Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Bien hecha, pero demasiado infiel

Una serie inglesa se inspira en los cuentos autobiográficos que Mijaíl Bulgákov escribió sobre sus primeras experiencias como médico en el interior de Rusia

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Tras su estreno el pasado mes de octubre en el canal Ovation, por fin está accesible en Estados Unidos la serie inglesa A Young Doctor’s Notebook (2013). Quienes vivimos aquí ya podemos ver en Netflix los cuatro capítulos (25 minutos cada uno) que la integran, y que de acuerdo a lo que se ha informado van a tener continuación. Al parecer, ha contado con una favorable aceptación, sobre todo en Inglaterra, lo cual ha hecho que los productores se animasen a realizar una segunda temporada. Esta llevará otro nombre: A Young Doctor’s Notebook and Other Stories.

La serie está inspirada en los cuentos que el narrador y dramaturgo ruso Mijaíl Bulgákov (1891-1940) escribió entre 1925 y 1927. Conviene recordar que, al igual que Antón Chejov, el autor de El Maestro y Margarita ejerció como médico antes de dedicarse al teatro y la literatura. Estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Kiev. Allí se graduó en 1916, “tras rendir bastante satisfactoriamente los exámenes y obtener el título de doctor con laudo”. Entre ese año y 1917 ejerció la profesión en el hospital de Nikólskoie, en la provincia de Smolensk. A partir de aquellas vivencias, Bulgákov redactó varias narraciones de carácter memorial e intimista, que vieron la luz a intervalos irregulares en una publicación médica. En Rusia y otros países se han editado bajo el título de Apuntes de un joven médico. En español, ocho de ellas fueron recopiladas en el libro Morfina (Editorial Anagrama, Barcelona, 1991).

Narrados en primera persona, como los recuerdos de un doctor maduro que echa una mirada atrás, los cuentos recrean experiencias reales vividas por el propio Bulgákov. Poseen un eje temático muy definido: las desventuras y apuros de un recién graduado de medicina, que es destinado a un dispensario en el interior de Rusia. El joven y novato galeno se ve así lanzado bruscamente a un mundo desconocido. Sus únicas armas las constituyen unos conocimientos académicos que, como la práctica se encarga de revelar, resultan inútiles. Eso lo hace comentar: “Hace cuarenta y ocho horas que terminé la facultad con sobresaliente, pero el sobresaliente es una cosa y la hernia es otra”.

Tiene que enfrentarse así a las numerosas contingencias de su trabajo, así como a tomar decisiones de las cuales, en muchos casos, depende la vida de los pacientes. Por ejemplo, en “La toalla con el gallo rojo” desoye la recomendación de la enfermera y “empujado por una fuerza desconocida”, practica una amputación a una niña, que gracias a ello logra sobrevivir. En otra narración, titulada “La garganta de acero”, él mismo se asombra cuando vence la resistencia de una desesperada mujer para operar a hija a punto de morir. Convencido de que, de todos modos va a fallecer, realiza su primera traqueotomía, que concluye exitosamente.

En esos textos aparecen algunos temas e imágenes recurrentes. En primer lugar, está la duda permanente del joven, el miedo al fracaso, a no ser capaz de resolver las situaciones que se le presenten: “¿Y si alguien llega con una hernia? Decidme. ¿Cómo me voy a acostumbrar a ella? (…) ¿Y un caso de peritonitis? ¡Ja! ¿Y la difteria que suelen padecer los niños campesinos? Pero… ¿cuándo es necesario practicar una traqueotomía? Tampoco me irá muy bien sin la traqueotomía… ¿Y…y…los partos? ¡Había olvidado los partos! ¡Las posiciones incorrectas! ¡Qué voy a hacer? ¡Ah, qué persona tan irresponsable! Nunca debí haber aceptado este distrito. No debí haberlo aceptado”.

También se reitera el motivo del duro invierno y el paisaje nevado (“aquel enloquecido océano blanco”). Lo primero que el joven doctor experimenta al llegar al hospital de Múrievo, es el tremendo frío, pese a que es el 16 de septiembre: “Las piernas se me habían entumecido hasta tal punto que allí mismo, en el patio, repasaba confusamente en mi pensamiento las páginas de los manuales intentando con torpeza recordar si en realidad existía (…) una enfermedad por la cual se entumecen los músculos de una persona. ¿Cómo se llama esa maldita enfermedad en latín? Cada músculo me producía un dolor insoportable que me recordaba el dolor de muelas. De los dedos de los pies ni siquiera vale la pena hablar: ya no se movían dentro de las botas, yacían apaciblemente, parecidos a muñones de madera”.

