Rooster. Jordi Sierra i Fabra los definió con estas palabras: “Un clásico (Emerson), un lírico (Lake) y un rockero (Palmer), que aportaron la síntesis del todo en un paréntesis histórico que fue crucial como avance del futuro”.

Ya como Ermeson, Lake & Palmer, debutaron en 1970 en el festival de la isla de Wight. Allí compartieron cartel con The Doors, Miles Davis, The Who, Jimi Hendrix, Ten Years After, Supertramp, Jethro Tull, The Moody Blues. En noviembre de ese mismo año, lanzaron su primer disco, que llevaba como nombre el del grupo. Funcionó bien en el mercado y estuvo entre los diez más vendidos en Inglaterra y entre los veinte en Estados Unidos. En junio de 1971, lanzaron su segundo LP, Tarkus, que muchos consideran su obra magna, y que sirvió para sentar las bases definitivas del sonido del trío.

En realidad, ellos tenían la idea de grabar Pictures at an Exhibition, con música adaptada de Modest Mussorgrski. Pero a la discográfica le pareció que no iba a tener salida comercial. Tarkus (en estonio quiere decir sabiduría) fue producido por Greg Lake. La portada fue diseñada por el artista inglés William Neal. Representa un armadillo con orugas de tanque y cañones a los lados. Al abrirse la cubierta, en el interior incluye escenas de la historia relatada en la cara A. Hoy la imagen de la portada es un icono en el apartado visual del rock.

Se trata de un álbum bisagra en la historia del rock y una de las joyas de la década de los 70. Es una obra avanzada para su tiempo, con la cual Emerson, Lake & Palmer se alejaba de lo que entonces se hacía. Con ella rompían casi todos los patrones. Uno de ellos fue el de la duración de las canciones. Con sus casi veintiún minutos, la suite de la cara A se convirtió en el tema más largo de la historia del rock. Fue superada después por Karn Evil 9, perteneciente al álbum Brain Salad Surgery, del propio grupo. Tarkus llegó al número uno en las listas británicas y al nueve en las norteamericanas.

Sinergia entre belleza, locura y pretensión

Acerca de Tarkus, Cristian Vitale escribió: “Fue una obra conceptual teñida de aristas estéticas inexploradas hasta entonces. Y, además, tenía esas increíbles telarañas de melodías. Esas capas sonoras. Esa acumulación de disonancias. Esas métricas dispares, infernales, sostenidas por un arsenal instrumental también inédito. Esa sinergia entre belleza, locura y pretensión, llevada al punto de generar en principal propulsor (Keith Emerson, claro) la idea de campeón mundial del rock progresivo”. Y agrega: “En rigor, Tarkus fue el espejo primal en que se miró Yes para el sintomático Close to the Edge, tal vez el trabajo más logrado del género junto con Selling England By the Pound, de Genesis”.

Toda la cara A del disco la ocupa Tarkus, una suite dividida en siete partes: Eruption, Stones of Years, Iconoclast, Mass, Manticore, Battlefield y Aquatarkus. Unas son instrumentales, otras cantadas. En las letras de estas últimas, se cuenta una delirante historia ambientada en un futuro distópico y en un lugar no determinado. Allí la guerra es el estado natural. De un volcán es expulsado un huevo gigantesco, del cual nace Tarkus, un ser híbrido, mezcla de armadillo y carro de combate. Las canciones narran su evolución y sus batallas, en las que logra vencer a todos sus enemigos. Hasta que se cruza con una mantícora, animal mitológico con cabeza humana, cuerpo de león y cola de escorpión o dragón, que lo vence y le saca un ojo. Sin embargo, cuando parecía muerto, Tarkus resurge del agua para dar lugar a Aquatarkus e iniciar un nuevo ciclo de peleas, destrucción y muerte.

Emerson era un virtuoso pianista y tecladista. En el mundo del rock muy pocos podían competir con él y era llamado el “Jimi Hendrix del órgano”. Eso explica que la base del sonido del trío fuera el teclado, y también que él se convirtiese en su pieza clave. En Battlefield se puede escuchar un gran solo de guitarra de Lake, quien además en Stone of Years tiene un notorio protagonismo con su voz suave y armoniosa. En Manticore, Palmer se desquicia tocando la batería. Y en Mass, para poner un último ejemplo, los tres emulan a ver quién sobresale más, Lake en la guitarra, Palmer en la batería y Lake en el bajo.

La suite alcanza un notable nivel musical y se lleva toda la atención del álbum. Es una obra épica que critica las guerras, y en ella confluyen el rock, el jazz y la música clásica, una pauta característica del rock progresivo. Estamos ante un disco complejo, extravagante, en el cual el trío es capaz de ensamblar de forma perfecta las partes cantadas con las instrumentales, así como composiciones tan disímiles como Eruption y Battlefield. Es pertinente decir que los temas instrumentales actúan como empalmes y con su ritmo frenético aportan un oportuno dinamismo.

Las canciones de la suite fueron compuestas por Emerson, a excepción de Battlefield, que firma Lake. Una vez más, hay que destacar el aporte de Emerson, uno de los mejores teclistas que ha tenido el rock. Cuando se grabó el disco, tocó todos los instrumentos en vivo, con relativamente pocas sobregrabaciones. Valiéndose de sus dos manos y sin samplers digitales de sintetizador a los cuales echar mano, obtiene unos resultados impresionantes. A su talento como compositor y a su virtuosismo musical, que constituyó la marca registrada del trío, se sumaron la gran calidad vocal y los solos de guitarra de Lake, que añaden color y tono, y la indiscutible maestría como baterista que demuestra Palmer, quien además era tan innovador como Emerson.

Con la cara A, Tarkus alcanza un listón muy alto, lo cual hace que eclipse la cara B. La integran seis temas, cuya autoría comparten los tres integrantes. No puede decirse que sean material de relleno, sino sencillamente que son composiciones mucho menos ambiciosas. Hay incursiones en el heavy metal pero sin guitarras (A Time and a Place), un tema divertido y sencillo con aires de music-hall (Jeremy Bender), un instrumental jazzístico (Infinite Space), un retorno al rock clásico de ritmo trepidante (Bitches Crystal) y un ensamblaje de dos piezas de Bach versionadas por Emerson (The Only Way). Sobre esta última leí en algún sitio que suena como si el tecladista de Satanás se hubiera apoderado del órgano de una iglesia y demostrase por qué el diablo obtiene la mejor música.