En el cuento “La tormenta de nieve”, un colega le pide al médico que vaya con urgencia a su casa. Una mujer se dio un golpe, tiene una hemorragia y él no ha podido hacer nada. Antes de salir, el narrador se pone los pantalones, la camisa, las botas de fieltro, una gorra, una chaqueta de cuero, el abrigo y, encima de todo eso, una pelliza de cordero. El hospital además está en un sitio desolado. El paisaje es monótono y triste: “a la derecha un campo encorvado y roído, a la izquierda un marchito claro, y junto a él, cinco o seis isbas grises y viejas. Parecería que en ellas no hay ni un alma viviente. Silencio, solo silencio alrededor”. Asimismo el viaje de ida y vuelta al poblado más cercano, donde poder comprar el periódico y cigarros, toma un día completo.

En esa soledad, el joven doctor descubre el dolor y la miseria de los campesinos. Estos llevan una existencia brutal y esencialmente medieval y están sumidos en la pobreza y la ignorancia. Pero aunque las historias que se cuentan en las narraciones ocurren en el emblemático año de 1917, en ninguna se pueden hallar ecos ni indicios del paso de la revolución por ese remoto lugar de la Rusia profunda.

En “Tinieblas egipcias”, el joven doctor refiere algunas anécdotas que ilustran la ignorancia de los campesinos respecto a las cuestiones médicas. Un molinero al cual atiende se queja de tener fiebre y dolor de cabeza por las noches. Tras examinarlo, le comenta que tiene malaria. Le recomienda quedarse internado y, para empezar a curarlo, le da unos sobres de quinina. Se sorprende de que el hombre sabe leer y escribir, habla con sensatez, y apunta sobre él que “incluso cada uno de sus gestos estaba impregnado de respecto por mi ciencia favorita: la medicina”. El médico estaba ya acostado cuando una de las enfermeras le pide que vaya de inmediato a la sala. Al llegar, el molinero respiraba pesadamente y tenía el rostro púrpura. Al preguntar qué le sucedía, recibió esta respuesta de la enfermera: “¡Imagínese, doctor! Se ha tomado los diez sobres de quinina de una sola vez”.

Rezuman gran humanidad

El enfermero cuenta un caso que le ocurrió al doctor anterior. Un hombre llegó con problemas de respiración y molestias en la garganta. El médico le dijo que tenía laringitis y le dio unos emplastos de mostaza para que se pusiera uno en el pecho y otro en la espalda. Dos días después, el campesino regresó al consultorio para quejarse de que no le habían ayudado en nada. El doctor le contestó que eso era imposible, que mentía: “Seguramente no te los has puesto”. El señor le aseguró que sí lo había hecho y la prueba era que aún los traía puestos. Al decir esto, se volvió de espaldas y mostró el emplasto pegado sobre la pelliza.

Sin embargo, esa clave humorística está ausente en los otros cuentos. El doctor siente devoción por sus pacientes, y sus registros rezuman una gran humanidad. Una de las narraciones, titulada “La erupción estrellada”, tiene como eje temático el descubrimiento de numerosos casos de sífilis. Las reacciones de los pacientes lo dejan sorprendido y lo hacen darse cuenta de que “en este lugar no tienen una idea de lo que es la sífilis y que esa llaga no asusta a nadie (…) Me había convencido de que aquí la sífilis era terrible precisamente porque a nadie le parecía terrible”.

Decidió entonces luchar contra ella. Repartió muchos kilogramos de ungüento gris. Recetó muchísimo yoduro de potasio. No escatimó palabras apasionadas para persuadir a hombres y mujeres de que debían volver después de las primeras seis aplicaciones. Y pese a contar con un dispensario que era “una terrible pobreza cubierta de nieve”, consiguió abrir una sección permanente para los enfermos de sífilis, en la que día a día la erupción estrellada se desvanecía ante sus ojos.

Muy impresionante es “Morfina”, el cuento más extenso de todos. En él, Bulgákov recurre al relato indirecto para tratar un problema que marcó su etapa juvenil: durante dos años estuvo esclavizado a la morfina. Comenzó a consumirla para aliviar el dolor tras contraer la difteria, que le fue contagiada por un niño. Al inicio, el narrador es el mismo de los otros textos (aquí, por cierto, se revela por primera y única vez su nombre: Vladimir Bomgard). Ha cumplido su servicio en Múrievo y ahora trabaja en el hospital de una ciudad, junto a un médico principal, tres internos, enfermeros, enfermeras, comadronas.

Allí recibe un mensaje de un compañero de carrera que es quien pasó a ocupar su antiguo puesto. Le expresa que padece una terrible enfermedad y le pide ayuda. Cuando está por salir, lo llaman para atender un caso de urgencia. Es su amigo, que se ha pegado un tiro. Nada puede hacer por él, pero antes de expirar su colega le dice: “El cuaderno es para usted”. Se refiere a un cuaderno común y corriente, en el cual hay anotaciones escritas con una caligrafía clara y pequeña. En un papel aparte dirigido a Bomgard, le expresa que ha decidido no esperarle y renuncia a curarse. Y añade: “Quiero prevenir a los otros para que tengan cuidado con los cristales blancos que se disuelven en veinticinco partes de agua. He confiado demasiado en ellos y me han destruido”.

El cuaderno es el diario que ese médico redactó en su último año de vida, y en el mismo cuenta la historia de cómo se convirtió en adicto a la morfina. En realidad, como él mismo señala, no es un diario, sino una historia clínica que va registrando su destrucción. Son, como cabe suponer, unas páginas oscuras y dolorosas. El mismo día en que se suicidó, alcanzó a escribir: “Sería vergonzoso prolongar, aunque solo fuera un minuto, mi vida. Una vida así no se puede prolongar. Tengo la medicina al alcance de la mano. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?”.

Al igual que muchos escritores rusos, Bulgákov fue un maestro de la narración breve. El hecho de que deba su principal celebridad a novelas capitales como El Maestro y Margarita y La guardia blanca, no debe llevar a que su producción cuentística sea mirada de reojo y considerada una parcela menor de su obra. Los textos a los que aquí me refiero son una buena prueba. No se trata de los meros registros de un médico, sino de piezas literarias. Se adscriben a la excelente tradición realista rusa, que incorpora un poderoso lirismo.

Bulgákov además posee una maravillosa capacidad para el detalle y la estilizada emoción. A pesar de su sencillez, su prosa posee vigor, expresividad y belleza: “Me miró de costado, de la misma forma como mira con su ojo redondo una gallina cuando oye una voz que la llama. En ese ojo redondo descubrí, con gran asombro por mi parte, desconfianza”. No debe, pues, sorprender, que el escritor ruso Ruslán Kiréev declarase en una entrevista: “Si en tiempos para mí antes que nada Bulgákov era el autor de El Maestro y Margarita, ahora en especial me son preciados sus Apuntes de un joven médico”.

La gran estimación que tengo por la obra de Bulgákov hizo que, tan pronto leí las primeras informaciones sobre la serie realizada por la BBC, estuve muy pendiente de su estreno en Estados Unidos. A eso se sumaba el hecho de que las series inglesas son conocidas internacionalmente por su notable nivel de calidad. Descubrir que ya estaba accesible en Netflix fue para mí motivo de regocijo, y de inmediato me senté ante la computadora para verla. Comencé a ver el primer capítulo y desde las primeras escenas lo que vi me dejó desconcertado. O para ser más exacto, me decepcionó. No se trataba de que la serie estuviese mal hecha, que no lo está. Sencillamente, aquello tenía muy poco que ver con las narraciones que yo conocía.

Se desvirtúa el espíritu y el significado

Apunté que ese primer capítulo, al igual que los que luego siguieron, tenía poco que ver con los cuentos de Bulgákov. Lo paradójico es que quien los haya leído podrá identificar los personajes, las historias, los temas recurrentes. Pero el tratamiento que se les ha dado es otro muy distinto, y eso los desvirtúa. Un ejemplo para ilustrar lo que digo. El caso de la niña a la que se practica la traqueotomía (“La garganta de acero”) está hecho con estilo farsesco, con música de opereta y algunos detalles sangrientos. La madre y la abuela que, debido a su ignorancia, se oponen a la operación han sido convertidas en personajes exagerados y chillones, con los que solo se busca provocar la risa. En el cuento original, el calor está afectando al enfermero y como es quien sostiene el gancho, le está rompiendo la tráquea a la niña. La comadrona principal se da cuenta y alcanza a coger el gancho antes de que el enfermero caiga desmayado. En la serie, en cambio, este cae al suelo derribado por el tortazo que le propinó la abuela. Lamentablemente, es esa la nota general que domina en A Young Doctor´s Notebook.

Hay algunas escenas que han sido añadidas por los guionistas. Una de ellas es la del capítulo 4 en la que el joven doctor está tomando un baño en una tina. En la misma hay un diálogo que incorpora una clara connotación homoerótico. El dentista que lo ha ayudado a trasladar el mueble, le comenta: “Ciertamente, una tina grande. Lo suficiente para que quepan en ella dos hombres. Doctor, ¿le importaría si…”. Y tras una pausa añade: “vuelvo a mi habitación y lo dejo bañarse?”. Ese mismo personaje vuelve luego para traerle una nota. Se dispone a leérsela, el doctor se la pide y le contesta que él está desnudo. Y entonces dirige provocativamente la mirada a donde se supone está la entrepierna del joven.

La traslación al cine o la televisión de una obra literaria muchas veces requiere arreglos y modificaciones, pues se trata de medios muy diferentes. En el caso de A Young Doctor´s Notebook, el problema es que en la adaptación el espíritu y el significado de los cuentos han sido distorsionados. En los textos de Bulgákov hay cierto humor, pero se trata de un humor suave, amable, que nunca es grotesco ni sarcástico. Eso es coherente con el propósito por el cual los detalles cómicos son usados: sirven para destacar la inexperiencia e ingenuidad del doctor. En la serie, en cambio, ese humor se ha potenciado en detrimento de lo melancólico y lo reflexivo. Asimismo parte del efecto risible se logra con escenas que no aparecen en las narraciones: el doctor es sorprendido con un libro de pornografía turca, las discusiones y peleas que tiene con su alter ego, la caída de este al tropezar con la pierna amputada… Hay que señalar además que elementos como el sarcasmo, el gore y el toque surrealista son británicos, lo cual hace que la atmósfera y la serie en general lo sean.

En el plano narrativo, A Young Doctor´s Notebook posee un aspecto novedoso. El joven doctor recibe una visita muy especial: la de su yo futuro, aquel que aparece al inicio del primer capítulo. Este viaja en el tiempo y de 1934 se traslada a 1917 para tomar parte en la acción principal de la serie. A lo largo de los cuatro capítulos, interactúa con su versión juvenil, conversa con este, aprueba o critica sus decisiones como médico, trata de evitar que cometa errores que después lamentará, como el de caer en la adicción a la morfina. Esto último constituye otra de las traiciones a los textos originales. Al escribir “Morfina”, Bulgákov optó por distanciarse de aquella terrible experiencia vivida por él e hizo que fuera protagonizada por un colega del protagonista. Debido a su decisión, es ese el único cuento en el cual interviene otro narrador.

Ese cambio, sumado a otros debidos a los guionistas, hace que la evolución del protagonista de la serie tenga una notoria diferencia respecto a la evolución del de los cuentos. En los textos de Bulgákov, se asiste claramente a la trayectoria de un joven recién licenciado que se convierte en un practicante seguro, responsable, confiado y audaz. Eso lo consiguió gracias a su experiencia en Múrievo, donde, como él expresa, “yo solo, sin apoyo de ninguna clase, había luchado contra las enfermedades, a semejanza de un héroe de Fenimore Cooper que logra salir adelante en las situaciones más inverosímiles”. En resumen, el personaje madura y tiene su verdadera iniciación a la vida. En la serie, por el contrario, asistimos a la caída del protagonista, quien sigue una trayectoria que lo lleva a la autodestrucción. En su madurez, aparece como un hombre dependiente a su adicción y arrepentido de los errores que cometió en la juventud.

A juzgar por todos los cambios para hacer más comercial los textos de Bulgákov, los realizadores concibieron A Young Doctor´s Notebook para que fuera capaz de llegar a una audiencia más o menos amplia. Sin embargo, me pregunto si la idea de hacer interactuar las dos versiones de un mismo personaje no resulta demasiado intelectual para el nivel del televidente promedio. Algo de eso debió haberse tomado en consideración a la hora de seleccionar a los actores que les iban a dar vida. La elección recayó en dos estrellas: el norteamericano Jon Hamm y el británico Daniel Ratcliffe. El primero ha alcanzado gran popularidad con su interpretación del personaje de Don Draper en la serie Mad Men; el segundo, a través de las versiones cinematográficas de las novelas de Harry Potter. En A Young Doctor´s Notebook, ambos desempeñan un buen trabajo y cumplen profesionalmente con las exigencias de sus respectivos caracteres. No obstante, Hamm es quien más se destaca, tanto por sus cualidades actorales como porque su papel está mejor construido.

Uno de los guionistas de A Young Doctor´s Notebook, Alan Connor, comentó que de haber podido ver la serie, el escritor que creó perros que hablan y gatos que caminan en dos patas la habría aprobado e incluso se habría reído con algunas de sus escenas. Tal vez el Bulgákov de Corazón de perro y El Maestro y Margarita habría tenido esa reacción. En cambio, es muy poco seguro que el autor de Apuntes de un joven médico hubiera dado se beneplácito a una adaptación tan infiel a sus textos.